lunes, 5 de diciembre de 2011

La tumba de Dracula: Primer acercamiento y alabanzas desmedidas

“Gracias a Stan Lee por una colección verdaderamente satánica”.

Así definía estos cómics del Drácula de Marvel el sacerdote satanista L. Dale Seago en el Tomb of Dracula #25, después de explicar en una extensa carta cómo la evolución del personaje principal seguía paso a paso el camino espiritual de su peculiar doctrina.


La colección a la que se refería de hecho es posiblemente una de las más extrañas y al mismo tiempo mejores colecciones publicadas por Marvel en su historia. Fue consecuencia de una breve moda del género de terror que había empezado 4 años antes (lo que jugó en su contra, ya que los gustos de los lectores empezaron a cambiar nada más publicarse los primeros números) y la única de su grupo que sobrevivió a esta moda. Fue un capricho de los editores Stan Lee y Roy Thomas que querían publicar una colección con este personaje sin tener ni idea sobre lo que podría ocurrir a largo plazo. Y fue especialmente un reto para sus autores.

En la Tumba de Drácula podemos encontrar la osadía juvenil de un guionista primerizo que no tenía nada que perder pero sí mucho que demostrar. A cada número, Marv Wolfman se atrevió a explorar diferentes formas de narrar y diferentes géneros (hay aventura y terror, evidentemente, pero también veremos ciencia ficción, humor, romanticismo, novela negra… e incluso podríamos considerar a Drácula como un “superhéroe” en contados números). Se trata de un conjunto de registros muy heterogéneo para una colección que, sin embargo, hay que leer como una novela-río, una trama que avanza imparable hasta desembocar en un poderoso desenlace. Una completa rareza dentro de la producción de Marvel Comics.


A la desvergüenza de Wolfman se le unió la experiencia y la elegancia de la pareja formada por Gene Colan y Tom Palmer. Decía Wolfman que era incapaz de imaginar esta colección dibujada por otras personas, y lo cierto es que hicieron un trabajo irrepetible. Gene Colan no era un dibujante perfecto (en lo gráfico o lo narrativo), pero resultaba realmente hábil a la hora de realizar ilustraciones tenebrosas, un experto en el dominio de las sombras, la sensualidad y el erotismo, la ambientación y la acción. Su diseño de los rostros de los personajes se alejaba de los arquetípicos bustos académicos del resto de dibujantes, y además se preocupaba por jugar con la composición de la página, huyendo de las clásicas viñetas rectangulares. Palmer por su parte supo potenciar el dibujo de Colan, añadirle detalle y matices, sin traicionar su complicado dibujo a lápiz.

El esfuerzo conjunto de estos tres autores consiguió que esta colección llegara a superar incluso la estabilidad artística de los Cuatro Fantásticos, al unir a su equipo completo (guionista/dibujante/entintador) durante 10 números más que Lee, Kirby y Sinnot con la Primera Familia. La comparación no es gratuita, ya que los lectores equiparaban la calidad del trabajo de Wolfman y Colan con el realizado por Lee y Kirby con los 4F, o el de Roy Thomas y sus dibujantes con Conan. Yo no sabría decir hasta qué punto ha envejecido esta colección, pero diría que muy pocas colecciones de Marvel desde entonces han sido capaces de hacerle sombra.


Continúa en: El adolescente que creó los primeros cómics de terror de Marvel