viernes, 19 de junio de 2015

Gladiator, el Superhombre (Philip Wylie)


Siempre que he leído sobre la creación de Superman me he encontrado con una referencia a esta novela, escrita 8 años antes que la creación del primer superhéroe, pero nunca he leído reseñas que hablen únicamente del libro en sí mismo. Con todo el agradecimiento que siento por Ediciones Jaguar por publicar este libro en castellano, no se puede negar que el libro es pesado, mediocre y sólo tiene interés por la influencia que ejerció sobre Siegel y Shuster. Más bien, la inesperada influencia. Mientras el libro es introspectivo, lento, lleno de filosofía barata, pesimista, Superman desde su primera página fue un personaje risueño, divertido y vital, satisfecho de sí mismo y sus poderes.

En Gladiator tenemos a un joven que debe encontrar su lugar en el mundo, con las complicaciones añadidas que conlleva la fuerza sobrehumana que su padre científico le otorgó pocos días después de ser concebido. Despreciado por una humanidad que no le entiende o tiene miedo de sus habilidades, Hugo Danner viaja por el mundo buscando donde encajar... sin resultado. Del campo de fútbol a la Primera Guerra Mundial, de la oficina de un banco a una granja perdida en las montañas, ningún sitio está hecho a su medida. En el último tramo del libro, el más interesante, Danner empieza a fantasear con ser un justiciero que imponga su ley en EEUU, pero ni siquiera este objetivo le deja satisfecho.

Gladiator es una novela mediocre, que no llega a desarrollar momentos que se queden en el recuerdo de los lectores ni sabe desarrollar el potente punto de partida. Por comparar, Flores para Algernon trata sobre una persona que desarrolla su inteligencia más allá de lo posible, pero es un libro muchísimo más experimental, dramático y verdaderamente reflexivo. No quiero que parezca que todo es malo en Gladiator. Wylie aprovecha el relato para dejar perlas aquí y allí, como reflejar la persecución que sufrían los primeros sindicatos en EEUU, mostrar su defensa del desarme y el pacifismo, una crítica a las religiones organizadas (que no a Dios) y a un bolcheviquismo al que, si no fuese un movimiento contaminado por los defectos del capitalismo, Hugo Danner se habría unido sin dudarlo.