lunes, 18 de junio de 2018

Mis problemas con la ciencia ficción de EC


Me gusta mucho la ciencia ficción. Creo que es el mejor género con el que se pueden transmitir ideas y reflexionar sobre ellas, porque todo en la ciencia ficción es una metáfora de algo. O al menos en la que está bien escrita. Al ser un género basado en mundos que el autor tiene que construir desde cero, todas las elecciones que hace se basan en sus intereses políticos y filosóficos. Por eso creo que el tema general que resume la ciencia ficción podría ser el análisis de cómo el avance científico de una sociedad presiona y fuerza a evolucionar la escala de valores (éticos, sociales, políticos, filosóficos…) de esta sociedad

(Hago un pequeño inciso para poner un ejemplo de una novela de ciencia ficción que acabo de leer, que me ha encantado y que creo que es un buen ejemplo de esta definición: La guerra de las salamandas. Muy recomendable).

Hace unos años tuve la oportunidad de comprar la colección Biblioteca grandes del cómic: Clásicos de la ciencia-ficción, que recopila los cómics de ciencia ficción de la editorial EC publicados entre 1950 y 1956. Sabía que en las revistas de esta editorial estaban algunos de los mejores autores de la época, especialmente el grandísimo dibujante Wally Wood, pero me temo que a estos cómics les ha afectado mucho el paso del tiempo, y no me refiero al apartado científico.

Como he dicho, lo que más me gusta de la ciencia ficción es que es un vehículo de ideas. Hay en estos cómics muchísimos ejemplos de ideas progresistas para la época, como críticas al armamento nuclear, pacifismo, animalismo (igual que en El planeta de los simios, en varias historias los seres humanos sufren las mismas torturas que algunos animales)… Un relato relativiza la mística del cristianismo al mostrar a un terrícola que es considerado un equivalente de nuestro Jesucristo en un planeta lejano (Weird Science #13). En otro, un científico loco transforma en mujer al novio de su hija, por lo que ella decide cambiarse de sexo también para seguir con él (Weird Science #10). En la misma línea, otros exploradores encuentran un planeta en el que sus habitantes cambian de sexo cada cierto tiempo (Weird Science #14), como ocurre en el planeta de Ursula K. le Guin de La mano izquierda de la oscuridad (1969). Tal vez el ejemplo más famoso sea el del Weird Science #18, protagonizado por un astronauta negro y que trata sobre el fin del racismo en la Tierra.

Todos estos ejemplos de mentalidad abierta, con los ojos puestos en un futuro utópico, chocan con otros detalles mucho más conservadores. Por ejemplo, a pesar del relato sobre el racismo, me llama la atención la escasísima representación de negros, asiáticos, latinos o cualquier otro colectivo. También las mujeres tienen menos presencia, tanto entre los personajes de fondo como entre los protagonistas. Pero el caso de las mujeres en estos cómics tiene un poco más de chicha.

Por lo general, las mujeres aparecen más que nada como decoración, y si tienen peso en la trama suele ser porque son un interés amoroso. Por ejemplo, en uno de los relatos de Weird Science #11, una computadora recibe por turnos lecciones de un maestro y una maestra. Como él se siente atraído por ella, la máquina tiene dificultades para aprender, por lo que los científicos recomiendan que la computadora sólo hable con hombres. Otro papel habitual es el de la esposa que quiere hacer daño al protagonista, como en los números #6 y #9. Pero de estos ejemplos el más risible es el del Weird Science #7: el científico protagonista tiene que lidiar con una esposa enjuta y malhumorada que le impide mantener un romance con una de sus estudiantes, a la que le dobla la edad.

Hay varios relatos de hombres que desean fabricar a la mujer artificial de sus sueños, pero el del Weird Science #5 es el más llamativo. En el futuro venden mujeres igual que si fuesen electrodomésticos o esclavas. La vendedora incluso tiene un monólogo bochornoso sobre la novia deluxe: «¡Nunca se queja, nunca discute, no se opone a que se quede hasta tarde con los amigotes, siempre sonríe, cocina divinamente, cose, le adora completamente y obedece todas sus órdenes! ¡En otras palabras, la esposa perfecta!» Casi parece que la esposa ideal sea una mujer lobotomizada…

Y hasta aquí he llegado, porque llevo años con estos cómics en la estantería y se me hacen duros de leer. Por si acaso, para mí estos problemas de representación de la sociedad no son una pega, sino un aliciente. Ver estos comentarios o aspectos machistas de la época es lo que me anima a avanzar unas páginas de vez en cuando. Mi problema con estos tomos es la poca variedad de los argumentos. Todas se parecen demasiado y se resumen en unos pocos temas: el ejército contra una invasión, el científico loco en su laboratorio, una familia afectada por aspectos fantásticos (viajes en el tiempo, extraterrestres...), exploradores espaciales... Me apasiona la ciencia ficción, pero estos cómics no serían el mayor exponente del género de la época.

lunes, 11 de junio de 2018

Por qué creo que Superlópez pudo terminar en los 80


Creo que el caso de Superlópez es parecido al de las Tortugas Ninja o Cerebus. En los tres casos se trata de personajes que empezaron como parodias pero que acabaron siendo obras más personales. Tal vez la comparación sea más redonda con Cerebus, porque tanto Dave Sim como Jan comparten en su trabajo sus reflexiones y su manera de entender la vida con bastante libertad creativa. Tanto se vuelca Jan en su trabajo que llegamos a pensar que autor y personaje son uno. Sin embargo, tengo la sensación de que el dibujante podría haber abandonado tranquilamente a la supermedianía en los 80 si las cosas hubiesen sido diferentes.

Antes de entrar en la Editorial Bruguera alrededor de 1974, Jan había podido desarrollar un tipo de cómic más personal, con guiones y dibujos suyos, con su forma de entender las historias y la forma de llevarlas al papel. En Bruguera esto cambió. Se tuvo que ajustar a los esquemas de seis hileras de viñetas, el gag alargado de una página, guiones de otras personas y dibujar al mismo tiempo cuadernos coloreables, cuentos, troquelados, las adaptaciones al cómic de Heidi y Marco… Tuvo que ser una época que le dejó marca, porque en Cachabolick Blues Rock (1988) colocó a Martha en una situación parecida a la que vivió él.

Jan consiguió volver al tipo de cómic que le gusta hacer con Las aventuras de Superlópez (1979) con la ayuda en los guiones de Francisco Pérez Navarro. Juntos habían sacado adelante las adaptaciones de Heidi y Marco, pero también algo más personal, Nosotros los Catalanes (1978), una historia de Cataluña en formato cómic. Esta colaboración debió de ser tan fluida que mientras estaban con Superlópez sacaron tiempo para otro cómic en paralelo, Pasolargo (1979) para el suplemento asturiano Espolique.

De este modo, fueron racionando una entrega de Superlópez con frecuencia quincenal hasta 1980, cuando el dibujante decidió encargarse en solitario de Superlópez, sin ayuda ajena en los guiones o el coloreado. Comenzó inmediatamente tras ¡Todos contra uno, uno contra todos! (1979) a serializar Los alienígenas (1980), pero al acabar éste llegó un parón de tres meses hasta que se publicó la primera entrega del siguiente álbum, El Señor de los Chupetes (1980). La regularidad de Superlópez se cayó por segunda vez durante las últimas entregas de La semana más larga (1981) por culpa de Pulgarcito, una nueva colección regular para la revista del mismo nombre. No es sólo que los últimos capítulos saliesen a razón de 6 páginas al mes, sino que pasó un año y medio entre el final de este álbum y el comienzo del siguiente, Los cabecicubos (1982).

Creo que debieron de influir varios factores en las decisiones que tomó Jan en este tiempo. Por una parte estaba la presión de las fechas de entrega de Pulgarcito, y lo poco satisfecho que quedaba con el resultado final por culpa de los coloristas. Por otro lado, Bruguera estaba en suspensión de pagos y tuvo retrasos y deudas en los pagos a sus trabajadores, una situación que creo que tiene un eco en ese Jaime que controla los presupuestos de La gran superproducción. Ante esta situación, el dibujante saltó a Ediciones Druida donde continuó ilustrando cuentos infantiles pero también creó otros personajes para la revista Jauja (1982): Los últimos de Villapiñas y Cab Halloloco.

Jan ha dicho en muchas entrevistas que para él los personajes son menos importantes que las historias, pero creo que alrededor de estos años Jan pudo tener menos cariño por Superlópez que por el resto de sus personajes. Los cabecicubos (1982) se serializó en cuatro meses en la revista Mortadelo Especial, y La caja de Pandora (1983) en tres meses, pero entre uno y otro pasó un año de sequía. Hubo otro año de sequía más hasta que se publicó La gran superproducción (1984), primero en una revista que duró 3 números, y en recopilatorio Olé el mismo mes en el que se cancelaba esa publicación. ¿Quiere decir que Jan estuvo mirando las musarañas mientras tanto? No, al mismo tiempo sus colaboraciones empezaron a aparecer en revistas como Rumbo sur o A tope con sus álbumes Viceversa, trotacosmos de ida y vuelta (1984-1991) y Laszivia (1984), una historieta en el Hara kiri nº 46, y también presentó varios proyectos rechazados, algunos de los cuáles se acabaron publicando en los Guai! nº 85 y 107.

Toda esta falta de periodicidad y la creación de nuevas series para otras revistas me hace pensar que, en otras condiciones, Jan podría haber abandonado Superlópez si cualquier otra editorial, revista y personaje hubiesen llegado a asegurarle una estabilidad económica aceptable. No debió de ser así, porque en cuanto se creó Ediciones B fue uno de los primeros que aceptó la oferta que le hicieron. Con esta editorial volvió la regularidad de las entregas de Superlópez, y con ello se aseguró la continuidad del personaje hasta la actualidad.

lunes, 4 de junio de 2018

‘París flash-back’, mayo del 68 contra el Capitán Trueno

Ediciones B. 592 páginas, tomo rústica.

Hace tiempo Víctor Mora mostró en su blog simpatía por los jóvenes que salieron el 15 de mayo de 2011 a las plazas de España cargados con tiendas de campaña. Por lo que leo en una de sus novelas, Paris flash-back (1978), imagino que aquellos días le debieron de recordar los ideales y las ganas de cambiar el mundo que vio de cerca en la primavera de 1968, cuando el autor del Capitán Trueno vivía exiliado en París junto a otros antifranquistas españoles. Este año se cumplen precisamente 50 años de aquel intento de revolución, y a pesar de todo este tiempo la sociedad no ha cambiado mucho, o al menos eso se deduce de las páginas de este libro.

París flash-back es la tercera parte de la trilogía de la posguerra de Víctor Mora, la conclusión de Los plátanos de Barcelona (1966) y El tranvía azul (¿1985?). Este libro recoge el exilio en París de Lluís Martí (el personaje que podemos identificar con el propio autor), una estancia que transcurre en paralelo con las vidas de una docena de personajes de diferentes orígenes: otros españoles, artistas, prostitutas, nobles, empresarios, antidisturbios, estudiantes, drogadictos… La narración salta de un personaje a otro, intercalando de vez en cuando fragmentos del diario personal de Lluís Martí. Habiendo leído Diario de a bordo, no me parece una locura pensar que estos fragmentos puedan ser del propio diario de Víctor Mora de aquellos días.

La revolución de mayo del 68 fue un suceso espontáneo que no buscaba el poder sino cambiar la sociedad. Tuvo su origen en el desencanto hacia una sociedad de consumo asfixiante, el imperialismo de los EEUU durante la guerra de Vietnam, el autoritarismo del gobierno de De Gaulle, el puritanismo y el comienzo de una recesión económica. Igual que hace unos años con el 15-M, los sindicatos y partidos de izquierdas tradicionales en un primer momento miraron con desprecio y criticaron a los jóvenes que empezaron estas revueltas. Fue después, con la brutal represión policial (palizas, detenciones masivas, gas mostaza…), cuando el pueblo de Francia salió a apoyarles. Incluso los vecinos de las tiendas y balcones cercanos del barrio latino mostraban su apoyo y ayudaban a los manifestantes. Los sindicatos, aunque tarde, decidieron ayudarles iniciando una huelga general a la que poco a poco se unieron la mayoría de trabajadores. También los medios de comunicación, a los que los estudiantes criticaban por su colaboracionismo con el sistema capitalista, tuvieron la altura moral de secundarla.

Uno de los puntos fuertes de la novela es que Víctor Mora describe estas revueltas desde dentro, con detalles que sólo se ven cuando se ha participado en ellas. Mora explica cómo los estudiantes e inmigrantes del barrio latino levantan las barricadas con adoquines (que luego se arrojaban a los antidisturbios), cómo desmontan el mobiliario urbano para reforzarlas, incluso talando árboles. Las manifestaciones de esta novela se viven desde dentro, viendo también cómo se infiltran policías de incógnito. Todas ellas se confrontan con la manifestación final del 30 de mayo, convocada por la derecha francesa en apoyo a De Gaulle. A ella asisten algunos de los personajes presentados en la novela, cantando la Marsellesa y ondeando unas banderas de Francia que «una buena parte de la izquierda ha entregado estúpidamente a la derecha», en opinión de Mora. Los antidisturbios, aunque presentes, han recibido órdenes de no actuar.

El otro aspecto que mejor funciona en la novela es, como en las otras dos partes de la trilogía, las anécdotas y curiosidades relacionadas con la Guerra Civil y la represión franquista. Por ejemplo, un general republicano explica que no siente remordimientos por la orden de no hundir un barco usado por el bando franquista porque era uno de los mejores de la marina española. En otro fragmento se explican varias curiosidades sobre el autoritarismo en los colegios españoles del franquismo, como llamar a un alumno alto al estrado para que el profesor pueda mantener el brazo con el saludo fascista sin cansarse, apoyado en la cabeza del niño.


A pesar de toda la simpatía que Víctor Mora demuestra por los estudiantes, no quiere ocultar la contradicción que hay entre unos hijos de familias acomodadas pero revolucionarios que se enfrentan contra antidisturbios de clase obrera, ni el choque entre las reivindicaciones estudiantiles con las de los trabajadores de las fábricas en huelga. Se puede decir que esta novela no es precisamente panfletaria. La intención de Víctor Mora es, como explica el propio Lluís Martí dentro del relato, mostrar la lucha comunista desde dentro del partido, sin apasionamientos ni actos heroicos, sino con un enfoque costumbrista y explicando las razones de las debilidades y divisiones internas. Por los comentarios y las decisiones que toma el Mora escritor, se nota que su visión era crítica con las interpretaciones más dogmáticas del comunismo. Entre los comentarios que aparecen en estas páginas están la necesidad de aplicar un análisis marxista a las estructuras de poder creadas a partir del marxismo, y la contradicción de que un movimiento iniciado por el filósofo que dijo que la religión es un opio para el pueblo tuviese tan deificados a sus líderes.

Otro de los fallos que Lluís Martí/Víctor Mora señala del inmovilismo del partido en aquellos años era la defensa de la liberación sexual, un análisis que el PCF seguía posponiendo. El sexo de hecho es uno de los temas que más aparecen en esta novela, no falta en ninguna de las tramas y es especialmente insistente en la que involucra a Lluís Martí e Irena (la Edenia de la anterior novela está en esos años en una cárcel catalana). En Martí veo una frustración sexual exagerada que le lleva a unos comportamientos difícilmente justificables. No sé si es intencionado o una casualidad, pero la relación de Martí con el sexo conecta con el enfoque tóxico de casi todas las relaciones sexuales del resto de personajes, como si éstas fuesen instrumentos de sumisión y humillación con las mujeres.


Víctor Mora no era, me temo, un buen novelista. Este libro está formado como digo por subtramas de una docena de personajes que no se relacionan entre sí, o apenas nada. Casi parece que sus vidas pertenecen a otras novelas, como si fuesen relatos inéditos que el autor ha querido publicar de alguna manera. El desarrollo de estas tramas tampoco es interesante porque no evolucionan ni tienen un cierre. En realidad, en la mayoría de los casos los personajes son excusas para que ellos cuenten pequeñas historias o den pie para que el narrador las cuente. La estructura es bastante fallida, y otro ejemplo es el motivo que le impide a Lluís regresar a España, el «asunto Marlowe». Mora intenta crear intriga con pequeñas referencias a lo largo del libro hacia este detalle, pero ni éstas despiertan interés en el lector ni tampoco resulta satisfactorio cuando el misterio se revela al final.

Aparte, Mora arrastra algunos de los problemas de las dos anteriores novelas, como la obsesión con el sexo (me queda la duda de que creyese que era un buen gancho comercial) y lo poco explicadas que están las diferencias ideológicas entre los bandos anticapitalistas. Si en las anteriores novelas estos dos aspectos podían ser un pequeño problema, aquí ganan en gravedad porque son una parte fundamental del relato que Mora quiere contar. A esto se añade el uso excesivo de palabras y frases en inglés y francés. No sólo creo que mantenerlo en su idioma original no aporta nada, sino que sin traducciones en las notas a pie de página se convierten en fragmentos irrelevantes.

No me parece agradable insistir en lo fallida que es esta novela, especialmente por la obsesión de Lluís/Víctor en volcarse en la literatura y por el sentimiento de inferioridad que siente por sus guiones del Capitán Espacio/Capitán Trueno. Me choca porque el mismo Mora ha sido en las anteriores novelas un apasionado de clásicos del cómic como los de Hal Foster o Will Eisner. ¿Por qué ese desdén en ese momento hacia el mundo de las viñetas? ¿Había olvidado los motivos por los que le atraían en su juventud?

Me hace pensar en la decadencia de la colección del Capitán Trueno. Se suele comentar que la gestión explotadora de la editorial y la censura franquista mataron a este aventurero superventas, pero con esta trilogía no puedo evitar pensar que Mora también tuvo parte de responsabilidad. Su compromiso con el pensamiento comunista, aunque no fuese tan dogmático como el de algunos de sus compañeros, le llevaron a entender la escritura como otra herramienta de la revolución. Con el Capitán Trueno Víctor Mora nunca tendría la libertad de expresarse contra el fascismo como en esta novela, y, por tanto, debió de perder interés para él. El Capitán Trueno pasó a ser únicamente una forma de ganarse la vida.

lunes, 28 de mayo de 2018

El narrador y la religión en ‘Las crónicas de Atlantis’


Se podría decir que Las crónicas de Atlantis es para Aquaman como Año uno fue para Batman, o como el resto de reinterpretaciones que se hicieron en esos años de otros personajes (el Superman de John Byrne, la Wonder Woman de George Pérez...) La principal diferencia es que mientras que en esos cómics cada superhéroe es el protagonista central, aquí la intención es construir una mitología alrededor de Aquaman recorriendo la historia de la ciudad de Atlantis y sus principales reyes. Se puede hacer una primera valoración breve: es un buen cómic. ¿Entonces cómo es que no se ha recopilado en tomo desde 1990? ¿Qué pega podía tener?

La única posibilidad que se me ocurre es el erotismo de la trama y del dibujo del español Esteban Maroto. Pero creo que es injusto destacar sólo ese erotismo, porque lo que hace Maroto en este cómic es espectacular. No sé cómo se me había creado en la cabeza la idea de que los autores de cómic españoles de estos años eran dibujantes entregados al arte, a sus proyectos personales, que actuaban con desgana cuando trabajaban para el mainstream. Me esperaba, la verdad, un cómic con un dibujo solvente sin más, de un ilustrador poco involucrado.

Aparte de ese contenido adulto creo que hay otro detalle más sutil que delata que Peter David estaba buscando un lector más adulto de lo normal. Un recurso que es habitual en la literatura, pero no tanto en el cómic: el narrador no fiable. El recurso le viene bien a David desde un punto de vista práctico: aunque la historia está llena de detalles, un narrador no fiable le permite a cualquier guionista posterior contradecir este cómic sin ningún compromiso. Por otro lado, también le da libertad para cubrir los huecos que David deja a propósito.

Hasta cierto punto le veo algo de torpeza, de estar subrayado, como si David tuviese miedo de que algún lector despistado no le fuese a seguir. Pero se puede disculpar si se piensa cómo trata el tema desde diferentes frentes. El narrador, o más bien, los narradores (los cronistas) no son fiables por varios motivos. Alguno no lo es por su ideología, otro porque el poder (el rey) le impide contar la verdad, otro porque la información necesaria no está disponible, y en algún caso el narrador decide embellecer los hechos reales con fines políticos.

Este narrador no fiable conecta con el tema más evidente del cómic, el conflicto entre ciencia y religión. O fe, magia, superstición… porque acaban estando todos mezclados. Hay un sesgo que le impide a David ser igual de brillante que en el anterior punto. Mientras que los héroes de este cómic están en el lado de la ciencia, los villanos defienden el uso de la magia. Y no cualquier magia, sino la de los dioses oscuros. Cada uno opinará lo que quiera sobre fe y ciencia, pero si pones la fe y los dioses oscuros en el mismo bando no estás tratando este conflicto con la complejidad necesaria.

Hablo como absoluto desconocedor del personaje y de los cómics de DC: tengo la sensación de que Peter David es consciente de lo ridículo que resulta Aquaman para los que no leen sus cómics, o tal vez incluso para los que sí los leen. Este trabajo de orfebrería, suyo y de Esteban Maroto, busca especialmente darle carisma y épica a este superhéroe apoyándose en tramas más serias: las luchas por el poder, el sexo, la familia, la muerte, la religión... También, imagino, intenta unificar toda la historia de Atlantis de DC en una versión única y consistente. Pillo algún detalle mínimo (por haber leído Crisis en Tierras infinitas), y eso me hace sospechar que hay mucha más investigación de lo que parece.

Han pasado casi 30 años para reeditar este cómic. ¿Y se ha reeditado por su calidad? No, para aprovechar el tirón de una película que todavía no se ha estrenado. Nos va a tocar pedir más adaptaciones para poder leer este tipo de cómics.

lunes, 21 de mayo de 2018

¿Qué pasa con el cine y los cómics?


Una vez leí que la geografía es uno de los factores que determina la religión de una persona. Según el país en el que vivas, es más probable que creas en una religión o en otra. Lo comento al hilo de otra opinión que escuché en una charla sobre literatura: la geografía es uno de los factores que determina el hábito de lectura. Por encima de los Pirineos el tiempo es lluvioso y hay menos luz, como si el clima invitase a quedarse en casa. Por el contrario, en España, Portugal, Italia, Grecia… tenemos un calor y un solecito que nos impone la obligación moral de disfrutarlos en la calle. También en las ciudades se lee más que en los pueblos. En las ciudades es más probable que tengas que ir y volver todos los días del trabajo en transporte público y que acabes buscando algo que hacer en esos momentos.

Entre los lectores de cómics ya sabemos que en España se leen pocos tebeos, pero que en Francia es todo lo contrario. Allí las tiradas son astronómicas y los autores son conocidos y respetados (¿Viven holgadamente de su trabajo? Es otro tema). El cómic triunfa como cultura popular y como arte para intelectuales. Lo que deberíamos decirnos es que no pasa sólo con los cómics: en Francia se leen muchísimos más libros que en España. Se lee más en general. Y por eso también se leen más cómics.

Todo esto viene a cuento de que en menos de un mes he coincidido con dos personas que me han admitido que nunca han leído un libro. ¿Ni siquiera en el colegio? Teniendo El rincón del vago podían evitarse tener que leer un libro para responder un examen.

No me escandaliza que una persona no lea. Yo he pasado alguna crisis de replantearme qué hago leyendo tanto cómic y tanto libro, qué espero conseguir con ellos, por qué me gasto tanto dinero… Un libro que escribió un profesor mío, El impresor de Venecia, le da vueltas al significado de la lectura: ¿buscamos la felicidad en los libros? ¿O la felicidad está fuera de ellos y estamos perdiendo el tiempo?

En otra charla a la que fui, un escritor decía que no le preocupaba que la gente no leyese. Lo que le preocupaba es que la gente que lee no lo hace correctamente, no se queda con los mensajes e intenciones de lo que está leyendo, se queda sólo con lo superficial. Decía que para leer así, era mejor no leer.

Tengo la sensación de que no es una buena época para los libros y los cómics, pero sí para los gimnasios y las series de televisión. Y no quiero decir que sean excluyentes. Pero leer no es hot. Y cuando lo es, se ridiculiza al que lee. En las épocas de Harry Potter, El código Da Vinci, 50 sombras de Grey, Canción de hielo y fuego o Los hombres que no amaban a las mujeres podías ver a enteradillos riéndose de estos lectores de libros de masas. No son libros de verdad, dicen, pero son los libros que cuentan cosas que interesan a la gente, creo yo.

Se lee poco, pero se ven series y pelis basadas en cómics. Y en su nuevo medio causan furor entre el público. Pienso en la Marvel cinematográfica en general, y lo único que puedo hacer es admirar lo que han conseguido en 10 años. Hay personajes absolutamente desconocidos que ahora todo el mundo adora (¡Mapache Cohete!). O incluso más difícil todavía, que la mayoría de los aficionados crean que Iron Man es el personaje más molón que existe, cuando en los cómics jamás llegó ni a tener carisma. Hay un trasvase. Donde antes hubo millones de lectores, ahora tenemos millones de espectadores. Unos espectadores que tal vez puedan sentir interés por los cómics, pero no creo que esa sea la intención con la que se hacen estas adaptaciones.

Yo no sé si leer es mejor que ver series, o si como decía ese escritor da igual cómo pierdas el tiempo si sólo te quedas en lo superficial de un relato. Lo que sí me pregunto es si el tirón que tienen el cine y las series está relacionado con el medio o con el contenido. Leer no es hot... ¿por las historias que se cuentan o por cómo están contadas?

lunes, 14 de mayo de 2018

Eso tan complicado de reeditar Bruguera


Hace unas semanas Penguin Random House anunció su intención de empezar a reeditar el catálogo de Bruguera. En Canino me pidieron un artículo con una lista de personajes poco evidentes que podría ser interesante reeditar. En mi cabeza le di vueltas también a todo lo que rodea a estas posibles reediciones (para mí son “posibles” hasta que no las vea), pero ese artículo no era el lugar para ponerme denso y desparramar mis reflexiones.

Empiezo admitiendo que me puede el pesimismo. Los pocos anuncios que han hecho me dan a entender que todo se va a limitar a reediciones de aquellos tomos de RBA que se distribuyeron en los quioscos. Tendría todo el sentido del mundo. Un gran grupo como Penguin no se puede permitir que otra editorial vuelva a tener parte de su material.

Me preocupan las dificultades que conlleva recuperar estas colecciones. Son series pensadas para un público diferente al actual, pensadas para un formato (la revista) que ni existe ni volverá con fuerza jamás. Tienen con contexto histórico, cultural, social… muy alejado del nuestro. La tecnología, las referencias culturales, los elementos costumbristas… Todo es diferente. ¿Para un niño va a tener sentido que Zipi y Zape quieran una bicicleta antes que un móvil? Incluso los valores de la sociedad han evolucionado. Ahora mismo los chistes sobre un matrimonio en el que los dos no se soportan suenan anacrónicos, por mucho que tuviesen sentido en una sociedad en la que el divorcio era ilegal. O al menos eso es lo que pienso yo, porque luego parece que los chistes de Jorge Cremades triunfan de manera inexplicable.

Precisamente si la sociedad ha podido evolucionar es por el fin de la censura. Todos estos cómics tenían que cumplir unas normas morales para poder ser publicados. No es sólo que en España no se pudiesen hacer cómics para adultos, es que tampoco había libertad para hacer cómics para niños. Un autor no podía expresarse en sus historietas con la misma naturalidad con la que hablaba con sus propios hijos. Esta falta de libertad les impedía contar ciertas cosas de ciertas maneras, les obligaba a ser precavidos y no arriesgarse. Les impedía tener la garra que un autor de cómics de otro país tenía o la que los autores españoles pueden tener actualmente.

Si el Estado le prohibía expresarse con libertad, la editorial también limitaba a los autores en el apartado gráfico. En Bruguera los cómics tenían que tener una claridad narrativa absoluta y una altísima densidad de viñetas. Es decir, que en las revistas sólo se publicaban páginas con el mayor número posible de viñetas rectangulares dispuestas en hileras horizontales, sin posibilidad de alguna experimentación visual. Esto no ocurrió durante toda la vida de la editorial, sino aproximadamente hasta la llegada de la democracia, con la sustitución (no relacionada) de cargos de responsabilidad en la editorial, pero el grueso del material de Bruguera pertenece a esa primera etapa.

Y digo todo esto sin contar con la verdadera gran dificultad: la falta de materiales originales. Un gran porcentaje de las páginas se ha destruido, perdido o deteriorado. La visión cortoplacista de Bruguera no le daba la importancia que tenían a estas páginas, y ya no es que no se las devolviesen a los autores (imagino que para evitar que las volviese a publicar la competencia), es que las llegaban a destruir o guardar de cualquier manera. Si se quiere reeditar estas historietas, hay que partir por tanto de las revistas en las que se publicaron, que tampoco son fáciles de localizar. Habría dos posibilidades de restauración: o se recupera la línea y el color para que tengan la calidad de impresión de cualquier cómic actual (como Don Talarico o el Pulgarcito de Jordi Coll, o el Space Masters de Ferran Delgado), o se hacen escaneados de mucha calidad para reproducidos tal y como fueron impresos originalmente (como el Popeye y los tomos de Steve Ditko de Fantagraphics).


Una última dificultad: hay que recordar que en su momento estos cómics se consideraban material de usar y tirar. No lo digo para diferenciar las historietas de Bruguera de los cómics de superhéroes, las historietas francesas o los mangas. En todos estos casos la visión que se tenía del cómic era parecida. A lo que me refiero es que los criterios artísticos con los que hay que valorar estas obras son las del arte popular. Porque arte hay, incluso en un autor como Manuel Vázquez. Recordemos: un dibujante moroso, estafador, perezoso, que hacía lo posible por maximizar el beneficio a cambio de un mínimo esfuerzo… y al que consideramos un genio del cómic. Arte hay, insisto, pero es un arte diferente. Un arte pop, de masas, para un gran público.

Me pongo negativo, aunque desearía poder ver estas reediciones. Los cómics de Bruguera son los que han educado a los autores de cómics que leemos ahora, o al menos a los de cierta edad. Y al mismo tiempo, el contexto histórico de estos cómics (el que he puesto como contra antes) es también uno de sus puntos fuertes. Sus autores reflejaban la España de la época desde la naturalidad, desde lo cotidiano. Era un testimonio de la realidad del país desde el punto de vista de los trabajadores, no desde el punto de vista institucional o intelectual. A pesar de la censura, en sus páginas calaban también los sentimientos y frustraciones del momento.

No es la primera vez que se va a reeditar cómics de Bruguera, y por eso también recomiendo precaución. Pienso en el tomo de La gorda de las galaxias o el de Topolino, el último héroe, dos tomos que no funcionaron entre los lectores. Ediciones B tiene que definir al público al que quiere dirigirse y enfocar el material en función de ese público. Para elegir esas historietas hay muchos factores que tener en cuenta. Por ejemplo, se debería dar prioridad a los cómics de autores que estén vivos o en activo, tanto como recompensa por su trabajo como por la ayuda que pueden dar ellos para hacer promoción. Habría que pensar en aquellos cómics cuya restauración sea más sencilla, y en los que su contenido pueda conectar mejor con el lector actual. Y por supuesto, aquellos que tuvieron mayor impacto en la sociedad, aquellos que arrastraron a masas de lectores a los quioscos y a las tiendas de segunda mano. En cualquier caso, la nostalgia será una ayuda para poder promocionar estos cómics, pero no debería ser la justificación cuando se elija lo que se va a reeditar.

Hay motivos para ser optimistas. El nuevo enfoque de Edicones B a la hora de enfrentarse al material de Bruguera es muy diferente al de los años anteriores, en los que habrían sido imposibles el libro del TBO de Antoni Guiral, los integrales del 13, rúe del Percebe o Rompetechos, o la restauración de Pulgarcito. Quiero decir, Ediciones B ha planteado alternativas a sus formatos tradicionales con las que está intentando acercarse a los hábitos de consumo y lectura de los lectores actuales. Ediciones B ha demostrado voluntad de hacer algo diferente, y bajo el ala de Penguin es posible que tenga los medios para hacerlo. En ese sentido, es el mejor momento para plantearse estas reediciones.

Hablo mucho sobre recuperar el catálogo de Bruguera, pero Ediciones B tiene que plantearse también dos objetivos paralelos. Por un lado, continuar estas series, personajes y estilo en los casos y de la manera que sea posible. Sería interesante descubrir si estos personajes tienen sentido en las estanterías actuales. Y por el otro, desarrollar un catálogo original, alejado de Bruguera y su estilo, nuevos autores con ideas innovadoras que puedan crear una nueva forma de entender el cómic popular.

En cualquier caso, el tiempo juega en contra de la recuperación del catálogo de Bruguera. Cuanto más tarde se haga, menos lectores tendrán algún interés en leerlo y el material será más difícil de encontrar y restaurar. Es una carga tener que recuperar este catálogo, pero es precisamente la carga que muchas otras editoriales desearían llevar a cuestas. Es ahora o nunca.

martes, 27 de febrero de 2018

Mondo hueso (Yordi)


Hace un año estaba en la terraza de una cafetería de Puerto de Sagunto hablando con Yordi después de una charla en SPLASH Sagunt. Mientras me enseñaba sus cuadernos de dibujos (que me parecen una joya), me explicó que llevaba un tiempo con la idea de dibujar un recopilatorio de chistes de calaveras. La calavera y los esqueletos en general son una imagen que le lleva obsesionando desde hace años, como se ve en aquel Almendrado de limón de 2013 y en algunos chistes de Bababanga. Y después de todo este tiempo, por fin ha cumplido ese objetivo.

Cuando yo leo Mondo hueso veo a Yordi tal y como le conozco. Mitad payaso, mitad poeta. Visualmente se ha apoyado en un único recurso gráfico (el esqueleto) para darle unidad al libro, pero en los temas y los recursos su repertorio es muy amplio. En una página la reflexión del chiste puede ser introspectiva y amarga, mientras que en la siguiente se lanza una observación ligera. Hay humor negro, humor absurdo, algo de poesía, burla con las redes sociales, también conciencia social, y no falta ni el imprescindible chiste de náufragos.


Si tuviese que comparar estos chistes con los de otros autores, por desconocimiento yo me iría a la referencia más obvia, al humor negro de Charles Addams, pero como conozco a Yordi me imagino que en este libro también hay influencias de Gary Larson, de Oski, de Tono... Es algo que es complicado en esta época, encontrar a un dibujante de chistes de una viñeta al que le apasione este género y se note en su trabajo que conoce a sus autores más destacados. De hecho, la pasión de Yordi se aprecia en la reflexión que me hizo una vez sobre estos humoristas: rellenaban los huecos de maquetación de las revistas y los periódicos, en contraste con el espacio preferente de los cómicos de los escenarios y las películas. Ya apenas quedan huecos en las revistas (apenas quedan revistas, vaya), y este tipo de expresión tiene que encontrar otras vías. Recopilatorios centrados en un tema, como este.

Choca que una imagen tan fúnebre como la calavera se haya utilizado con tanto colorido dentro de este libro. Como comenta Nicolás, el creador de la Gorda de las Galaxias, quizás es porque en realidad estos chistes no hablan sobre la muerte, sino sobre la vida y el amor. Porque hablan sobre lo bonito de no ser todavía una calavera.