lunes, 14 de abril de 2014

Monty Python en Superman: True Brit

"Originalmente, [John Cleese] quería escribir una historia seria de Superman, y [el editor Mike] Carlin le comentó que hiciese algo un poco más Pythonesco. Y luego todo se convirtió en un problema de encontrar al artista correcto. Yo fui la cuarta opción."
"Mi querido ayudante Howard está escribiendo la historia, pero le estoy ayudando aquí y allá con algunos comentarios y sugerencias."

Hace 10 años que DC publicó Superman: True Brit, una curiosa historia alternativa de Superman en la que este superhéroe cae en Reino Unido en vez de en los EEUU (o la Unión Soviética de Mark Millar en Red Son). El guionista en este caso no es uno de los habituales, sino el grandísimo John Cleese, uno de los miembros de Monty Python y también conocido por la película Un Pez Llamado Wanda y la serie de televisión Fawlty Towers. En honor a la verdad, el guión es realmente del americano Kim "Howard" Johnson, un fan que acabó convirtiéndose en amigo de los Monty Python y que ha escrito bastantes libros sobre ellos, pero contó con la ayuda de Cleese para escribir el argumento.

A lo largo de las 100 páginas se van metiendo algunos guiños tanto a la carrera de Cleese como al resto de los Monty Python. Para empezar el personaje del editor sin escrúpulos Whyte-Badger está basado físicamente en él, y por debajo de ahí es donde hay que buscar las referencias más sutiles:


Tengo la sensación de que se podrían haber metido muchos más guiños que los que hay, pero aún así tampoco son pocos:


En el periódico se refieren al dueño del hotel Fawlty Towers, interpretado por John Cleese, que tenía una facilidad asombrosa para enfurecerse e insultar a los clientes.





En la casa de los Clark tienen un pingüino en la televisión, como en el clásico sketch de Monty Python.





El joven Colin Clark soñaba con llegar a ser un reparador de bicicletas. Era una referencia absolutamente obligada.





El libro que usa para autohipnotizarse está escrito por otro personaje de esta serie que se dedicaba a construir edificios usando sus poderes.





Los músicos Ron Nasty y Dirk McQuickly (interpretados por Neil Innes y Eric Idle) son parte de The Rutles, un grupo musical que parodiaba a los Beatles. Después de tener éxito en varios sketches se llegó a producir un falso documental que repasaba sus vidas.



Curiosamente su coche no cae desde cualquier parte, sino desde el aparcamiento Mr & Mrs Brian Norris, de otro sketch de Monty Python.





Más tarde sobre un mapa de Reino Unido se ve la fachada de Fawlty Towers, con las letras cambiadas de sitio igual que ocurría en las cabeceras de la serie.





Por último, una referencia al documental de viajes presentado por uno de los python, "Around the World in 80 Days with Michael Palin".




Me quedan en el aire dos posibles guiños más, uno a un cartel de "spam" y un intento de Mr. Gumby muy mal dibujado por John Byrne, además de los que no haya detectado. Lo he dicho arriba, no son pocos guiños, pero tengo la sensación de que si uno de los objetivos era llenar el cómic de huevos de pascua se podría haber jugado con muchísimas más referencias.

jueves, 10 de abril de 2014

Ojo de Halcón, tomo 1, de Matt Fraction y David Aja

136 páginas, color, rústica, 12 €

Creo que ser crítico con la situación actual de "lo que sea" es la forma de pensar más recomendable. Incluso en el mejor de los momentos todos somos capaces de encontrar debilidades que podrían ser mejoradas con el paso del tiempo. Si no pensásemos así caeríamos en el error de creernos el escalón superior de la historia, de pensar que el "ahora" es un momento definitivo que se mantendrá eternamente. Y no es así, cualquier periodo de tiempo que analicemos, especialmente el presente, no es el final del camino sino un paso intermedio.

Empiezo así porque veo en los análisis sobre la actualidad marvelita ese pequeño error. Las colecciones desarrolladas bajo el ala del editor Steve Wacker (Daredevil, Capitana Marvel, Ojo de Halcón...) están siendo tan aclamadas a nivel crítico con reseñas y premios que podría parecer que nos encontramos ante los mejores cómics de la historia de la editorial, ante una revolución que va a devolver el foco de atención creativo de nuevo a Marvel. Yo no lo veo así. Con el Daredevil de Waid y Samnee ya tuve mi pequeña decepción, y con Ojo de Halcón vuelvo a sentir lo mismo.

Tengo que admitir que virtudes no le faltan a este primer tramo. Los autores tienen el atrevimiento de llevar al personaje a un entorno costumbrista sin caer en los ridículos excesos del superhéroe urbano de los 90 y dosmiles. Esto se nota por ejemplo cuando el disfraz aparece la mayoría de las veces sólo en la portada mientras que en las viñetas hay que acostumbrarse a que lo sustituya un coloreado que tiende a los morados. Casi se diría que el puñado de tiritas en los brazos y la cara es su nuevo disfraz. Otro detalle que se puede destacar es que se trata de una primera lectura completamente accesible para cualquier lector, al mismo tiempo que de fondo se meten guiños a villanos antiguos e introducen nuevos personajes de los últimos años (¡ese Nick Furia negro!). También tiene mucho sentido del humor, con el desnudo frontal de Clint como máximo exponente, y la acción es trepidante. Pero no me parece suficiente.


Matt Fraction tiene muchísima suerte de tener a David Aja a su lado, y no dudo que viceversa también. Sin Aja, a Fraction se le notaría con muchísima facilidad lo mecánicos y formularios que son sus guiones. Su Clint Barton parece una máquina que reacciona a lo que le llega, sin que de dentro de él salga alguna motivación diferente a la de ser un héroe. Los diferentes conflictos se introducen en la trama con torpeza, a bocajarro en la cara del lector. Es salir del hospital y Clint tropieza con el gran villano al que se tendrá que enfrentar en todo el tomo. Más tarde, para una chica con la que comparte cama y resulta que está relacionada con más villanos. Todo se hilvana de una manera demasiado casual, demasiado conveniente para el guionista. Están tan subrayados los guiños irónicos del nombre del perro y de la flecha búmeran al final de sus capítulos que suenan demasiado a clichés. De hecho, parece que Clint lanza demasiadas flechas de las que dan la vuelta en el aire a lo largo de este tomo. En esencia, Clint Barton cumple con el arquetipo de superhéroe solitario de los cómics, una carcasa de colores sin pasado, familia, amigos, motivaciones, tentaciones, hobbies, etc.

Parece que lo que quieren los autores es presentar a un superhéroe alejado de la fantasía asociada al género, pero fracasan. Si intentan ser verosímiles, las fracturas múltiples que se curan sin dejar secuelas nos devuelven a la ciencia-ficción. Si la intención es no caer en los tópicos de los trajes de superhéroes, caen en el tópico del superhéroe multimillonario, que en este caso ni se plantea de qué lugar habrá salido su dinero. De hecho, su nuevo poder es el del super-dinero, con el que puede comprar un edificio controlado por mafiosos malvados que triplican el alquiler de los pisos de un día para otro. Lo compra porque obviamente un superhéroe no va a poner en duda la validez legal de un contrato sospechoso, que es lo que haría un comunista andrajoso de los del 15-M. Si en tu contrato pone que has vendido tu alma, Clint Barton le dará el visto bueno y buscará en su cartera cuánto lleva suelto para prestarte.

Los guiones de Fraction saben a viejo, recuerdan demasiado a frases y momentos que ya se han visto mil veces en los cómics y la televisión. El ejemplo donde más se nota es en la conclusión de la trama que dibuja Pulido, resuelta sin ningún ingenio imitando un fragmento de Choque de Reyes en el que Tyrion descubría la traición del Maestre Pycelle. Ese fragmento fue adaptado en un capítulo de Juego de Tronos un año antes de la publicación de este cómic, y no creo que sea una coincidencia.


Si Ojo de Halcón se ha convertido en un cómic tan recomendable es por el artista que tiene que llevar al papel estas historias. Si David Aja no conoce todas las virguerías con las que se puede hacer un cómic más claro o más expresivo, entonces sabe sólo casi todas. Es un autor cerebral e intenso, que domina completamente su ámbito de trabajo y al que le habría venido muy bien tener un guionista igual de reflexivo y experimental al lado.

En principio aquí David Aja no utiliza un estilo propio, sino que se apropia del de Mazzucchelli en los 80 de una manera tan perfecta que parece que dibuje con las manos de aquel y le hubiese añadido conocimientos de programas vectoriales. De hecho no se trata de una simple imitación del estilo de dibujo (el color ayuda mucho) como hacía Michael Lark, por decir alguien, sino sobre todo en la formar de contar las historias. Incluso en el guión hay momentos que, tal vez sea una casualidad, recuerdan al Año Uno de Batman: el clímax del tercer número es en un puente, Clint se preocupa por un perro tanto como Batman por un gato, el leit-motiv de los días se cambia aquí por uno de flechas trucadas...

Ahora bien, después de tres números parece que este camino le cansa a Aja y decide (¿decide Aja o Fraction?) desviar la colección a un lugar muy diferente en la última entrega. Por primera vez los lectores de superhéroes se encuentran con el "enemigo" en casa, con el estilo del dibujante más innovador y alternativo de la actualidad dentro de un cómic comercial de aventuras. Aja mezcla con inteligencia una línea que ya no recuerda tanto a la de Mazzucchelli con una colección de recursos como diagramas, viñetas pequeñas, carteles de letras gigantescas, perspectivas sencillas, etc. que definen a Chris Ware, y no se queda sólo ahí. En un número ambientado especialmente en la rutina diaria del personaje, Aja muestra la desconexión de esta colección con el resto de cómics Marvel al dibujar la única escena de acción superheroica del número como si se tratase de un videojuego de una recreativa con un game over y todo. La influencia de Ware ya se notaba en los diagramas tipo manual de instrucciones de la segunda portada, pero en el último número (y parece que en alguno posterior sobre un perro) es absoluta. Las novedades formales que fuera de las editoriales de superhéroes ya están asumidas por gran parte de los lectores llegan por fin a los seguidores de las capas y las máscaras.

Pero hasta ahí llegan las novedades formales de una colección que, en su corazón, sigue perteneciendo a una gran empresa norteamericana. Fraction cumple en su papel de escribir relatos que dan el pego, pero este Ojo de Halcón está muy lejos de ser una colección revolucionaria como fueron el Hombre Hormiga de Kirkman y Phil Hester, el All Star Superman de Morrison y Quitely o los X-Statix de Milligan y Allred. Aja por su parte está pletórico y merece la pena no perderle de vista.

jueves, 27 de marzo de 2014

El (sorprendente) casting de Anacleto


Llevábamos ya cerca de un año haciéndonos a la idea de que Quim Gutiérrez interpretaría a Anacleto, el hijo de un famoso agente secreto, para descubrir hoy que se trataba de todo lo contrario. Anacleto en realidad es su padre, interpretado por Imanol Arias, que se reencuentra con su hijo 20 años después para envolverle en alguna clásica trama de espías.

Tiene su curiosidad, porque la sensación que dan las noticias es un poco confusa. Puede ser una buena adaptación de Anacleto desde el momento en el que está asegurada una escena rodada en el desierto (en las Islas Canarias) y que el villano de la cinta será su creador, el dibujante Vázquez, igual que en los cómics. Da buenas sensaciones en general porque entre los actores principales no sólo están Imanol Arias y Quim Gutiérrez, de lo mejor del cine español actual, sino que a la pareja tenemos que añadir a Berto Romero y a Carlos Areces en el papel de Vázquez.

El recelo llega cuando leo que la trama se centra más en la relación entre Adolfo (Quim Gutiérrez) y Katia (Oona Chaplin), que está acompañada de su hermano (Berto) y la madre de ambos (Rossy de Palma). ¿Puede ser Anacleto un secundario dentro de su propia película?

Si lo pienso, realmente me gusta la idea. No es una traslación literal, no es una idea inmediata. Siendo fiel (porque puede serlo), parece un buen ejemplo de pensamiento lateral, de darle la vuelta a una imagen predefinida. Es original, es creativo.

Pienso en otras adaptaciones al cine, y veo un patrón. La película de Superman de Donner no fue una traslación directa de los cómics de la época en la que fue adaptada. Frente a unos tebeos ligeros y juguetones, Donner y sus guionistas colocaron una capa roja a una metáfora de Jesucristo y la echaron a volar impulsada por la épica y la majestuosidad. Ahora vemos en Superman una figura trascendente de aspecto casi divino que en los 70 nadie se podía llegar a imaginar.

Pasa lo mismo con el Hulk televisivo de Kenneth Johnson. En las viñetas, un monstruo verde que centra sus aventuras en cómo de grande va a ser el enemigo al que va a sacudir. En la serie, un personaje trágico con el que los espectadores se quedaron enganchados. Influidos por la serie, desde Roger Stern y Bill Mantlo hasta Peter David, inmediatamente los guionistas de sus cómics empezaron a profundizar en su psicología y la infancia de Bruce Banner.

Si pienso en Marvel, su última ola de adaptaciones al cine ha tenido dos etapas: una experimental y otra más prefabricada. Las películas vendidas a otros estudios pertenecerían al primer grupo, mientras que las segundas pertenecen a Disney. Si pienso en Blade, en el Spiderman de Raimi o el Hulk de Ang Lee, pienso en películas casi "de autor", en la que los directores tuvieron vía libre para desarrollar sus manías artísticas a través de unos personajes que no eran suyos. Tanto en Spiderman como en Spiderman 2 se notaba el gore y la serie B que ya había en Darkman o en Evil Dead, aunque fuese maquillada dentro del aspecto aceptable que tiene que tener una película para niños. Se veían los extraños cortes entre escenas, las sobreactuaciones... Y al mismo tiempo era una película de Spiderman.

El X-Men de Bryan Singer posiblemente sea la adaptación más interesante de esta etapa. Los cómics que había que adaptar eran una space-opera muy loca mezclada con culebrones interminables, el básico "me-quiere-no-me-quiere", con trágicos soliloquios existenciales poco creíbles. Singer se centró antes en la especulación, en el "¿y si...?", que en la acción y la aventura. Hizo una película de ciencia ficción, no una película de superhéroes. A partir de esta simple premisa desarrolló dos cintas que por ese motivo estuvieron muy por encima de sus dos continuaciones, X-Men 3 y Lobezno Orígenes.

No digo que sean películas perfectas (pocas de superhéroes me lo parecen), pero son inesperadas. Sus autores intentaban hacer algo mejor que lo que cualquier director y guionista sin personalidad podría haber hecho en su lugar. El Daredevil del torpe Mark Steven Johnson difícilmente puede ser defendible, y el Hulk de Ang Lee está muy descompensado, pero aún así se les nota la libertad creativa.

Algo que no hay en Iron Man y sus sucesoras Capitán América, Thor, etc. Son películas con un guión esquemático, más previsible, un viaje campbelliano cambiando los trajes de colores. Sus directores hacen tábula rasa, pierden su estilo y parecen realmente dirigidos por otra persona por encima de ellos. El impersonal Thor de Kenneth Branagh es el que más llama la atención, pero incluso en Los Vengadores se nota que Whedon podría haber hecho una adaptación de la que habría estado más satisfecho. La excepción la veo en Iron Man 3, en la que alrededor de una hora es Shane Black en estado puro, aunque sus inquietudes artísticas estaban muy lejos del personaje que tenía en las manos.

No digo que técnicamente sean malas películas ni peores. Se trata de matices. De cuánto puede poner de sí mismo un director (y sus actores, etc.) en su película. Cuando uno va a ver El Lobo de Wall Street no quiere sólo una buena adaptación del libro, quiere ver a Scorsese cómodo, quiere ver que la ha dirigido como a él le ha salido de las narices sin tener que explicar a nadie por qué DiCaprio habla a la cámara cada dos por tres.

O tal vez no. En nuestra economía de libre mercado el público es el que decide. El público quiere más películas de Indiana Jones, quiere continuaciones de Star Wars, secuelas y relanzamientos de los grandes éxitos, quiere adaptaciones de videojuegos, de muñecos y de juegos de mesa. Es decir, que a un nivel básico tal vez lo que el gran público quiere es cine sencillo, más inmediato y previsible.

Por mi parte, no le voy a decir que no a ninguna de las dos opciones, pero le tengo más aprecio al cine que juega con los límites. Por volver a Anacleto y a Vázquez, creo que fue mucho más interesante la biografía que rodó Óscar Aibar en 2011 que (por decir alguna) el biopic de Steve Jobs formulaico y correctito que protagonizó Ashton Kutcher el año pasado.

Lo que está claro viendo la carrera del director de esta nueva película, Javier Ruiz Caldera, es que al menos no se tratará de un despropósito a la altura de El Capitán Trueno. No hay prisa de todos modos, nos queda hasta 2015 para ver el resultado.

martes, 25 de marzo de 2014

Pulpos, el Príncipe Valiente y el Capitán Trueno

Que el Capitán Trueno bebe de Príncipe Valiente no le puede extrañar a nadie. Víctor Mora comentaba en los prólogos de las recopilaciones la influencia de los mitos artúricos, y eso nos lleva inmediatamente a los documentadísimos cómics de Harold Foster. Hace años recuerdo hojear una revista donde se recopilaban varias escenas "similares" entre estos dos tebeos, y en internet hay algún comentario al respecto.

Ya me di cuenta hace tiempo de que el primer encuentro entre Trueno y Goliath se parecía bastante al primer choque entre los príncipes Arn y Val, y de que la misma estrategia de formar a un ejército en forma de cuña para derrotar a las tropas enemigas se les ocurrió casualmente a los dos personajes.

Con todo esto, de todos modos me ha impresionado encontrarme con esto:



Recuerdo que este cómic del Capitán Trueno  fue de los que más me impresionaron de pequeño. Lo miro ahora y lo entiendo perfectamente. Después de 11 cuadernillos con una trama cerrada en los que ha pasado de todo (guerra de cruzadas, la promesa de devolver un cáliz a su dueño, traiciones entre cristianos, la aparición de la belicosa Sigrid, que es la hija de un vikingo bestial llamado Ragnar, el naufragio en África, etc.), el Capitán regresa a su Cataluña natal para encontrarse un caos aún mayor. Unos encapuchados fantasmales se dedican a destruir todo lo que se encuentran y a sembrar el miedo, sin que nadie sepa que realmente son siervos del aparentemente correcto Manfredo "el negro" (¡muy sutil, Víctor Mora!). Éste tiene en una torre de su castillo encerrados al mago Morgano y en sus cimientos acuáticos a un pulpo tan grande y amenazador que los lectores no tienen tiempo ni para preguntarse qué hacen los dos en el mismo sitio.

La respuesta no viene de dentro de la propia colección, sino desde fuera: porque en Príncipe Valiente hubo uno.

Seguramente daría para repetir lo que hice con Ibáñez y el cómic francobelga, y ahí está el asunto. El Capitán Trueno no fue un cómic con profundidad ni con segundas lecturas (aunque ahora intenten dárselas), sino una loca evasión, una aventura continua aderezada con algunos toques siniestros y mucho humor tontorrón. No había ninguna pretensión más que pasar el rato, de acuerdo, ¿pero dónde está la división entre las ideas de Mora y las que Mora cogía de otros autores? ¿Cuánto hay de Víctor Mora en estos cómics, cuánto hay de un autor en su obra más famosa?

Me viene a la cabeza porque puedo hacer la comparación entre Víctor Mora y Quentin Tarantino y quedarme tan a gusto. Dos guionistas que beben de la cultura popular y desarrollan sus propias historias a partir de argumentos y detalles de narraciones que han disfrutado.

Tal vez la diferencia esté en que tanto Víctor Mora como Ibáñez no contaban con que los lectores llegarían a darse cuenta algún día.

Una última imagen. ¿Tal vez a Steranko también le influyó el pulpo gigante de Harold Foster, o tenía en la cabeza algún otro kraken?


miércoles, 19 de marzo de 2014

Sobre el fondo y la forma, "Marvels", de Kurt Busiek y Alex Ross

La ficción no es inocente. Educa, transmite ideologías, difunde éticas y morales. No existen las narraciones asépticas. En un relato, contado en el medio que sea, un escritor plantea una situación, propone un dilema que hay que resolver, o presenta unos personajes y los fuerza a evolucionar. De la resolución de los conflictos se extraen moralejas, que pueden ser tan simples como "el bien gana al mal" o tan irónicas como "no existen las respuestas fáciles".

La moraleja es parte del "fondo" del relato, que está formado por las ideas y los conceptos, la información y los argumentos a favor o en contra de la idea principal. Todo lo que se encuentra a su alrededor es la "forma": la decisión de adelantar o retrasar un acontecimiento, de detallar u omitir un suceso, de ordenar unas situaciones de una u otra forma, las palabras elegidas, los diálogos... Ésta se utiliza para mostrar el fondo según las intenciones de su autor, que puede querer expresarse de una manera comprensible, o críptica, apasionada, etc.

En el cine, la forma también incluye la banda sonora, el tipo de planos, los actores... En el cómic serían los elementos del dibujo: el estilo de la línea, las composiciones, la distribución de página, los cortes entre viñetas, el color...

Se puede disfrutar de una obra de arte fijándose únicamente en criterios formales, pero es algo que no me termina de convencer porque es un análisis superficial. Lo estético es sólo una capa externa que rodea el verdadero cogollo del proceso de comunicación entre emisor y receptor. Son los elementos éticos y culturales los que hacen de un relato algo valioso, el principal motivo por el que un autor siente la necesidad de comunicarse con su público. No se trata sólo de disfrutar con el aspecto externo (de "entretenerse" a secas), sino también de aprender información interesante, reflexiones intelectuales, lecciones morales, etc.


Todo esto viene a cuento de que el contraste entre forma y fondo me parece tremendo en Marvels. Este cómic de hace ya 20 años exploraba a los ciudadanos de a pie del universo de ficción de Marvel, caracterizados por el eterno sambenito de temer y odiar a sus superhéroes. A lo largo de sus alrededor de 180 páginas, Kurt Busiek y Alex Ross nos muestran no sólo cómo éstos pasan de la admiración al miedo y de la desconfianza a la adoración, sino también su confusión al no saber distinguir los héroes de los villanos ni a los queridos superhéroes de los repelentes mutantes. De entre todas estas personas destaca Phil Sheldon, un fotógrafo obsesionado con estos héroes (a los que llama "prodigios", "marvels") que pasa toda su vida intentando entender el significado de sus hazañas.

El problema es que Busiek se dedica a discutir el sexo de los ángeles. Sus reflexiones (las de Phil Sheldon) sobre los héroes y la incomprensión que sufren son aplicables únicamente dentro de este universo de papel y no encuentran ninguna equivalencia en nuestro mundo. Como lectores, ni se nos echa nada en cara ni se nos hace reflexionar sobre ninguna realidad a nuestra alcance. O al menos prefiero pensar que Busiek no tiene en mente transmitir un mensaje, porque la evolución del protagonista, desde la inseguridad a la admiración y de nuevo a la inseguridad hacia estos personajes de colores brillantes, no sería nada ejemplarizante.

Phil Sheldon, como el personaje débil que es dentro de la historia, comienza aceptando su lugar entre los últimos eslabones de la escala social. Asume su inferioridad y su papel de simple espectador. No intenta ponerse a la altura de sus ídolos ni arrebatarles su puesto en la élite. Ni siquiera los toma como modelo a imitar para realizar él buenas acciones en la medida de sus posibilidades. Phil Sheldon representa una de las sumisiones al statu quo más exageradas que ha habido en un cómic, una sumisión donde su único margen de iniciativa y creatividad consiste en mercantilizar la existencia de estos superhéroes publicando recopilaciones de las fotos que les ha hecho.

Prefiero pensar que Busiek no pretendía transmitir ninguna actitud ante la vida a creer que el párrafo anterior son sus verdaderas intenciones. Esto quiere decir entonces que nos encontramos con un cómic sin significado, y esto choca no porque se le exija que tenga uno, sino porque este cómic aparenta las pretensiones de ser profundo. Intenta parecer algo diferente al resto, algo superior a la media. No es una peleílla de buenos contra malos, sino una épica búsqueda del valor del superheroísmo, un intento de honda racionalización que sin embargo fracasa.


Marvels ha encandilado a los lectores durante años en realidad gracias al estupendísimo envoltorio que cubre todo este vacío. Por una parte, Busiek y Alex Ross se apartan de la dirección artística predominante de los molones años 90 para acercarse al candor y la ingenuidad que ahora vemos en las primeros décadas de la editorial. Por el otro, trufan este cómic de interminables huevos de pascua destinados al grupo de coleccionistas fieles a los cómics Marvel.

Un lector poco entrenado seguramente no pueda apreciar el encomiable esfuerzo de estos autores por imbricar los cuatro números dentro de las tramas argumentales de la historia de Marvel. Que se desubique, qué remedio, algunos relatos no pueden estar obligados a subordinarse al gran público. Ese lector puede que no le encuentre la gracia a descubrir que el cartero Lumpkin fue pretendiente de Doris, al peluche de Xemmu que sujeta una niña o a ver a Danny Ketch descrito como "un niño normal"; puede que no se dé cuenta de que Clark Kent asiste a la rueda de prensa de la Antorcha Humana o que la Merry Marvel Marching Society vitorea en la boda de los Cuatro Fantásticos. Todos este tipo de detalles son suculentos regalos destinados únicamente al Fiel Creyente que disfruta con los guiños, las curiosidades y otros tipos datos inútiles.

Busiek desarrolla un guión complejo en lo que se refiere a detalles y referencias, pero la verdad es que no puede evitar que le eclipse el genio de los pinceles que le acompaña. Las depuradas pinturas de Alex Ross se mueven en un estilo poco habitual dentro del cómic americano mainstream, pero no es sólo eso. Llama la atención por la originalidad, pero también por la inteligencia con las composiciones de página, con el color, la iluminación, las posturas de los personajes, su gestualidad, el vestuario, los fondos... Hay un irónico efecto no buscado que es de los mejores elementos de este cómic. Mientras que el estilo casi fotográfico de Ross intenta bajar a los superhéroes a nuestra altura y darnos un punto de vista más costumbrista, lo cierto es que por su estatismo y sus imponentes posturas éstos más bien parecen esculturas de dioses antiguos. Lo que consigue de hecho es que la separación entre superhéroes y personas normales crezca aún más. Los devuelve a su esfera de seres superiores de la que es difícil sacarles.

Si Marvels escapa de la irrelevancia es porque se trata de un trabajado fanservice hiperbólico destinado al exclusivo club de acumuladores de cómics de superhéroes... y no es una crítica negativa. El problema viene cuando debajo de todo este gran pasatiempo no existe un poso que le dé sabor, cuando no hay realmente ninguna historia que contar.

viernes, 14 de febrero de 2014

"Estraperlo y tranvía", "Haxtur" y "Nova-2"

48 páginas, color, cartoné, 18,95 €

Siempre tengo la sensación de que Ediciones B vive al margen del mundo editorial español. No me refiero a que deba publicar los mismos cómics que el resto de editoriales, sino al poco movimiento que tiene lo que publica. Apenas se la ve en las críticas, en los comentarios de los lectores o en las tiendas especializadas (aunque sí mucho en las grandes superficies). Ha habido una excepción reciente, un cómic de Ediciones B que llegó a optar al Premio Nacional del Cómic el mismo año que el "Arrugas" de Paco Roca. No es una excepción que merezca caer en el olvido.

"Estraperlo y Tranvía" es una mezcla interesante. Por un lado es un reflejo de la España de la Dictadura, y para ello Alfons López lleva el relato a lugares donde ese contraste pasado/actualidad salte más a la vista; es también un homenaje lleno de guiños e insinuaciones a las historietas y el cine del franquismo, con personajes de Pulgarcito y actores de la época distribuidos por las viñetas; y por último, es una historia de sólo 44 páginas formada por nada menos que cuatro subtramas, fuertes y bien entrelazadas, que en ningún momento llegan a saturar ni dejan al lector insatisfecho. Todo está ensamblado con una aparente sencillez, sin que nada chirríe ni quede forzado, excepto tal vez la resolución de la trama de Aurorita,.

Hay que admitir que Alfons López juega muy bien con el aspecto más delicado del cómic, su lectura política. Todos los autores son libres de tener su ideología, pero en el tema de las ventas con este cómic habría sido arriesgado alejarse de los lectores conservadores que recuerdan con nostalgia los tebeos que leían de niños. De ahí interpreto yo que Alfons tira por la calle del medio, se aleja de la agresividad que podría haber mostrado Carlos Giménez y se camufla en la asepsia ideológica. En este cómic parece que pertenecer a un partido político es algo tan inocente como pertenecer a un equipo de polo mientras que los maquis en el fondo no son mostrados ni como héroes ni como villanos.

Es sólo un disfraz. En apariencia haber formado parte de un bando o de otro en la Guerra Civil no tiene ninguna importancia, y sin embargo a lo largo de este relato se ven ejemplos de la ridícula retórica del régimen, de la omnipresencia del catolicismo, de la pobreza, la censura (¡prohibido hablar de la guerra!), el fariseísmo del cura que no da limosna a un niño y la obsesión exagerada por la moral y las buenas costumbres. Es una España gris, y  no sólo por el coloreado de Alfons, una España en la que era duro vivir.


96 páginas, color, cartoné, 25 €

Para ser un cómic de espada y brujería, "Haxtur" tiene demasiados defectos. Los capítulos de seis páginas son demasiado simples. Cada uno presenta un problema que es resuelto inmediatamente sin que llegue a importar realmente lo que ocurre ni por qué. Se podrían haber convertido en relatos más complejos añadiendo más viñetas, pero así se hubiese tenido que reducir el tamaño de unas ilustraciones que no se puede negar que son impresionantes (y de hecho casi el único punto de interés de este cómic). A este esquematismo se le une la pedantería de los diálogos, un quiero y no puedo de una intelectualidad mal entendida. Por si no fuera poco, el cómic abusa de un simbolismo que muchas veces es demasiado críptico. Sin embargo, leer "Haxtur" merece la pena.

Cuando este cómic se publicó, entre 1969 y 1971, difícilmente un autor podía atacar con descaro las bases del nacionalismo católico del régimen franquista. Con estas historias Víctor de la Fuente quería encadenar una crítica tras otra a la tiranía, el dogmatismo, las religiones, el racismo, el sexismo, etc., y esto sólo se podía hacer desde el disimulo velado, un disimulo que desaparece sólo en el protagonista con melena y barba salvajes que recuerda a un guerrillero revolucionario.

Tengo la sensación de que es muy difícil escribir sobre lo que lo que este cómic significa por culpa del su hermetismo, la sensación de que al final yo acabaría escribiendo sobre lo que quiero ver en él, de que lo forzaría para que su mensaje fuese el que se acomoda a mi forma de pensar. Quiero decir, cuando Haxtur se pregunta a sí mismo sobre por qué la "muerte" vence a la "razón" yo no entiendo de manera literal la frase. En el contexto en el que se mueve el cómic creo entender que realmente pregunta por qué la "tiranía" vence a la "revolución", que Víctor de la Fuente oculta con metafísica preguntas más políticas. Mi duda está en los límites de la interpretación de este cómic.

Veo en "Haxtur" una especie de Conan enclenque que pretendía tener más lecturas y significado que el resto de fantasía heroica de la época. Más allá de la clásica lucha del bien contra el mal que puede ser entendida por un público internacional, Víctor de la Fuente concreta ese conflicto en el contexto español, con mensajes y dobles sentidos que hablan de nuestro país en aquella época. A pesar del mal sabor de boca que dejan sus capítulos simples y repetitivos, por esa búsqueda de la relevancia y su poderoso dibujo es un cómic que merece ser tenido en cuenta.


96 páginas, blanco y negro y color, cartoné, 14,95 €

Si de "Haxtur" decía que era pedante y difícil de entender, ¿cómo puedo describir entonces a éste otro? "Nova-2" no tiene realmente un argumento ni un tema, es un desparrame caótico de escenas y reflexiones, un cajón de sastre que no obedece las convenciones narrativas básicas. Lo que pretendía ser en un primer momento un cómic de ciencia ficción del montón, pedante en su forma de expresarse, poco sutil y con la pinta de aparentar más intelectualidad de la que tendría realmente, se convirtió por accidente en un experimento salvaje y personal a partir del momento en el que John Lennon fue asesinado por Mark David Chapman.

Es a partir de este suceso trágico cuando parece que Luis García pierde el interés en esa historia del meteorito que debe ser investigado por tres científicos. ¿Qué más da? ¿Qué sentido tiene la ficción en un mundo donde un Beatle muere de una manera tan absurda? Así el relato deja de tratar sobre el meteorito para hablar de la vida del dibujante del cómic que contaba esa historia, del solitario Víctor Ramos para el que la el día a día ha dejado de tener sentido hasta el punto de que se plantea el suicidio.

Lo que sigue es una sucesión de escenas inconexas, escritas viñeta por viñeta sin guión previo. Una rima de Bécquer, un cuento anarquista/feminista, una película de Hitchcock, una sesión de tarot y un repaso a la historia de España reciente y de la Segunda Guerra Mundial después de una secuencia masturbatoria bastante inquietante. Un caos desorganizado lleno de miedo y rabia, de existencialismo, incluso de crítica al medio del cómic que encuentra "insoportable". El contraste de las viñetas de Flash Gordon con las consecuencias reales de la guerra sirven para criticar una evasión que glorifica la violencia. Todo cabe en este cómic.

Era difícil darle un final a una historia sin sentido, pero tal vez para bien Luis García decidió cerrarla de una manera que explicase el caos del relato, en vez de aceptar el caos porque sí. Me cuesta recomendar este cómic aunque haya disfrutado con la locura de su estructura y el hiperrealismo del dibujo. Me pesa demasiado la pedantería, me molesta el intento de lenguaje elevado que realmente no dice nada. Un ejemplo es la página 28, con la referencia a las leyes de Newton que no tiene sentido en absoluto se mire como se mire. ¿Qué tiene que ver la inercia, la acción/reacción y la masa con conseguir un revólver? Es sólo un adorno, una referencia culta a algo que el autor realmente no entendía.

jueves, 6 de febrero de 2014

El Gato Perdido, de Jason

Rústica, color, 160 páginas, 16 €

Hay un gato perdido en medio de la calle. Un detective privado (con cara de sabueso, bien elegido) pasea bajo la lluvia, lo descubre y se da cuenta de que es el de un anuncio que ha visto en una pared. Se lo lleva a su dueña, con la que entabla una larga conversación. En ese momento conectan, surge una chispa entre ellos, por lo que quedan en volver a verse. Sin embargo, ella desaparece de su edificio al día siguiente sin dejar rastro...

Si algo había quedado claro con Jason hasta este momento es que su cinefilia casi no tiene rival. En la figura de Danny Delon de la portada es inevitable imaginar los rasgos de Humphrey Bogart, el actor que inmortalizó la figura del clásico detective implacable que no para hasta resolver un caso. Los guiños a El Sueño Eterno (una librería, imágenes de desnudos...) van sucediéndose al mismo tiempo que las sutiles referencias a las historias de ciencia ficción, empezando por el libro que Charlotte le regala a Delon (el segundo guiño al libro de Saint-Exupéry dentro de los cómics de Jason si no me equivoco).

Con esta mezcla de género negro y ciencia-ficción Jason habla del amor perdido. Por un lado, el detective quiere reencontrarse con la mujer que desea. Por el otro, un cliente busca el cuadro de un desnudo de una antigua amante. Los dos viven con esa necesidad recuperar lo perdido y de empezar lo que no tuvo comienzo. Los dos viven en el pasado, se obsesionan con sus recuerdos. Esto es lo que yo creo que distingue los cómics de Jason de los de otros autores. No se trata de su estilo frío y parco en palabras (que voy a sugerir que podría ser muy característico de los noruegos, como en la película Déjame Entrar), sino de su lúcida comprensión de que las historias de género han de tener alma además de suspense y aventura. Jason abraza las historias de géneros clásicos sin ruborizarse, no reniega de ellos ni intenta disimularlos, y lo hace así porque sabe tratar sus relatos con inteligencia. En sus cómics hay tanto una emotividad desatada como unos acertados desarrollos de personajes.


Me falla ligeramente el final. No dudo de que Jason intenta ser honesto, pero esta vez tengo la sensación de que el resultado ha quedado un poco forzado. La fusión de géneros está preparada con pequeños detalles, pero no los suficientes como para que lo que aparece en las últimas páginas resulte natural del todo. Parece un Jason obligándose a parecerse a sí mismo, a tener que mezclar géneros porque es lo que se espera de él.

Ahora bien, este cambio abrupto no perjudica al significado que tiene ese final tan conmovedor como desolador. Cuando la triste realidad le da un puñetazo en la cara a Danny Delon, él se refugia en sus recuerdos como el cobarde romántico en el que lo ha convertido su idealización de Charlotte. Se da cuenta de que nunca llegó a conocerla del todo, de que su amor no se sostenía en nada sólido. Poco le falta para pronunciar la frase que Bogart recitó en otra  de sus películas, el "Siempre nos quedará París".