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lunes, 13 de abril de 2020

El padre, el hijo y el Capitán Trueno


Las dos canciones más famosas basadas en el Capitán Trueno son la del grupo Asfalto y la de Miguel Bosé. Las dos dan una visión completamente opuesta del personaje. En el Capitán Trueno (1978) de Asfalto tenemos a un héroe: los malos mueren, salva a las chicas y libera a los oprimidos («nuestras cadenas saltarían en mil»). Una lectura interesante es que la canción no habla del personaje desde dentro de la ficción, sino visto desde fuera. Es un personaje de tebeo, «con espadas de papel». Han pasado muchos años «desde que él nos dejó» (tal vez porque no ha sido el lector el que abandonó al personaje, sino que la colección fue cancelada), y ahora los miembros del grupo ya no son tan idealistas como en sus juventudes. De niños creían «que el bueno es el mejor», pero con el tiempo se dieron cuenta de que la realidad es más complicada.


La de Miguel Bosé, El hijo del Capitán Trueno (2001), va en otra dirección, como decía, porque en realidad no habla del personaje de Víctor Mora. En la canción el hijo del Capitán Trueno no es «un hijo digno del padre». ¿Y cómo es el Capitán Trueno en esta canción? Un marinero y «una fiera», muy diferente de su hijo, que ha salido poeta y apasionado del mar y los animales.


En realidad, Miguel Bosé estaba hablando de la difícil relación con su padre, el torero Luis Miguel Dominguín. El Capitán Trueno había sido uno de los personajes de cómic favoritos de Miguel Bosé durante su infancia, un personaje al que asoció con la figura de Dominguín. Su padre se dedicaba a matar animales delante de un público, mientras que el sueño de Miguel Bosé era «pasar horas entre las ballenas», es decir, ser oceanógrafo, una vocación de la que su padre se reía, por poner un ejemplo del choque de personalidades.

La duda que me queda es si esta canción ha acabado haciendo daño al personaje de Víctor Mora y Ambrós. Ya escribí hace tiempo sobre el mensaje político y progresista de este personaje en Canino. Lo que Miguel Bosé hizo fue dar una lectura contraria, la de un personaje retrógrado y mal padre. ¿Hasta qué punto habrá calado entre el público esta imagen tan negativa?

lunes, 21 de enero de 2019

Cómics pensados para niños

El Capitán Trueno atrapado por el malvado conde Kraffa. Fuente

De la correspondencia particular entre el dibujante del Capitán Trueno, Ambrós, y un aficionado, Franciso Tadeo Juan, publicado en Trueno nº 10 (2016):

Amigo Tadeo,

Hace tiempo leí unas críticas muy severas sobre la calidad de mi dibujo. No recuerdo el nombre del autor, pero sí que era uno de los comentaristas más acreditados en aquella época. Señalaba con acierto los defectos del dibujo, pero olvidaba lo más importante: que ese dibujo iba destinado a los niños, cuya mentalidad y gustos difieren bastante de los de sus mayores. Creo que usted ha caído en el mismo error de enfoque al juzgar los guiones de Víctor Mora. ¿Ha pensado alguna vez por qué razón un niño escucha embelesado un cuento que ha oído miles de veces anteriormente? Si es capaz de comprenderlo, entenderá mejor esas reiteraciones que tanto menosprecia en los guiones de Mora. Porque esos guiones, igual que mi dibujo, estaban exclusivamente realizados para un público infantil.

Doy mucha importancia al peso del guión en el éxito de una historieta, y estoy plenamente satisfecho de los guionistas con los que he tenido la suerte de colaborar. Usted conoce a Amorós, por quien siento un gran aprecio a pesar de que como personas somos tan dispares que no coincidimos absolutamente en nada. Y creo que en el fondo de ese aprecio hay una inmensa gratitud porque con sus guiones me ayudó a remontar en uno de los periodos más difíciles de mi existencia. El rápido éxito de la serie El jinete fantasma, que me permitió ir viviendo y aprendiendo a dibujar, creo que se puede atribuir cuanto menos en un noventa por ciento a los guiones de Amorós, algo toscos si se quiere, pero maravillosamente adaptados a la mentalidad infantil. Gracias al Amorós guionista ha habido un Ambrós dibujante.

No estoy muy al corriente de la historieta actual. Pero si el tipo de héroe que se ha impuesto es Conan o Rambo, no me extraña que los guiones de Mora le parezcan ñoños o blandengues.

Espero que sabrá disculpar a este viejo desfasado, incapaz de asimilar la cultura USA. Reciba un cordial abrazo de su amigo

Miguel Ambrosio, Barcelona, 13-7-86

Hay dos ideas que me llaman la atención de esta carta escrita por un Ambrós de 73 años. La más sutil, la humildad con la que habla de su trabajo. En otra de las cartas es más claro en este aspecto. Critica el vedetismo del mundo del arte e insiste en que un buen cómic siempre es el resultado de un trabajo en equipo.

La otra idea que me interesa la he resaltado con negritas: la ficción pensada para los niños. Lo rentable en términos económicos es hacer un material que abarque todos los rangos de edad posibles, que entretenga a los niños, los adolescentes y los adultos. Los críticos también prefieren que un adulto pueda ver una película para niños: que Batman se enfrente con pingüinos está mal, pero que se enfrente con un payaso nihilista, bien; que Wall-e empiece como una película muda está bien, pero que luego aparezcan otros robots pequeños y juguetones está mal; los guiones del Doctor Who de Moffat, lleno de monólogos y anticlimax, están bien, pero los del resto de guionistas, más directos e infantiles, mal.

Muchos adultos quieren consumir ficción infantil como si les perteneciese a ellos, y así arruinan toda la diversión. Antes que fijarse en si una película, un libro o un cómic le gusta, el adulto debería pensar realmente: «¿Soy el público de esta historia? ¿Tengo que analizarla con ojos de adulto?»

lunes, 22 de octubre de 2018

El Jabato, la edición del 60 aniversario


Hace tan solo dos días, el 20 de noviembre, se han cumplido 60 años de la publicación del primer cuadernillo de El Jabato. En aquellos pliegos apaisados, bajo el potente título ¡Esclavos de Roma!, se presentó al héroe íbero que Víctor Mora y el dibujante Darnís empujaron a recorrer el mundo durante el s. I d.C. a luchar contra las injusticias.

Con motivo de este aniversario, Planeta de Agostini ha lanzado al mercado una colección oficial en una edición de lujo que recopilará todas sus aventuras. Para poder hablar con propiedad de ella, la editorial me ha hecho llegar las primeras entregas. El contenido de estos tomos de 80 páginas encuadernados en tapa dura y lomo de tela se corresponde con el de la antigua colección Jabato color (1969-1974), junto con todas las impresionantes portadas que pintó Antonio Bernal para ella, muchas de ellas inéditas desde hace bastantes años. Pero no son exactamente las páginas de Jabato color sin más: a partir del tercer tomo, parece que la rotulación será nueva, con lo que estos cómics recuperarán aquellas tildes que no deberían haber perdido.

A todo esto se añade un interesante contenido exclusivo: unos dosieres de unas 12 páginas a cargo de Antoni Guiral, que ayudan a contextualizar estas aventuras, señalan la inspiración de las portadas de Bernal, recuperan anuncios de la época, repasan la biografía de sus autores, etcétera. Podéis suscribiros a esta colección en este enlace con este código promocional: PROMOJABATO.


Es una oportunidad muy interesante para conocer al grupo de aventureros formado por el Jabato, Taurus, la romana Claudia y el terrible poeta Fideo de Mileto, un grupo que recuerda, por supuesto, al del Capitán Trueno y compañía. Esto se debe a que esta colección fue una consecuencia del éxito de ventas tan rotundo como inesperado del Capitán Trueno, que incluso llegó a desbordar la capacidad de las rotativas de la Editorial Bruguera. De manera inmediata, la propia editorial lanzó al mercado otras colecciones similares para hacerse a sí misma la competencia. De ese modo evitaban que otras editoriales pudiesen aprovecharse de esta popularidad para lanzar sus imitaciones. Al mismo tiempo, así se premiaba a Víctor Mora dándole más trabajo. Bruguera funcionaba de aquella manera: te podían subir el sueldo si producías más.

Así que, tal como yo lo veo, el Jabato podría haber empezado con mal pie. Los lectores podrían haberse puesto suspicaces, especialmente porque la colección tiene algunos parecidos con la del Capitán Trueno. Quitando el contexto histórico, se trata de dos aventureros con melena oscura que viajan por el mundo acompañados cada uno de un gigantón forzudo que les protege. Sin embargo, no fue así. Los lectores aceptaron al recién llegado como una creación igual de legítima. Para muchos lectores, incluso superior.

Lo que diferenciaba al Jabato era lo que le hacía más interesante. Mientras que el Capitán Trueno era un noble que había abandonado una vida resuelta para recorrer el mundo ayudando a los necesitados, el Jabato era un sencillo campesino al que arrastraban hasta Roma para convertirlo en gladiador contra su voluntad. Hay una transformación que hay que leer entre líneas: después de liderar al resto de sus compañeros gladiadores en la lucha contra el emperador Sulla, el Jabato olvidaba la tranquilidad de las labores del campo y se lanzaba a vivir aventuras utilizando todo lo que había aprendido. Había probado el riesgo y quería más.

lunes, 4 de junio de 2018

‘París flash-back’, mayo del 68 contra el Capitán Trueno

Ediciones B. 592 páginas, tomo rústica.

Hace tiempo Víctor Mora mostró en su blog simpatía por los jóvenes que salieron el 15 de mayo de 2011 a las plazas de España cargados con tiendas de campaña. Por lo que leo en una de sus novelas, Paris flash-back (1978), imagino que aquellos días le debieron de recordar los ideales y las ganas de cambiar el mundo que vio de cerca en la primavera de 1968, cuando el autor del Capitán Trueno vivía exiliado en París junto a otros antifranquistas españoles. Este año se cumplen precisamente 50 años de aquel intento de revolución, y a pesar de todo este tiempo la sociedad no ha cambiado mucho, o al menos eso se deduce de las páginas de este libro.

París flash-back es la tercera parte de la trilogía de la posguerra de Víctor Mora, la conclusión de Los plátanos de Barcelona (1966) y El tranvía azul (¿1985?). Este libro recoge el exilio en París de Lluís Martí (el personaje que podemos identificar con el propio autor), una estancia que transcurre en paralelo con las vidas de una docena de personajes de diferentes orígenes: otros españoles, artistas, prostitutas, nobles, empresarios, antidisturbios, estudiantes, drogadictos… La narración salta de un personaje a otro, intercalando de vez en cuando fragmentos del diario personal de Lluís Martí. Habiendo leído Diario de a bordo, no me parece una locura pensar que estos fragmentos puedan ser del propio diario de Víctor Mora de aquellos días.

La revolución de mayo del 68 fue un suceso espontáneo que no buscaba el poder sino cambiar la sociedad. Tuvo su origen en el desencanto hacia una sociedad de consumo asfixiante, el imperialismo de los EEUU durante la guerra de Vietnam, el autoritarismo del gobierno de De Gaulle, el puritanismo y el comienzo de una recesión económica. Igual que hace unos años con el 15-M, los sindicatos y partidos de izquierdas tradicionales en un primer momento miraron con desprecio y criticaron a los jóvenes que empezaron estas revueltas. Fue después, con la brutal represión policial (palizas, detenciones masivas, gas mostaza…), cuando el pueblo de Francia salió a apoyarles. Incluso los vecinos de las tiendas y balcones cercanos del barrio latino mostraban su apoyo y ayudaban a los manifestantes. Los sindicatos, aunque tarde, decidieron ayudarles iniciando una huelga general a la que poco a poco se unieron la mayoría de trabajadores. También los medios de comunicación, a los que los estudiantes criticaban por su colaboracionismo con el sistema capitalista, tuvieron la altura moral de secundarla.

Uno de los puntos fuertes de la novela es que Víctor Mora describe estas revueltas desde dentro, con detalles que sólo se ven cuando se ha participado en ellas. Mora explica cómo los estudiantes e inmigrantes del barrio latino levantan las barricadas con adoquines (que luego se arrojaban a los antidisturbios), cómo desmontan el mobiliario urbano para reforzarlas, incluso talando árboles. Las manifestaciones de esta novela se viven desde dentro, viendo también cómo se infiltran policías de incógnito. Todas ellas se confrontan con la manifestación final del 30 de mayo, convocada por la derecha francesa en apoyo a De Gaulle. A ella asisten algunos de los personajes presentados en la novela, cantando la Marsellesa y ondeando unas banderas de Francia que «una buena parte de la izquierda ha entregado estúpidamente a la derecha», en opinión de Mora. Los antidisturbios, aunque presentes, han recibido órdenes de no actuar.

El otro aspecto que mejor funciona en la novela es, como en las otras dos partes de la trilogía, las anécdotas y curiosidades relacionadas con la Guerra Civil y la represión franquista. Por ejemplo, un general republicano explica que no siente remordimientos por la orden de no hundir un barco usado por el bando franquista porque era uno de los mejores de la marina española. En otro fragmento se explican varias curiosidades sobre el autoritarismo en los colegios españoles del franquismo, como llamar a un alumno alto al estrado para que el profesor pueda mantener el brazo con el saludo fascista sin cansarse, apoyado en la cabeza del niño.


A pesar de toda la simpatía que Víctor Mora demuestra por los estudiantes, no quiere ocultar la contradicción que hay entre unos hijos de familias acomodadas pero revolucionarios que se enfrentan contra antidisturbios de clase obrera, ni el choque entre las reivindicaciones estudiantiles con las de los trabajadores de las fábricas en huelga. Se puede decir que esta novela no es precisamente panfletaria. La intención de Víctor Mora es, como explica el propio Lluís Martí dentro del relato, mostrar la lucha comunista desde dentro del partido, sin apasionamientos ni actos heroicos, sino con un enfoque costumbrista y explicando las razones de las debilidades y divisiones internas. Por los comentarios y las decisiones que toma el Mora escritor, se nota que su visión era crítica con las interpretaciones más dogmáticas del comunismo. Entre los comentarios que aparecen en estas páginas están la necesidad de aplicar un análisis marxista a las estructuras de poder creadas a partir del marxismo, y la contradicción de que un movimiento iniciado por el filósofo que dijo que la religión es un opio para el pueblo tuviese tan deificados a sus líderes.

Otro de los fallos que Lluís Martí/Víctor Mora señala del inmovilismo del partido en aquellos años era la defensa de la liberación sexual, un análisis que el PCF seguía posponiendo. El sexo de hecho es uno de los temas que más aparecen en esta novela, no falta en ninguna de las tramas y es especialmente insistente en la que involucra a Lluís Martí e Irena (la Edenia de la anterior novela está en esos años en una cárcel catalana). En Martí veo una frustración sexual exagerada que le lleva a unos comportamientos difícilmente justificables. No sé si es intencionado o una casualidad, pero la relación de Martí con el sexo conecta con el enfoque tóxico de casi todas las relaciones sexuales del resto de personajes, como si éstas fuesen instrumentos de sumisión y humillación con las mujeres.


Víctor Mora no era, me temo, un buen novelista. Este libro está formado como digo por subtramas de una docena de personajes que no se relacionan entre sí, o apenas nada. Casi parece que sus vidas pertenecen a otras novelas, como si fuesen relatos inéditos que el autor ha querido publicar de alguna manera. El desarrollo de estas tramas tampoco es interesante porque no evolucionan ni tienen un cierre. En realidad, en la mayoría de los casos los personajes son excusas para que ellos cuenten pequeñas historias o den pie para que el narrador las cuente. La estructura es bastante fallida, y otro ejemplo es el motivo que le impide a Lluís regresar a España, el «asunto Marlowe». Mora intenta crear intriga con pequeñas referencias a lo largo del libro hacia este detalle, pero ni éstas despiertan interés en el lector ni tampoco resulta satisfactorio cuando el misterio se revela al final.

Aparte, Mora arrastra algunos de los problemas de las dos anteriores novelas, como la obsesión con el sexo (me queda la duda de que creyese que era un buen gancho comercial) y lo poco explicadas que están las diferencias ideológicas entre los bandos anticapitalistas. Si en las anteriores novelas estos dos aspectos podían ser un pequeño problema, aquí ganan en gravedad porque son una parte fundamental del relato que Mora quiere contar. A esto se añade el uso excesivo de palabras y frases en inglés y francés. No sólo creo que mantenerlo en su idioma original no aporta nada, sino que sin traducciones en las notas a pie de página se convierten en fragmentos irrelevantes.

No me parece agradable insistir en lo fallida que es esta novela, especialmente por la obsesión de Lluís/Víctor en volcarse en la literatura y por el sentimiento de inferioridad que siente por sus guiones del Capitán Espacio/Capitán Trueno. Me choca porque el mismo Mora ha sido en las anteriores novelas un apasionado de clásicos del cómic como los de Hal Foster o Will Eisner. ¿Por qué ese desdén en ese momento hacia el mundo de las viñetas? ¿Había olvidado los motivos por los que le atraían en su juventud?

Me hace pensar en la decadencia de la colección del Capitán Trueno. Se suele comentar que la gestión explotadora de la editorial y la censura franquista mataron a este aventurero superventas, pero con esta trilogía no puedo evitar pensar que Mora también tuvo parte de responsabilidad. Su compromiso con el pensamiento comunista, aunque no fuese tan dogmático como el de algunos de sus compañeros, le llevaron a entender la escritura como otra herramienta de la revolución. Con el Capitán Trueno Víctor Mora nunca tendría la libertad de expresarse contra el fascismo como en esta novela, y, por tanto, debió de perder interés para él. El Capitán Trueno pasó a ser únicamente una forma de ganarse la vida.

jueves, 1 de febrero de 2018

El tranvía azul (Víctor Mora)

Ediciones B. 512 páginas, tomo rústica.

Víctor Mora continúa sus memorias noveladas con esta entrega, que, si lo he buscado bien en internet, debió de ser la tercera en publicarse pero la segunda en el orden de lectura. Me extrañó en el anterior tomo que Mora decidiese cambiar los nombres de los personajes, pero es algo que aquí entiendo mejor. En un principio pensé que era para darse más libertad creativa, pero ahora me doy cuenta de algo más obvio: sus personajes hablan con franqueza de muchos temas, y también de política, retratándose tal y como son, o tal y como el autor los recuerda. De ahí que sea un buen gesto guardar cierta intimidad para algunas personas.

Tengo que empezar aclarando eso porque la novela arranca en la Editorial Cabot, que publica la famosa revista de historietas Las mil y una (risas). La editorial la dirige con mano firme la señorita Cabot, alias «la Momia», y el dibujante más popular es Salomero, autor de Sinforoso Bombín, mayordomo de postín, mientras que Lluís Martí escribe el cuadernillo superventas de El Capitán Espacio. No sé qué daría yo por haber leído en lugar de estos nombres los de Editorial Bruguera, Pulgarcito, Rafael González, Vázquez y El Capitán Trueno, sobre todo porque el resto de autores de la editorial con los que hace amistad Martí soy incapaz de identificarlos con los autores de Bruguera correspondientes.

El libro se ambienta en los 50, cuando al autor le quedaba poco para cumplir 30 años. Sabemos que fue por la mediación de Armonía como Mora decidió implicarse en la lucha clandestina antifranquista, del mismo modo que en la novela Lluís Martí entra en el PSUC gracias a Edenia, que no es una secretaria de la Editorial Cabot sino una antigua amiga de la infancia. Martí empieza así a ayudar a difundir textos comunistas, ya sea guardándolos, repartiéndolos o incluso traduciéndolos, o aprovecha los viajes que tiene que hacer a Francia por encargo de la editorial para pasar información a través de la frontera. En las tertulias con sus compañeros de Partido, Martí aprende poco a poco las bases de la teoría marxista, a la que admira pero al mismo tiempo no puede evitar encontrarle flaquezas. Más aún en 1956, cuando estalló la revolución en Hungría contra la dictadura soviética, un conflicto que el régimen franquista aprovechó hipócritamente a su favor.

Esta actividad clandestina lleva finalmente a Martí y a Edenia a la cárcel. La segunda parte de la novela, completamente ambientada en este escenario, contiene una descripción áspera y llena de detalles sobre este lugar: la incomunicación, las torturas policiales, y peor aún, cómo para la policía todos estos procesos eran simples trámites burocráticos. Pero aún así, incluso dentro de la prisión, y poco después de vuelta en libertad, la lucha antifranquista continúa en pie.

A lo largo de la novela Martí también tiene que aclarar sus ideas románticas, decidirse entre el amor de Edenia o el de Flora, una colaboradora literaria de la editorial que viene de una familia bien y afín a la dictadura. Los detalles y comentarios sobre estas dos relaciones paralelas son tan creíbles (como el miedo de Flora a que los antifascistas quieran matarla, reflejado en el simbolismo que cree ver en los gatos), que casi tengo la sensación de estar leyendo una confesión. Vuelvo a pensar en por qué Víctor Mora decidió cambiar los nombres de los personajes, en que tal vez fuese para poder alejarse de los hechos reales. Me resultaría muy incómodo estar leyendo algo verídico, tan sincero.

Estuve más o menos satisfecho con Los plátanos de Barcelona, un libro interesante pero que me pareció un batiburrillo mal ordenado de sucesos. Con este libro tengo que dar totalmente la razón a Mora cuando dice que consiguió «decir cosas importantes y lograr al mismo tiempo una buena novela». Lo estuve pensando durante la mayor parte del libro: ¿cómo no han hecho una película o una serie de televisión a partir de este material?

lunes, 29 de enero de 2018

Los plátanos de Barcelona (Víctor Mora)

Ediciones B. 320 páginas, tomo rústica

En este país necesitamos que se publique una biografía de Víctor Mora. Tenemos en primer lugar a un guionista fundamental en la historia del cómic español, que triunfó en el ámbito más comercial con el Capitán Trueno y sus imitaciones, pero que también experimentó con éxito con otro tipo de cómic menos convencional. Y tenemos, en segundo lugar, a un escritor que se comprometió en la lucha contra el franquismo a pesar de la cárcel y la persecución.

Mientras tanto, podemos intentar acercarnos a la vida de este autor a través de pequeños rodeos. Por ejemplo, con los fragmentos de su diario personal, Diario de a bordo (sin navegar y a punto de naufragar), y con las entregas de su Trilogía de la Posguerra: Los plátanos de Barcelona (1966), El tranvía azul (1985) y París flash-back (1978). En estos tres libros, Víctor Mora presentó una versión novelada de sus experiencias personales modificando datos y nombres propios, empezando por el suyo propio, el protagonista Lluís Martí.

El punto fuerte de Los plátanos de Barcelona me temo que no está en su estructura. A través del libro acompañamos a Lluís Martí, un niño/adolescente con la cabeza llena de tebeos (quiere dibujar cómics y le apasiona Milton Caniff), que recorre Barcelona en busca de alguien que le dé la inalcanzable cantidad de 40 pesetas para saldar una deuda. Con este viaje va visitando a todos sus conocidos, y con cada uno de ellos Martí hace repaso de su vida y de cómo les conoció. La idea de contar el libro así es buena, pero me temo que se acaba haciendo pesado.

Lo que hace que este libro sea tan interesante es que se trata de un testimonio de la España menos conocida, la de la inmediata posguerra. En aquellos primeros años no sólo hubo pobreza, sino también revanchismo y represión a la hora de intentar volver a poner en pie al país. La narración de Víctor Mora contiene una buena cantidad de ejemplos de la propaganda pro régimen y su antisemitismo, del colaboracionismo de la Iglesia, de la persecución contra el idioma catalán, y del contraste entre la prepotencia de los partidarios del bando sublevado y los cuchicheos inseguros de los demócratas. Me quedo especialmente con las anécdotas del niño Lenín, rebautizado a la fuerza por las monjas como Carlos Adolfo (en homenaje a Carlos I y a Adolf Hitler), que cuenta a Lluís y a otros niños sus experiencias en el orfanato de Paracuellos. Viendo las fechas de publicación, es fácil imaginar que Carlos Giménez debió de contarle en persona sus experiencias a Víctor Mora mucho antes de decidirse a adaptarlas al cómic.

lunes, 14 de agosto de 2017

El Capitán Trueno (Víctor Mora y Jesús Blasco)


Poco antes de la quiebra de la Editorial Bruguera, Víctor Mora y la editorial terminaron sus disputas legales para que el primero volviese a encargarse en 1986 de los guiones del Capitán Trueno. Teniendo en cuenta los años que habían pasado, el regreso resulta decepcionante. Nada había cambiado en 20 años, los personajes seguían siendo los mismos, los escenarios, los villanos, la estructura, los gags... La única novedad consistía en pequeños toques de un erotismo gratuito pero apto para todos los públicos (¿eso era lo único que iba a distinguir los cómics de Trueno publicados bajo la Dictadura de los de la Democracia?). Más allá de eso, todo sonaba a ya visto, como si fuese imposible contar nada nuevo de este personaje.

Quiero pensar que en estas tres aventuras (la tercera nunca se publicó completa) los autores estaban asimilando a los personajes, preparándose para sorprender a los lectores en cuanto no se lo esperasen. Tal vez algo de eso había en la tercera aventura, en la que el Capitán Trueno se metía en medio de un conflicto extraterrestre (uf...). La colección fue interrumpida en poco tiempo por motivos que no tienen nada que ver con la calidad o las ventas. Habría sido interesante ver hasta dónde podría haber llegado la cosa.

lunes, 29 de mayo de 2017

La moneda candente, de Víctor Mora a Francisco Ibáñez

Capitán Trueno extra nº 248 (1964)

De la calle subía, a través del balcón abierto, un hálito de calor. De pronto, se oyó la música de un organillo.
Pellicer levantó los ojos de su mesa de trabajo y dijo:
—¡Vaya! ¡El charnego del organillo! ¡Todas las tardes la misma murga!
—¡Si tuviéramos aquí el Winchester de Gifré...!
La música continuaba.
—¡Ahora veréis! —añadió don Ramón—. ¡Chico, tráeme el infiernillo de alcohol!
Una sonrisa animaba el rostro del dueño del taller. Cogió con unas pinzas una moneda de diez céntimos y la expuso a la llama. La moneda pasó al rojo, al blanco... Cogió, entonces, tres o cuatro monedas más y, acercándose al balcón, procurando no ser visto, las tiró juntas a la calle. Esperó, con los ojos muy abiertos, mostrando la punta de la lengua entre los dientes. Las monedas resonaron en el empedrado. El organillo dejó de tocar. En el taller, todos contuvieron la respiración.
—¡Cabrón! —gritó desde la calle el hombre del organillo.
Don Ramón y sus empleados rompieron a reír.
—¡Hijo de puta! ¡Me cago en tus muertos!
Don Ramón dejó de reír. Miró a sus empleados.
—¡Cobarde! ¡Baja si eres hombre! ¡Hijo de puta!

Los plátanos de Barcelona (Víctor Mora, 1966,
traducción de Armonía Rodríguez)
Los plátanos de Barcelona pertenece a la trilogía de Barcelona de Víctor Mora, un conjunto de novelas con lo que parece un argumento semi-autobiográfico. Tengo dos teorías sobre el parecido de este fragmento y la página de la familia Trapisonda. En primer lugar, calentar una moneda y dejarla en la calle puede ser simplemente una broma clásica, que se haya hecho mil veces y se haya contado otras tantas. Prefiero mi segunda teoría: Víctor Mora podría haber contado a sus compañeros de trabajo esta anécdota en alguna ocasión, y a Ibáñez le habría parecido tan simpática que decidió hacer una versión.

jueves, 15 de diciembre de 2016

Diario de a bordo (sin navegar y a punto de naufragar) (Víctor Mora)


En 1996, Víctor Mora, el creador del Capitán Trueno, el Jabato, Dani Futuro, etcétera, sufrió un derrame cerebral que le afectó a la escritura, el habla y la memoria. No recuperó del todo estas facultades, pero sí una parte gracias al apoyo de su pareja "Nía" (Armonía Rodríguez), sus amigos y los médicos que le trataron. Este libro recoge las entradas de su diario personal que tienen más relación con este accidente, desde 1994 a 1999, en las que habla de su proceso y las complicaciones médicas que le fueron apareciendo. A lo largo de este relato Víctor Mora también expresa su preocupación por sus dificultades económicas (a pesar de haber creado al popular Capitán Trueno), por el gobierno de Clinton y por la victoria electoral de Aznar, y reflexiona sobre temas como la alta cultura catalana, el nacionalismo y su pasión por la literatura. Mientras no exista un libro que recoja la biografía de Víctor Mora, ésta es la mejor forma de conocer a uno de los autores de cómics más importantes de nuestra historia.

lunes, 23 de mayo de 2016

Todos los almanaques de El Capitán Trueno (Víctor Mora, Ambrós y varios)


No termino de entender la decisión de publicar un recopilatorio de las historietas navideñas del Capitán Trueno en el mes de mayo. Tiene tanto sentido como la justificación de esta antología, que ni el autor del prólogo sabe explicar muy bien: son historietas que solo tienen en común que fueron publicadas en las navidades de entre los años 1958 y 1965 en diferentes revistas. Es decir, el tomo está pensado para el público coleccionista, para bien o para mal. Y aún así, incluso me cuesta decir que es un tomo para coleccionistas porque la restauración de las páginas está muy por debajo de la calidad del trabajo de Jordi Coll con Pulgarcito.

Excepto porque todas las historietas han sido escritas por el mismo guionista, no existe ningún hilo conector (ni argumental ni temático) que las una. Es un popurrí variado de aventura y humor en el que se mezclan las historias un poco elaboradas con otras simples y lineales. Tal vez por eso como mejor funciona este tomo es como un repaso general a toda la trayectoria del personaje. Empezamos con las vibrantes aventuras dibujadas por Ambrós, llenas de movimiento y acción (la segunda historia, con una Sigrid malvada, es la mejor del tomo), para después ir pasando a otros dibujantes con más o menos talento que deben transigir sí o sí con la obligación de pegar encima de sus dibujos “cabezas recortadas” de las páginas de Ambrós. Tal vez sea la lección que se aprende con este recopilatorio, lo poco que se recuerda el talento de este dibujante.

lunes, 19 de marzo de 2012

Los derechos de autor en los últimos años de Bruguera

El forero Señor Ogro ha subido a internet dos páginas de la revista Cambio 16 del 22 de septiembre de 1986. Las comparto aquí porque me parece que el contenido es interesante, tanto en imágenes (Ibáñez y Jesús Blasco) como en información.