viernes, 15 de septiembre de 2017

Llocs sorprendents / Lugares sorprendentes (Josep Coll)


Después del buen sabor de boca que me quedó con el anterior recopilatorio de Coll, tenía ganas de tener en mis manos esta continuación (el 2 de la contraportada lo deja bien claro). Hay algunas diferencias: la reproducción se ha hecho (creo) a partir de páginas de revista, no desde los dibujos originales, y la clasificación de chistes. El tomo se divide en dos partes, en primer lugar ambientes exóticos de cazadores africanos y caníbales, y después la especialidad de Coll, chistes de náufragos.

En estas páginas (que yo no había visto en otros recopilatorios) se puede ver la expresividad del dibujo de Coll, sus pequeños personajes espigados... pero también algo más. En muchas de estas historietas los personajes no acaban «perplejos», como en el título del anterior tomo, sino que demuestran mucha imaginación para construir aparatos para cazar, para divertirse... Pienso en otras series de la revista (Morcillón y Babali, Josechu el vasco o Los inventos del TBO) y creo que se podría decir que era una de las características que definieron a la revista. Frente a los personajes fracasados y resentidos de Bruguera, los de TBO utilizaban su ingenio y su imaginación para conseguir pequeños logros.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

La ciudad de cristal (Paul Auster, Paul Karasik, David Mazzucchelli)


Sobre la creación de este cómic, Art Spiegelman comenta en el prólogo lo siguiente: «Yo no podía imaginar quién demonios podía estar interesado en adaptar un libro en... ¡otro libro!» Precisamente por los temas que trata este cómic, la adaptación de la novela Ciudad de cristal al cómic (o a la novela... gráfica) tiene bastante más sentido que la de cualquier otro libro.

Daniel Quinn fue poeta hace muchos años, pero debido a la muerte de su mujer y su hijo decidió convertirse en un escritor de novelas de misterio. Una noche recibe la llamada de alguien que pregunta por Paul Auster, el detective. Quinn se hace pasar por él para iniciar un caso que gira alrededor de un filósofo y teólogo que aisló a su hijo durante 9 años para conseguir que hablase el lenguaje de Dios.

La novela habla principalmente de la identidad y la soledad. La identidad une un símbolo (una palabra) con una realidad. Es un aspecto sobre el que los personajes reflexionan constantemente. Por ejemplo, ¿la palabra "paraguas" vale para un paraguas normal y uno roto? ¿No son realidades diferentes que necesitan palabras diferentes? De hecho, este mismo juego lo va haciendo la novela en segundo plano, incluso con el propio protagonista. No sólo él mismo utiliza tres nombres diferentes (Quinn, su pseudónimo como autor de novelas y el nombre del detective al que suplanta), sino que uno de esos tres nombres pertenece a tres personas diferentes (el protagonista, el autor de la novela y el detective al que nunca se llega a ver).

Es este tipo de reflexiones las que explican uno de los aciertos de esta adaptación, el uso de los símbolos para contar la historia. Si debería existir una conexión entre una palabra y su cosa, debería haber una entre un dibujo o un icono y su cosa. Como la primera viñeta con la que empieza el cómic: ¿en qué se diferencian el dibujo de un teléfono del dibujo que representa el dibujo de un teléfono?

El caso que acepta Daniel Quinn consiste en seguir a Peter Stillman, un filósofo del lenguaje que tuvo la teoría de que si no se aprendía a hablar ningún idioma, se aprendería el lenguaje de Dios. Su hijo y la (en apariencia) esposa de este temen que tras salir de la cárcel quiera volver para matarle. La realidad con la que se encuentra Quinn es muy diferente. Ahora es solo un viejo que sigue obsesionado con aquellas viejas ideas, como demuestra en una de sus conversaciones: es una lástima que en español Quinn no pueda rimar con «gemelo» («twin») ni con «pecado» («sin»).

Que estas ideas surjan en una (falsa) novela de misterio tiene su gracia en tanto que si una palabra y su cosa no tienen una relación única, es decir, si el lenguaje con el que vivimos (o más bien, en el que vivimos) es fallido, ¿cómo se puede asegurar que el culpable de un crimen es uno y no otro? Daniel Quinn entra tanto en estos pensamientos que llega a encerrarse en el motivo por el que aceptó el caso en primer lugar: su soledad. Sus novelas de misterios, fingir que es un detective privado, todo eran excusas para no enfrentarse a la realidad, para no pensar, para vagar sin rumbo. Pero si la teoría de Peter Stillman es que se aprende el lenguaje de Dios al no aprender un idioma (pureza a través de soledad), la experiencia de Quinn es muy diferente.

La adaptación de Karasik y Mazzucchelli no sólo sigue al pie de la letra el libro (cada frase de este cómic sale de una frase del libro), sino que aporta lecturas y detalles que justifican la existencia de este cómic por sí mismo, incluso con independencia de la novela de la que surge. Un mismo título para dos obras igual de recomendables, un mismo nombre para dos cosas. Por ejemplo, la personificación de Quinn en Max Work, el protagonista de sus novelas, es un genial añadido de esta adaptación, como lo son también los nombres que aparecen en el telefonillo del portal junto al de Paul Auster.

Leí por primera vez este cómic en la biblioteca en la edición de Anagrama, de la que no tengo un mal recuerdo. Llevaba bastante tiempo con ganas de tener este cómic para poder releerlo, pero hay algunos detalles que ensombrecen esta edición: una página en la que los textos aparecen desplazados fuera de sus cartelas y otras dos páginas en las que los dibujos aparecen pixelados.

lunes, 11 de septiembre de 2017

Cosa de dos (Oriol Jardí y Jordi March)


Cosa de dos fue una serie de corta vida en la revista El Jueves. En cada entrega de dos páginas los autores parodiaban una pareja histórica o ficticia en conflicto: Epi y Blas, Quevedo y Góngora, Ratzinger y el papa Francisco, Superman y Lois Lane... Para este recopilatorio se ha añadido al final precisamente una pareja más, la de los autores Oriol Jardí y Jordi March. El dibujante tiene la oportunidad de volver a mostrar su talento en el dibujo (caricaturas, expresividad, ambientación...) gracias a un guión que le mueve por escenarios muy variados, diferentes épocas históricas, géneros... Un guión que también ha tenido que basarse en documentación para centrarse en los aspectos más relevantes de cada personaje y que tiene sus momentos más ingeniosos cuando se aleja de los chistes de sexo.

lunes, 4 de septiembre de 2017

Daredevil: 'Ruleta' - La censura y los superhéroes

Batman sujeta una gran arma de fuego, apunta a un pandillero y lo mata de un tiro. Hay muchos momentos como este en El regreso del Caballero Oscuro que definen a este Batman crepuscular, obligado a aplicar una violencia más extrema para intentar traer la paz a la ciudad de Gotham. Hay muchos aspectos de esta miniserie de cuatro números que explican su éxito, pero tal vez el más destacado es que se dirigía a un público más adulto. Es decir, se publicó sin aplicarle las normas de autocensura.



La censura era un tema que preocupaba a Frank Miller desde que empezó a trabajar en la industria del cómic americano. Uno de sus primeros números de Daredevil, Child’s play, tuvo problemas con el Comics Code Authority por mostrar explícitamente cómo un niño consumía polvo de ángel. El que iba a ser su primer cómic de esta colección en solitario (Daredevil #167), es decir, antes de la presentación de Elektra, acabó recibiendo permiso para ser publicado dos años después (Daredevil #183), tras modificar esas tres viñetas tan delicadas y cambiar la portada. (Aunque sea un dato un poco rocambolesco, añado el detalle de que en la segunda viñeta del Daredevil #169 se hace referencia a este cómic, aunque estuviese inédito en aquel momento). También me suena haber leído que a la oficina del Comics Code se le enviaban únicamente copias de las páginas del dibujo de tinta, porque la sangre de estos cómics se incluía en la fase de coloreado y así no las echaban atrás. Lo que es evidente es que los sais de Elektra atravesaban carne y huesos pero no la tela para evitarse problemas con los censores.

La que se planeó como portada original de Child's Play

Ben Urich es testigo de un asesinato con sais de Elektra

Frank Miller debió darle vueltas a todas estas limitaciones por lo que se ve en el cómic que cerró su etapa. En Ruleta (Daredevil #191, 1983), Matt Murdock, vestido como superhéroe, visita a Bullseye en el hospital al que había sido enviado después de dejarle tetrapléjico. Allí se dedica a explicarle con un largo monólogo un asunto que le preocupa al mismo tiempo que juega a la ruleta rusa con él. Narrativamente el recurso funciona porque la tensión aumenta a cada golpe de percutor, pero me cuesta ver a Daredevil, incluso al de Miller, como un psicópata que tortura a un inválido.

Portada de Ruleta

En lo formal, el cómic se alejaba de aquello a lo que los lectores estaban acostumbrados. Frente a la Nueva York en sombras en la que se movía el héroe, este cómic se ambienta en una habitación de hospital iluminada con una luz tan blanca que es imposible distinguir el suelo de las paredes. Mientras que Klaus Janson solía entintar con manchas y rayas sueltas, aquí Terry Austin dió un acabado delineado y cuidadoso. Lynn Varley, que había coloreado a Miller en la miniserie de Lobezno, aportaba también una paleta novedosa. Y tampoco había acción, sólo una simple historia de un niño y la tensión que ya he mencionado de llegar hasta la bala en la recámara.

El niño en cuestión se llamaba Chuckie y adoraba a Daredevil. Ve a todas horas el vídeo de su pelea con Bullseye, grabada en el Daredevil #146 y dibujada por Gil Kane, uno de los dibujantes a los que Miller imita. Su obsesión llega al punto de que cuando el superhéroe tiene que reducir por la fuerza a su padre, un criminal, al niño se le tuercen los cables, lleva un revólver al colegio y dispara a un compañero de recreo. Mientras recuerda esta historia, Daredevil se pregunta: «¿Qué trastornó a Chuckie?»


He leído bastantes reflexiones sobre este cómic. Me suena que alguno decía que Miller estaba hablando sobre la validez del género de superhéroes, otro que su intención era analizar las contradicciones de los superhéroes (usan la violencia para traer paz), un tercero seguramente añadía que trata sobre cómo Daredevil asume que su vida está asociada con la violencia... La opinión más extendida parece ser que Frank Miller hace que Daredevil sea consciente de que su heroísmo puede tener una mala influencia en la sociedad.

Yo diría que en realidad Miller intenta ir más lejos que eso, que le estaba dando vueltas a la influencia que puede tener la ficción violenta (los cómics de superhéroes) en los jóvenes, utilizando como metáfora la influencia que Daredevil tiene en la personalidad de un niño. Una pista de que va en esa dirección es una de las frases del padre de Chuckie: «Esa gente de la tele siempre mostrando cosas violentas o aún peores. Por eso mi esposa y yo nos unimos al comité promoralidad». El villano del tebeo es un santurrón moralista que critica la violencia en la televisión, y seguramente también la de los cómics.

En un primer momento Daredevil quiere descubrir qué es lo que Chuckie ve de interesante en él, pero se lleva una decepción al ver que su «lector» hace una interpretación superficial de sus aventuras: «¡Eres estupendo! Cuando alguien te molesta le coges y… ¡pow!». En un exceso, Miller asocia que Chuckie sea un «lector» torpe con sus problemas psicológicos. Lo que destroza la lógica del niño es su falta de «comprensión lectora», el no haber entendido realmente qué mensajes y reflexiones está lanzando Miller por debajo de los enfrentamientos sangrientos con Kingpin y los ninjas.

A renglón seguido, Frank Miller contrasta a Chuckie con la infancia de Matt Murdock (es importante el detalle de que Miller hable en todo momento de niños, no de adultos que «leen cómics»). El primero ha tenido una infancia que parece cómoda (familia de clase media por la forma de vestir y los muebles, padre estricto pero no violento), mientras que Daredevil se crió en una familia pobre, desestructurada y sufriendo los malos tratos de su padre, un boxeador alcohólico. La intención no es (o no parece) desmontar que el aprendizaje, en contraposición con lo innato, es fundamental para el desarrollo de una persona. No importa el tipo de infancia (de influencia) ha tenido Matt Murdock. Había algo en él, algo innato, que le ha llevado por el camino correcto hacia la abogacía y el superheroísmo. O incluso más allá, maduró sin necesidad de un buen modelo de conducta, sino todo lo contrario.

El padre de Matt Murdock, borracho, le parte la cara a su hijo

Daredevil finaliza su monólogo diciendo que Bullseye y él son «las dos caras de una misma moneda», una traducción creativa de Francisco Pérez Navarro de la frase «I guess we’re stuck with each other». En realidad, más que la oposición entre los dos, lo que Miller quería señalar es que el héroe y el villano son inseparables en este tipo de historietas.

Lo son por lo que dice Daredevil justo antes: «Cuando tengo la oportunidad de acabar contigo… mi pistola no tiene balas». El Comics Code se las quitaba. Por esta mala influencia que los cómics violentos ejercen (o dicen que ejercen) sobre los niños, Frank Miller no podía llevar el enfrentamiento de Daredevil y Bullseye hacia el desenlace lógico, a la muerte de un asesino en serie imposible de reinsertar en la sociedad.

Sólo unos años después, sin la supervisión de una autocensura y por tanto en un tebeo para lectores más adultos, la ametralladora de Batman sí tendría balas.

miércoles, 16 de agosto de 2017

Giant days 1 (John Allison, Lissa Treiman, Whitney Cogar)


Necesitaba una lectura como esta. Llevo un tiempo pensando que se le da visibilidad especialmente a un cómic que va dirigido a una generación diferente de la mía. No es sólo debido a la (necesaria) madurez del cómic, gracias a la cual desde hace muchos años se ha empezado a hablar de temas como el paso del tiempo, los recuerdos, la nostalgia, la vida adulta, la formación de una familia, asumir una enfermedad difícil... También es por las reediciones de clásicos del cómic, entre los cuáles hay algunos que funcionaban perfectamente dentro de su contexto, pero a los que el paso del tiempo les ha quitado parte de su fuerza.

No se trata de que hay que leer sólo cómics de la generación a la que uno pertenece, sino de que se nota el cambio. Por eso en Giant days he encontrado un cómic que me ha entusiasmado, con el que he sentido una afinidad inmediata. Hacía años que no veía algo así.

Esther, Susan y Daisy son tres universitarias peculiares que se hacen amigas. No viven aventuras ni tampoco están en un slice of life, sino que las vamos conociendo a través de pequeños y divertidos problemas: un resfriado, las relaciones amorosas, las drogas... El tomo empieza tal vez demasiado desordenado, pero tiene una estructura más sólida a cada número que pasa, lo que presagia que el segundo tomo será aún mejor.

Si no hay palabras para describir lo bien que se refleja en el guión el ambiente universitario actual, tiene aún más mérito lo que se ha conseguido en el dibujo con la estética de los personajes: las ropas, los peinados... No parece que se esté leyendo un cómic, sino que se esté dentro de ese ambiente universitario. También me gusta mucho algo que ya vi en Sarah Andersen, el uso de viñetas-meme dentro del cómic. Todo en este tipo de dibujo (que me recuerda a los dibujos animados) parece hecho a medida para un público joven y con ganas de divertirse.

lunes, 14 de agosto de 2017

El Capitán Trueno (Víctor Mora y Jesús Blasco)


Poco antes de la quiebra de la Editorial Bruguera, Víctor Mora y la editorial terminaron sus disputas legales para que el primero volviese a encargarse en 1986 de los guiones del Capitán Trueno. Teniendo en cuenta los años que habían pasado, el regreso resulta decepcionante. Nada había cambiado en 20 años, los personajes seguían siendo los mismos, los escenarios, los villanos, la estructura, los gags... La única novedad consistía en pequeños toques de un erotismo gratuito pero apto para todos los públicos (¿eso era lo único que iba a distinguir los cómics de Trueno publicados bajo la Dictadura de los de la Democracia?). Más allá de eso, todo sonaba a ya visto, como si fuese imposible contar nada nuevo de este personaje.

Quiero pensar que en estas tres aventuras (la tercera nunca se publicó completa) los autores estaban asimilando a los personajes, preparándose para sorprender a los lectores en cuanto no se lo esperasen. Tal vez algo de eso había en la tercera aventura, en la que el Capitán Trueno se metía en medio de un conflicto extraterrestre (uf...). La colección fue interrumpida en poco tiempo por motivos que no tienen nada que ver con la calidad o las ventas. Habría sido interesante ver hasta dónde podría haber llegado la cosa.

jueves, 3 de agosto de 2017

La cárcel de papel (Álvaro Pons)


Álvaro es demasiado humilde cuando culpa del éxito de su blog a haber sido el primero en español sobre cómics. Su diario digital, escrito día a día sobre la marcha (con sus ligeros cambios de opinión y sus erratas conscientes en los nombres propios), se ha transformado en un libro analógico que sirve ahora como testimonio y visión de conjunto del cómic en nuestro país de los últimos años. Después de ser ordenadas por secciones (reflexiones, cine, reseñas...), la selección de entradas que han sido recopiladas aquí abarcan todo tipo de temas. Desde las reseñas de cómics al análisis de la situación laboral de sus autores, de la curiosidad de Magneto vestido como el rey Juan Carlos al secuestro de El Jueves, de Los Increíbles de Pixar a un cómic (sólo uno) de Rob Liefeld.

La mayor crítica que le puedo a hacer a Álvaro es que a veces no opino como él. Ya habrá quien se lo habrá dicho, pero creo que sus puntos fuertes como divulgador y crítico son la facilidad que tiene para expresar sus opiniones de una manera sencilla, su larga experiencia como lector, y posiblemente más que todo eso su pasión por este medio (cuánto se echa en falta en las críticas que a veces se leen por ahí, que parecen escritas como si fuesen salchichas). Me quiero quedar también con algo que no me parece habitual: Álvaro a menudo explica su biografía lectora para contextualizar sus opiniones, para avisar de sus gustos e intereses al lector y que éste pueda valorar la subjetividad de sus críticas. O así lo entendí yo.

La sección de comentarios del blog de Álvaro Pons me había dejado un recuerdo de conflicto y desencuentros que no he encontrado en ninguna parte de este libro. Me choca ese contraste entre la sensación que se me había quedado y lo que veo aquí, un anfitrión conciliador que es honesto con sus opiniones personales pero que no busca la polémica seria (la tontorrona alguna vez, pero lo avisa). Lo veo perfectamente en sus entradas sobre la creación del Premio Nacional del Cómic. A pesar del optimismo con el que veía este acontecimiento, dio espacio a las críticas de los que pensaban diferente, sin compartirlas, pero sin atacarles ni ridiculizarles.