«La comedia también contiene miríadas de subgéneros, cada uno de ellos con sus propias convenciones, pero con una convención general y común a todos que los encuadra dentro de este medio y los diferencia del drama: nadie sale herido. En la comedia, el público debe llegar a sentir que, independientemente de las veces que los personajes choquen contra los muros, de cuánto griten y se revuelvan bajo el látigo de la vida, realmente nada les hace daño. Se pueden caer edificios sobre Laurel y Hardy pero se levantarán entre los cascotes, se quitarán el polvo del traje y murmurarán: "Vaya, menudo desorden..." antes de seguir adelante.
En Un pez llamado Wanda, Ken (Michael Palin) es un personaje que siente un amor obsesivo por los animales, intenta asesinar a una anciana pero accidentalmente mata a sus perritos en su lugar. El último perro muere bajo un enorme bloque de hormigón y una pequeña patita asoma por debajo. Charles Crichton, el director, rodó dos escenas para ese momento: una en la que sólo se mostraba la pata y la segunda en la que envió a alguien a una carnicería a comprar una bolsa de entrañas y añadió un reguero de sangre y vísceras que surgían del terrier aplastado. Cuando esa imagen tan desagradable fue mostrada al público del preestreno, la sala enmudeció. La sangre y las vísceras decían: "Ha dolido". Para el estreno general, Crichton cambió la toma y consiguió la carcajada que buscaba. En cumplimento de las convenciones del género, el guionista de comedia debe lograr que el personaje pase por los tormentos del infierno y ser capaz de garantizar al público que sus llamas en realidad no queman.
Al otro lado está el subgénero llamado comedia negra. En él el guionista flexibiliza las convenciones cómicas y permite a su público sentir un dolor agudo pero no insoportable.»
"El Guión (Story)", Robert McKee
viernes, 26 de diciembre de 2014
La violencia en la comedia, según Robert McKee
martes, 16 de diciembre de 2014
Triunfo y Tormento, de Roger Stern y Mike Mignola
Cartoné, 80 páginas, color, 11 €
Cada 100 años los magos de la Tierra deben enfrentarse a un torneo para elegir al hechicero supremo. El resultado de una de estas competiciones llevará al Doctor Extraño y al Doctor Muerte a formar equipo para salvar el alma de la madre del monarca de Latveria.
Me encanta el candor de los personajes de este cómic. Por su aspecto y personalidad parecen animales parlantes en una fábula. Su aspecto es extravagante y colorido, es inevitable que parezcan ridículos, y los diálogos son ñoños en muchas ocasiones. Pero funciona dentro del tono del cómic. Funciona dentro de esta alegoría sobre el bien (Extraño) y el mal (Mefisto), en la que el individualista Muerte queda en la zona gris intermedia de una historia que tiene el acierto de no querer redimirlo.
Muerte es un personaje complejo, pero creo que más por accidente que por planificación de sus autores. Dependiendo del cómic que uno lea aparece una versión más o menos malvada. La de este cómic no es del todo perfecta. Su obsesión por acumular poder sólo para obtener más poder, de gobernar Latveria sólo por gobernar, no lleva a ninguna parte. Por eso es bueno que la historia no insista en ese camino sino en la liberación del alma de la madre de Muerte, su talón de aquiles, un conflicto que obliga al personaje a tomar decisiones que en otra ocasión no se llegaría a plantear. A su lado, Extraño es un típico héroe inmaculado y sin desarrollo, un santurrón unidimensional que acaba teniendo en esta historia el rol de un artefacto de los que Muerte utiliza para sus propios intereses.
Lo que más valoro de Stern como guionista (y editor) es la importancia que le da a la coherencia del universo Marvel. Este interés es el que le ha motivado a resolver misterios y arreglar errores de continuidad en las colecciones de Spiderman, Hulk, Capitán América, Doctor Extraño, etc., de una manera simple y muy entretenida (por cierto, una virtud que desaparece en los 90 con tostones como Marvel: La Generación Perdida o Relatos del Universo Marvel). En este cómic vuelve a mostrar esta obsesión explicando por ejemplo la mitología de las palabras mágicas aleatorias del Doctor Extraño o recuperando la trama perdida del Doctor Muerte desarrollada por Gerry Conway en los 70.
Creo que lo que más ha perjudicado a esta historia es el paso del tiempo. Este cómic se realizó en una época en la que los personajes tenían que hablar continuamente, y creo que ésa es la causa de que ninguna escena de este cómic llegue a tener la relevancia necesaria. Cada momento en este cómic tiene una función de nexo, de servir de justificación para lo que ocurre a continuación. Se nos presenta a Genghis sólo para viajar a la competición entre magos, se celebra la competición sólo para crear el equipo de Doctores, etc. Cada página sirve como trámite para avanzar hacia un gran final que para mi gusto es demasiado apresurado y se apoya demasiado en el diálogo cuando debería haber dejado que las imágenes contasen más.
Me quiero quedar con lo bueno. Mignola consigue retratar unos escenarios misteriosos magníficos, especialmente cuando se trata del infierno. Las peleas huyen del tópico cruce de puñetazos (aunque se queden en posturas estáticas de personajes lanzando rayos). Creo que Stern consigue un buen final, un final feliz para los personajes que sin embargo no les deja satisfechos. Es un final que exige un poco de ingenio al guionista, una solución que se aleja de tópicos. Ya he dicho que a Stern le preocupa la coherencia del universo Marvel, así que, aunque la resolución significa cambios profundos en la continuidad, al mismo tiempo se mueven las piezas mínimas dentro de las tramas de los cómics.
Con sus defectos, Triunfo y Tormento es uno de mis cómics Marvel favoritos. Es muy entretenido, utiliza la continuidad del universo Marvel sin que sea un lastre, el dibujo huye del impersonal estilo de empresa, está bien estructurado... No llega a ser un gran cómic, pero sí una lectura muy recomendable.
martes, 2 de diciembre de 2014
Batman: The TV Stories, de varios autores
Rústica, 160 páginas, color, $14.99
Hay dos temas que me llaman la atención. Por un lado, el desarrollo histórico de Batman como personaje de cómic. Me interesa el contraste de un personaje que actualmente asociamos con lo gótico o el noir hubiese conseguido en realidad su mayor éxito en los 40 y los 50 con historias coloridas e infantiles. Por otro lado, me gusta mucho la serie de televisión del Batman de Adam West. Creo que es una grandísima serie, de verdad. Una serie a la que se le atiza sin compasión y que sin embargo disfruto sinceramente.
Con este recopilatorio coinciden estos dos intereses. Para el lector de cómics de Batman se trata simplemente de una selección de historias que abarca desde 1949 a 1967, con el origen de varios de los personajes más conocidos de Batman (Acertijo, el Sombrerero Loco, Mister Frío, Batgirl...) Sin embargo, el interesado en la serie se encontrará con las historias que fueron adaptadas a la televisión y le servirán para poner en contexto los aciertos o fallos de la adaptación.
Yo dividiría las historias de este tomo en tres etapas. Las primera está marcada por el tono original de Batman, el estilo evasivo con el que Bill Finger hizo de este superhéroe uno de los personajes más comerciales de DC. Finger creó unas historias infantiles llenas de pasatiempos y juegos de palabras dirigidos a los más jóvenes de la casa, para que el aficionado jugase y leyese al mismo tiempo. Por supuesto, están llenas de objetos gigantes: puzzles, crucigramas, sombreros, esculturas... Persecuciones, misterios y peligros inocentones sin ninguna búsqueda de trascendencia.
En los años 60, DC decidió reinventar su catálogo editorial siguiendo el camino iniciado por Green Lantern y Flash (y que había sido curiosamente imitado en Marvel por Stan Lee y Kirby). Esta reinvención empezó por pura casualidad al mismo tiempo que la serie de televisión de Adam West. En esta época Bill Finger fue despedido de la editorial porque su forma de contar historias se consideraba anticuada... aunque realmente los sucesores mantuvieron su estilo de misterios tontorrones y pistas ocultas. El verdadero cambio se nota en el dibujo, que con los nuevos autores se vuelve más moderno, más sofisticado. Las viñetas aumentan de tamaño al mismo tiempo que la línea gana en detalle y los fondos se simplifican, es decir, se vuelve un cómic más ágil de leer. Produce risa ver cómo los dos estilos de dibujo, el de los 50 y los 60, tienen la misma firma de un Bob Kane sin ningún tipo de vergüenza.
De este segundo tramo de historias precisamente destaca el que para mí es el mejor cómic de este tomo: "Las bromas cómicas del Joker". Este villano se hace pasar por un director de cine que quiere rodar una película basada en las comedias del cine mudo. Durante el rodaje va cometiendo robos disfrazado de diferentes personajes de esa época (Charlot, Harpo, Buster Keaton, Ben Turpin, Harold Lloyd...) hasta que en cierto momento decide disfrazarse del propio Batman. Creo que los autores de los cómics de la época utilizaron su trabajo para denunciar lo evidente: la serie de televisión había convertido a Batman en un payaso, en un personaje de comedia.
Me parece que es una denuncia injusta. La historia anterior, con el Pingüino como villano, es el mejor ejemplo en este tomo de la comedia involuntaria que abundaba en los tebeos de Batman antes de la serie de televisión. Los autores de estos cómics enfrentaban al personaje a demasiadas situaciones que daban pie a la autoparodia y al ridículo. Estos cómics cometían el error de producir risa sin proponérselo. Ahí es donde yo veo el mérito de William Dozier y Lorenzo Semple Jr., el de ser capaces de transformar ese defecto de los cómics en la mayor virtud de su versión. En realidad adaptaron los cómics sin traicionarlos, sin convertirlos en el vehículo de sus propias obsesiones como sí acabaron haciendo Tim Burton o Christopher Nolan.
El peor número de este tomo es el que cierra el recopilatorio, el origen de Batgirl. Gardner Fox y Carmine Infantino recibieron el encargo de crear un nuevo secundario para adaptarlo a la televisión inmediatamente y fracasaron sin ninguna duda. Su Batgirl es un personaje diseñado para molar (un "Poochie"), que tan pronto es una apocada pero atractiva jovencita que cose disfraces de carnaval, como tiene un doctorado cum laude (en la carrera de "Algo") y es cinturón marrón en judo gracias a su "dieta especial de proteínas". Podríamos ver el empoderamiento de este personaje femenino como un reflejo del feminismo de la época ye-ye, pero en ese aspecto también es un horror. Se trata de un estereotipo vulgar de "la mujer", un personaje inseparable de un bolso y un perfume, que de hecho es el arma secreta con la que derrota al supervillano del número.
Realmente donde más fracasa este último número es en el tono. Hasta este momento las historias eran juguetonas, bobas, infantiles... pero en ningún momento se caía en la comedia. El origen de Batgirl intenta imitar el estilo de la serie, con sus trampas mortales, los matones disfrazados y los chistes, y queda ridículo, forzado, poco natural. No parece una necesidad espontánea de los autores sino una imposición desde fuera de ellos.
Con sus más y sus menos, como poco es un tomo muy interesante para hacerse una idea de los cómics de Batman en sus primeros 30 años. Como una gran mayoría de los cómics de superhéroes de antes de los 80, sirve más como documento histórico que como verdadera evasión.
miércoles, 5 de noviembre de 2014
Mis problemas con Ojo de Halcón
Ojo de Halcón se encuentra con lo que claramente es un mafioso de pacotilla. Está desahuciando a una mujer con hijos porque no puede pagar el alquiler del piso que éste acaba de triplicar. La justificación de mafiosillo es que el contrato que ella firmó le da la razón. Y Clint, como buen defensor del status quo no le contradice: la propiedad privada es sagrada, los contratos, son sagrados. Cualquier organización que pretenda ayudar al menos favorecido (como una asociación de consumidores o de afectados por las hipotecas, por ejemplo) es innecesaria. El abuso del dueño del piso está justificado porque viene en un papel. Si la culpa es de ella por no leer el contrato, que relea la frase: "la culpa es de ella".
¿Hubiese sido un buen momento para pedir ayuda legal a Daredevil? Él al menos es un héroe que defiende a los débiles.
La única forma que Clint Barton tiene para oponerse a la tiranía de los hombres malos no es luchar contra la injusticia, sino seguir las normas de un sistema perverso. ¿Triplicas el alquiler? Te lo pago. ¿Me subes las tasas judiciales? Aquí tienes el dinero. ¿Aumentas las horas de mi contrato? Pues las hago. El mafiosillo no contaba con eso. Ni él ni yo.
Me vienen dudas a la cabeza. ¿De dónde sale todo ese dinero? ¿En qué trabaja Clint? (¿Trabaja?) ¿Es un Bruce Wayne millonario? ¿O cobra un sueldo de los Vengadores? ¿De dónde saldría ese sueldo?
Sin embargo, Clint tensa la cuerda porque sabe que su trato no iba a funcionar de primeras. Empuja la conversación hasta convertirla en una pelea. Ya sabes, en caso de que en una conversación quieras llevar la razón le estampas el puño en la cara al contrario y ya está. Así se decide si se pone o no el ascensor en las reuniones de vecinos de los mejores barrios. Empiezas una pelea, repartes hostias a todo el mundo e impones tu visión del mundo.
No puedo con el primer número de Ojo de Halcón de Fraction y Aja. Cuanto más lo pienso más repugnante me parece.
domingo, 2 de noviembre de 2014
Neurocómic (Matteo Farinella, Hana Roš)
Cartoné, 136 páginas, blanco y negro, 22 €
De día, Matteo Farinella y Hana Roš son dos doctorados en neurociencia. Sin embargo, de noche se transforman en dibujantes que quieren usar el cómic para divulgar las investigaciones que tanto les apasionan. Neurocómic es una consecuencia de sus intereses comunes y del apoyo de Wellcome Trust, una fundación benéfica que se dedica a financiar la investigación biomédica en salud y educación.
Neurocómic presenta a un personaje anónimo que viaja a través de nuestro cerebro buscando una manera de salir. Durante su camino se encuentra con anfitriones peculiares, principalmente científicos, que le irán explicando cada zona del cerebro en la que se encuentra. Las comparaciones que me vienen a la cabeza son Alicia en el País de las Maravillas, la película Yellow Submarine... Mundos de ficción surrealistas, con una coherencia absurda. A lo largo de este paseo el personaje y el lector van aprendiendo conceptos básicos de morfología de las neuronas, los neurotransmisores, la sinapsis, el aprendizaje, la memoria, etc.
Su principal baza es que es un cómic muy didáctico. Los autores han sabido simplificar los pocos conceptos que tratan hasta hacerlos muy comprensibles y presentarlos mediante metáforas gráficas bastante ocurrentes. No tiene un gran dibujo, pero es muy funcional y en algunos momentos es bastante ingenioso. El desarrollo de los capítulos no sólo sigue una división temática, sino que casi es el desarrollo cronológico de las investigaciones científicas sobre el cerebro. No es un cómic que profundice demasiado en la materia. Los bocadillos tienen muy pocas palabras y con ellos se explican de forma simple unos pocos conceptos básicos con lo que se hace un cómic mucho más ameno, pero también simple.
Es un cómic curioso, entretenido, pero el final a mí me saca de la historia. Buscando la conexión entre "neuro" y "cómic", los autores acaban haciendo un homenaje a Scott McCloud en el último capítulo. Los personajes le desvelan el "truco" al lector, le dicen que ellos son personajes de ficción y que ha sido el lector el que ha creado toda la historia en su cerebro, cuando precisamente me parece lo contrario. Es un cómic demasiado expositivo que no busca la implicación del lector, no crea intriga ni con recursos dramáticos (aventuras, misterios, humor...) ni buscando que el lector quiera adelantarse a las explicaciones. Es como una clase magistral más, un profesor que explica mientras el alumno le escucha.
Es imposible encontrarle un defecto a la cuidada edición de Norma, que incluso se ha preocupado por respetar la rotulación original. La cubierta de tela con brillos plateados puede engañar al lector y hacerle creer que se trata de un cómic muy diferente, más elaborado y sofisticado. Entendiendo que es un cómic didáctico sin demasiadas profundidad ni pretensiones cualquier lector quedará satisfecho.
sábado, 18 de octubre de 2014
Soy un personaje de ficción
—Hablando así confundes también a otra gente. ¿Y nuestros eruditos lectores? (...)
—¿Quiénes son esos lectores?
—Los lectores del libro.
—¿Qué libro?
—El libro en el que estamos.
—¿Estamos en un libro?
El Libro de Merlín (1977, T. H. White)
Animal Man #19 (1990, Grant Morrison, Chas Truog y Doug Hazlewood)
domingo, 7 de septiembre de 2014
Cosmicómic (Amedeo Balbi, Rossano Piccioni)
Rústica con solapas, 152 páginas, color, 22 €
No sé si hubiese quedado más comercial, pero se podría haber vendido este cómic como "la vez que Einstein se equivocó". Einstein, al igual que muchos otros científicos de su época, se oponía con toda su fuerza a incluir la idea de génesis dentro del vocabulario científico. Hay que entender su postura: en el transcurso de unos 50 años no sólo se había pasado de considerar el universo tan grande como nuestro Sistema Solar a describirlo como infinito, sino que también había pasado de ser un universo eterno e inmutable a otro con origen. Era un choque ideológico muy difícil de asumir. La ciencia objetiva trataba de buscar las respuestas mientras que la filosofía, el subjetivismo, ponía piedras en el camino.
Monty Python supo explicar al gran público lo que los
descubrimientos de gente como Hubble y Friedmann significaban.
La física siempre se ha dividido en dos vertientes. Por un lado el empirismo, la experimentación, la toma de medidas. Por el otro, el racionalismo, las deducciones, la interpretación de los datos experimentales para elaborar leyes científicas. Aún más, la elaboración de teorías científicas que deben ser comprobadas después experimentalmente. Ahí es donde el error de Einstein es tan importante para el relato. Después del éxito con la teoría de la relatividad y el Nobel por el efecto fotoeléctrico, el físico alemán se creía intocable, capaz de llegar por sí mismo a nuevas ideas ingeniosas, a elaborar una teoría cosmológica, a meter todo un universo en su cabeza.
Frente a estas exageradas pretensiones, el guionista Balbi coloca a dos pequeños astrónomos con muchas menos ínfulas. Dos pequeños físicos experimentales que sólo quieren tomar datos con una antena que creen que está rota. Si Einstein da conferencias y entrevistas para periódicos, Arno Penzias y Robert Wilson tienen que limpiar basura de palomas y construir una antena tornillo a tornillo. Moralmente, la victoria en este cómic (y en la vida real) es suya. Dos desconocidos sin demasiado talento teórico son los que consiguen dar la puntilla a una investigación de décadas que no parecía encontrar una base empírica en la que apoyarse.
En cierto modo, es una historia que ya hemos leído mil veces: el escudero que se convierte en el mejor caballero de la Edad Media, el joven estudiante que se convierte en Spiderman... Reivindicar unos orígenes humildes como punto de partida del éxito es un lugar común que funciona muy bien en la ficción. Voy a utilizar una palabra horrible: es "inspirador". Sin embargo, le quita aquí, creo, importancia a otros científicos, a otra forma de investigar. No se puede negar que Penzias y Wilson no desperdiciaron el tiempo trabajando con su antena, pero también es verdad que sus investigaciones no valieron nada hasta que científicos teóricos brillantes supieron lo que significaban todos aquellos números.
Quiero destacar el papel de Henrietta Leavitt en este cómic. Si el guionista hubiese querido, podría haberse omitido tranquilamente, pero la presencia de al menos una científica dentro de este cómic era necesaria. No es una cualquiera: el tamaño del universo, su expansión y su origen nunca habrían sido temas de estudio sin sus conclusiones sobre las cefeidas.
Aunque el corazón de este cómic sean en gran parte Eisntein, Penzias y Wilson, el guión cubre un gran espectro de épocas, lugares e investigadores. La investigación científica, como el puente de mando de la Enterprise, los X-Men y la isla de Perdidos, es multicultural. La diferencia con el resto de ficciones es que en la ciencia los personajes rara vez se interrelacionen, y más raro aún es que coincidan en persona. La ciencia se parece en realidad a la película Einstein and Eddington (protagonizada por Andy Serkis y David Tennant y bastante recomendable), con dos científicos protagonistas que nunca llegan a verse en persona. En ese sentido hay que felicitar a Balbi por superar estas dificultades y construir un relato interesante, que progresa con varios giros narrativos y al mismo tiempo es didáctico y fiel a los hechos históricos.
En el medio del cómic difícilmente vamos a encontrarnos obras científicas que aspiren a algo más complicado que la divulgación. Cosmicómic es un cómic realmente sencillo de leer, que sabe mantener la atención del lector y con el que éste se llevará un par de lecciones aprendidas a casa. Con el éxito de The Big Bang Theory y los últimos premios Nobel sobre la expansión del universo quiero creer que este tomo encontrará el público amplio que merece.
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