lunes, 26 de agosto de 2019
Los 'Superpoderes' de un Jack Kirby debilitado
En 1984 la compañía juguetera Kenner decidió que Darkseid y otros personajes del Cuarto Mundo representasen el papel de grandes villanos del universo DC en la línea de juguetes Super powers. Ahora puede parecer comprensible, pero en su momento fue una elección desconcertante. Las colecciones del Cuarto Mundo que Jack Kirby había creado en 1970 no contaron con el apoyo de la editorial DC, que ordenó cerrarlas demasiado pronto, solo dos años después. No se puede decir que todos aquellos nuevos personajes quedasen completamente olvidados, pero tampoco tuvieron una presencia en las librerías que hiciese pensar que los niños querrían jugar con ellos doce años después.
En esta misma época se juntaron tres cómics diferentes con características comunes. Por un lado, DC reeditó en grapa la colección New gods en 1984, a la que Kirby añadió un pequeño epílogo. A continuación llegó Perros hambrientos (1985), la decepcionante conclusión a todas las tramas de esta saga. Y por último, Super powers, una colección de tres miniseries (de 1984, 1985 y 1986) que DC publicó para promocionar los juguetes de Kenner. Por desgracia, no he sido capaz de averiguar qué vino antes, si la reedición de New gods fue el motivo de que se eligiesen sus personajes para hacer los juguetes o si fue al revés.
Menciono estos tres cómics porque la miniserie que ECC ha reeditado bajo el título de Superopoderes fue la segunda de Super powers y en ella se hace referencia a Perros hambrientos. Sin embargo, en realidad esta referencia no es necesaria. Super powers fueron miniseries promocionales fuera de continuidad. Por ejemplo, aunque estos cómics sean de 1985, aquí no hay ninguna referencia a Crisis en Tierras infinitas.
El principal atractivo de este tomo es ver cómo Jack Kirby dibujó a la Liga de la Justicia. Por desgracia, en estas páginas no tenemos a un Kirby apasionado por su trabajo, sino a uno desganado, que deja las viñetas prácticamente vacías y coloca a los personajes en posturas demasiado estáticas. El entintado tampoco ayuda. Al comparar los lápices con el entintado, he visto demasiados cambios. Greg Theakston corrigió los errores en los diseños de los héroes de la Liga, pero también cambió expresiones, gestos y posturas que no era necesario arreglar. Los lápices de Kirby son objetivamente flojos, pero la tinta es lo que lo acaba matando. Por comparar, el dibujo aquí está muy por debajo incluso de Perros hambrientos.
La historia es una pequeña tontería. Darkseid quiere conquistar la Tierra; la Liga de la Justicia, al intentar impedírselo, será enviada a la época de los romanos, a la del rey Arturo, a la prehistoria y al futuro. Me imagino que el público que se buscaba con esta colección era más los niños que los preadolescentes. El argumento es muy básico, escenas de acción una detrás de la otra sin mucha más progresión y en las que ni siquiera hay muchas sorpresas.
A pesar de todo esto, tengo la sensación de que estas miniseries fueron una influencia para Grant Morrison. No me cuesta ver paralelismos con su JLA de los 90: amenazas a nivel planetario, tramas en las que la identidad privada de los superhéroes es irrelevante, la unión de los grandes superhéroes de la editorial en vez de un grupo de secundarios... Lo veo también en pequeños detalles. Por ejemplo, en la primera miniserie (la anterior a este tomo) Kirby creó el Worlogog que Morrison recuperó en la saga El vaivén de los tiempos, una saga en la que los superhéroes viajan a un futuro en el que Darkseid ha destruido la Tierra, igual que en este tomo. También me llama la atención que en una splash page se colorease por error el planeta Tierra con los colores invertidos, de azul los continentes y de verde los océanos, como el planeta Bizarro de All star Superman.
Superpoderes no es ni Watchmen ni La broma asesina. Quiero decir, es un cómic flojo que se ha publicado en español de pura chiripa. Por eso éste es el momento para los fans de Jack Kirby, del Cuarto Mundo, del universo DC o de las rarezas. Estoy seguro de que Superpoderes no se va a volver a reeditar nunca. Quien quiera comprarlo, tiene que aprovecharse de esta oportunidad única.
lunes, 19 de agosto de 2019
Identidad y clase en 'El príncipe y la modista'
No me gusta llevar la contraria a la mayoría porque no quiero que mis opiniones destaquen sobre las de los demás. No me gusta la polémica ni ser el centro de atención. Estoy más tranquilo escribiendo de vez en cuando en un blog como este con una visibilidad limitada. Creo que han sido pocas veces en las que he escrito comentarios que iban a la contra del resto, como con Esclavos del trabajo o Dios ama, el hombre mata. O tal vez lo que percibo es el espejismo de la mayoría...
Me ha pasado con muchos cómics con los que he preferido no decir nada. El príncipe y la modista es un ejemplo de los que me han decepcionado y en el que quiero profundizar. No lo hago como un ataque concreto a Jen Wang, sino porque creo que así también puedo explicar mi forma de leer cómics.
En el título se señala a los protagonistas de este cómic. el príncipe de Bélgica, Sebastian, y su modista personal, Frances. Cuando su talento con la costura llama la atención del príncipe, él la saca de los barrios más pobres de París para que le diseñe sus vestidos de noche. Nadie de los dos reinos sabe que Sebastian tiene una doble identidad, que él también es Lady Cristalia, una atractiva mujer que disfruta en fiestas y diversiones nocturnas. Ni siquiera sus padres, que están buscando una esposa adecuada para su heredero.
Sé ver los aciertos de este cómic. Como poco, El príncipe y la modista es un testimonio de la época en la que vivimos, una en la que es posible incluir la cultura trans en un cómic para niños: no se trata de que a Sebastian le guste vestirse con ropa de mujer, sino de que él siente que es dos personas diferentes. También me gusta que Jen Wang no pretenda ofender ni provocar, sino que dé una visión natural y humana de esta forma de ver la identidad sexual. Este cómic es una historia de amor elegante y que entra muy bien por los ojos porque el dibujo es, sin ninguna duda, precioso. A pesar de todo esto, le veo pegas.
Sé que mi primer rechazo es una opinión completamente personal: no me interesan nada las historias en las que se obliga a un príncipe heredero a prepararse para ser rey. Me parece frívolo darle importancia a los problemas de una persona con tanto poder y privilegios en vez de hablar de otro tipo de personajes y sufrimientos con los que más lectores se pueden indentificar. Estoy de acuerdo en que este tipo de historias no hay que leerlas como de manera literal, sino como metáforas, pero aún así me cuesta entrar en ellas.
Me imagino que mi segundo problema con este cómic también es personal. Me parecería perfecto que Lady Cristalia fuese una criatura nocturna en un cómic adulto, pero no lo termino de ver en un cómic para niños. En esta historia, los ambientes de alcohol y juegos de azar por los que se mueve se muestran como evasiones inocentes. Es más, la sensación que me da es que se generaliza que las identidades trans existen para escapar de las responsabilidades.
El resto de flaquezas que veo en este cómic me parecen más objetivas. Por ejemplo, no entiendo por qué el cómic se olvida de la diferencia de clases que plantea al principio. Siguiendo los tópicos de este tipo de personajes, Frances consigue salir de la pobreza gracias a su talento y olvida rápidamente de dónde viene. En esta historia no tiene parientes, no tiene amigos, no tiene nada que le una con sus orígenes. No hay ni un momento en el que Frances se pregunte por qué ella ha subido en la escala social y el resto de gente humilde con la que se relacionaba sigue abajo.
El personaje de Emile me parece un artefacto incongruente dentro de este cómic. Se usa para hacer avanzar la trama, pero está completamente vacío. En las primeras páginas él mismo dice "Yo lo sé todo sobre el príncipe", y sin embargo no aparece en ninguna de las escapadas nocturnas, no le acompaña ni le ayuda cuando realmente le necesita. Es un artefacto para hacer avanzar la trama, no un personaje.
También me choca que sea un cómic con un argumento tan previsible. No me refiero a que las historias de amor tienen una estructura que funciona y que siempre se va a repetir. Hablo de que en el momento en el que un personaje oculta algo a los demás es evidente que van a ocurrir un conjunto de conflictos. Es más, no sólo son situaciones previsibles, sino que no tengo la sensación de que se aprovechen del todo para la historia.
Mi último problema viene con la resolución de la trama. Para mostrar apoyo a su hijo, el rey desfila también con vestidos sobre una pasarela. ¿Realmente eso es mostrar apoyo? Más que asumir la identidad de su hijo, parece que sus padres se la tomen como un juego, como el hobby del príncipe. Me lo planteo de esta manera: si el protagonista hubiese sido gay, ¿en el clímax final tendría sentido que el padre besase a otros hombres para demostrar que entiende a su hijo? Creo que esas viñetas visualmente tan impactantes no colaboran con el mensaje que quiere transmitir el cómic, sino que lo enturbian.
No quiero dar tampoco la sensación de que El príncipe y la modista es un mal cómic. Le veo virtudes y es evidente que a mucha gente le ha gustado. Sin embargo, creo que sus debilidades son tan evidentes que yo no lo puedo recomendar.
lunes, 15 de julio de 2019
Bandas sonoras de adaptaciones de cómics españoles
Un poco al hilo de lo que he estado escribiendo en Twitter estas semanas, una selección de bandas sonoras de las adaptaciones al cine de cómics españoles.
El gran Vázquez (2010), de Nacho Mastretta
«La manera de trabajar ahora es que todos los músicos estemos con la pantalla delante y que todo lo que se grabe sea una experiencia musical real. No utilizar tanto el corta y el pega, el ordenador, para colocar la música sino que esté colocada de manera natural. Para eso lo que hago es ver la película infinidad de veces, ver las escenas que el director quiere musicalizar una y otra vez y me imagino la música como si saliera de la pantalla, las luces, los movimientos de cámara, el cambio anímico de los actores». (Nacho Mastretta)
En Spotify.
En YouTube.
Arrugas (2011), de Nani García
En Spotify.
El Capitán Trueno y el Santo Grial (2011), de Luis Ivars
«Me dejé llevar, sin poner resistencia, a esa infancia, a esos viajes que hacíamos a través de las lecturas y eso fue lo que me dio la base emocional». (Luis Ivars)
Se puede escuchar en la web de Luis Ivars.
En Spotify.
Zipi y Zape y el Club de la Canica (2013), de Fernando Velázquez
Mortadelo y Filemón contra Jimmy el Cachondo (2014), de Rafael Arnau
«[Para Mortadelo y Filemón contra Jimmy el Cachondo] compusimos algunas musiquillas que les íbamos enseñando. Después de vernos la película varias veces y tomar las notas correspondientes, quedé con el director y le fui tarareando la música de todas las escenas que teníamos claras para no perder tiempo con cosas que luego no convencieran». (Rafael Arnau)
Fue nominado al Goya a la mejor canción original.
En YouTube.
Anacleto: agente secreto (2015), de Javier Rodero
«Anacleto suena en ocasiones a espías de la vieja escuela. John Barry, Schifrin, Rota, Morricone, Burwell suenan constantemente en mi cabeza y esta ha sido la ocasión perfecta para visitarlos. También la acción clásica de los 90 tiene su importancia. Y una sonoridad más sintética, contundente y oscura asoma la cabeza de vez en cuando». (Javier Rodero)
Se puede escuchar en la web de Javier Rodero.
En Spotify.
Zipi y Zape y la isla del capitán (2016), de Fernando Velázquez
Superlópez (2018), de Fernando Velázquez
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Buñuel en el laberinto de las tortugas (2019), de Arturo Cardelús
«[Es] una banda sonora tan contradictoria como su personaje principal, Luis Buñuel… un conjunto algo esquizofrénico que se mueve desde el atonalismo hasta la música tonal más convencional, pasando por la comedia felliniana, o momentos con un sonido minimalista». (Arturo Cardelús)
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El gran Vázquez (2010), de Nacho Mastretta
«La manera de trabajar ahora es que todos los músicos estemos con la pantalla delante y que todo lo que se grabe sea una experiencia musical real. No utilizar tanto el corta y el pega, el ordenador, para colocar la música sino que esté colocada de manera natural. Para eso lo que hago es ver la película infinidad de veces, ver las escenas que el director quiere musicalizar una y otra vez y me imagino la música como si saliera de la pantalla, las luces, los movimientos de cámara, el cambio anímico de los actores». (Nacho Mastretta)
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Arrugas (2011), de Nani García
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El Capitán Trueno y el Santo Grial (2011), de Luis Ivars
«Me dejé llevar, sin poner resistencia, a esa infancia, a esos viajes que hacíamos a través de las lecturas y eso fue lo que me dio la base emocional». (Luis Ivars)
Se puede escuchar en la web de Luis Ivars.
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Zipi y Zape y el Club de la Canica (2013), de Fernando Velázquez
«[Estoy muy orgulloso de Lo imposible,] pero luego hay un montón de piezas mucho más prosaicas, mucho más tontas que también me gustan un montón, como toda la de Zipi y Zape, que es muy divertida». (Fernando Velázquez)
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Mortadelo y Filemón contra Jimmy el Cachondo (2014), de Rafael Arnau
«[Para Mortadelo y Filemón contra Jimmy el Cachondo] compusimos algunas musiquillas que les íbamos enseñando. Después de vernos la película varias veces y tomar las notas correspondientes, quedé con el director y le fui tarareando la música de todas las escenas que teníamos claras para no perder tiempo con cosas que luego no convencieran». (Rafael Arnau)
Fue nominado al Goya a la mejor canción original.
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Anacleto: agente secreto (2015), de Javier Rodero
«Anacleto suena en ocasiones a espías de la vieja escuela. John Barry, Schifrin, Rota, Morricone, Burwell suenan constantemente en mi cabeza y esta ha sido la ocasión perfecta para visitarlos. También la acción clásica de los 90 tiene su importancia. Y una sonoridad más sintética, contundente y oscura asoma la cabeza de vez en cuando». (Javier Rodero)
Se puede escuchar en la web de Javier Rodero.
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Zipi y Zape y la isla del capitán (2016), de Fernando Velázquez
Superlópez (2018), de Fernando Velázquez
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Buñuel en el laberinto de las tortugas (2019), de Arturo Cardelús
«[Es] una banda sonora tan contradictoria como su personaje principal, Luis Buñuel… un conjunto algo esquizofrénico que se mueve desde el atonalismo hasta la música tonal más convencional, pasando por la comedia felliniana, o momentos con un sonido minimalista». (Arturo Cardelús)
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lunes, 17 de junio de 2019
El prestigio de un periódico sin dibujos
El 10 de junio el periódico The New York Times anunció que dejará de publicar viñetas políticas en su edición internacional a partir del día 1 de julio. Poco tiempo les ha durado esta sección. Este diario tradicionalmente no ha tenido sección de cómics (ni siquiera dominicales) ni tampoco un dibujante de viñetas políticas dentro del staff. Según el suizo Patrick Chappatte, prácticamente fue su insistencia la que consiguió que en 2013 este diario le contratase como dibujante y así empezase a incluir este tipo de análisis político en sus páginas.
La decisión del NYT se ha interpretado como una de las consecuencias de la publicación de una viñeta polémica el pasado 25 de abril. En ella, el primer ministro israelí Netanhayu aparecía como un perro lazarillo que guiaba a un Donald Trump ciego. La viñeta había sido publicada originalmente en el Expresso de Lisboa, pero como el NYT fue quien la difundió a nivel mundial ha sido quien ha recibido todas las críticas. El día 29 un grupo de manifestantes protestó delante del edificio de la redacción al mismo tiempo que el embajador israelí en EEUU decía en un acto en recuerdo de las víctimas del Holocausto que este periódico era «un pozo negro de hostilidad». Unos días después, el 9 de mayo, una asociación de rabinos tuvo una reunión de hora y media con el vice presidente y el director del NYT para hablar sobre la imagen de Israel que transmite este diario.
Ni siquiera a Patrick Chappatte le ha parecido que la viñeta en cuestión tuviese la calidad necesaria: «Son muchos años de trabajo destrozados por una única viñeta (ni siquiera mía) que no debería haberse publicado en el mejor periódico del mundo». Yo también pienso que la viñeta del portugués António Moreira Antunes no es lo que uno esperaría de un diario que presume de prestigio internacional. La crítica a la influencia que ejerce el gobierno judío sobre Donald Trump me parece legítima, pero en la viñeta hay otras lecturas mucho más torpes. Por ejemplo, no tiene sentido mezclar símbolos religiosos (la estrella de David y el kipá) con lo que debería ser una crítica estrictamente política. Además, Netanyahu no solo aparece dibujado como un perro, con la connotación negativa que esto tiene, sino que se le ha dibujado como un perro salchicha. Con esta raza se suele representar a Alemania en el humor gráfico, por lo que la intención del autor no es precisamente sutil.
De todos modos, repito que la crítica a esta influencia me parece legítima. El propio Chappatte ha dibujado bastantes viñetas sobre el conflicto entre Israel y Palestina con una intención parecida, pero en ellas no ha caído en este tipo de errores.
El antisemitismo es un tema especialmente delicado cuando hablamos del NYT. Una de las mayores manchas de su reputación es que durante la Segunda Guerra Mundial dio una cobertura mínima al holocausto nazi. Es posible que por eso la reacción del diario haya sido exagerada para compensar esta viñeta. El 1 de mayo el director A. G. Sulzberger anunció que el editor responsable de aprobarla había recibido medidas disciplinarias, que se había cancelado el contrato con el sindicato de prensa que distribuyó esa viñeta y que se iba a dejar de publicar cualquier tipo de tira sindicada. No ha debido de parecer suficiente, porque ahora se ha anunciado, como he dicho, que el diario dejará de publicar viñetas de política internacional de sus dibujantes Patrick Chappatte y Heng Kim Song. Según la versión oficial, la intención es alinear la edición internacional con la nacional, que dejó de incluir humor gráfico político hace unos años.
No tengo claro que en este caso haya habido un problema con la libertad de expresión. De hecho, la viñeta es una reedición de la que publicó el Expresso sin ninguna consecuencia internacional y se ha reproducido en otros periódicos y en redes sociales sin ningún problema. Creo que más bien lo que demuestra es la debilidad de la prensa actual frente a las presiones del poder político y económico y también de que los dibujantes han sido el eslabón más débil de este conflicto.
Que los dibujantes hayan sido el chivo expiatorio nos hace pensar al mismo tiempo en la debilidad de su situación dentro del periódico, pero también en la gran influencia que tiene su trabajo en la sociedad. En la maravillosa defensa de una compañera de profesión, Ann Telnaes, del Washington Post, se dice que «las viñetas trascienden lenguajes y fronteras» y que sus mensajes llegan a todas las clases sociales. También Chappatte se muestra optimista porque en la era de las imágenes «su poder nunca ha sido mayor». Me han recordado una frase que me llamó la atención de La legislación sobre historieta en España: «El diputado López Varela llegó a afirmar [en julio de 1933] que la sátira dibujada resultaba una crítica tan directa que arraigaba más profundamente en la sociedad».
Que un periódico considerado como uno de los mejores del mundo elimine el humor gráfico de sus páginas es una mala noticia para el periodismo político, pero también un paso atrás en el reconocimiento de una forma de expresión con tanto poder comunicativo. Como consuelo, parece que en nuestro país la tendencia es la contraria. Hace unos días Mauro Entrialgo y Eneko anunciaron que han pasado a ser colaboradores de El Salto y Público respectivamente.
lunes, 10 de junio de 2019
La auto edición mató a 'Balas perdidas'
David Lapham es una anomalía. Puede que sea el caso más extremo de un autor que toca techo en un único cómic pero que no consigue algo comparable con el resto de su obra. Es el autor del mayor one-hit wonder de los cómics que me viene a la cabeza. Es trágico porque, en mi opinión, Balas perdidas (1995-actualidad) es una de los mejores series que se han publicado nunca, uno de los mejores cómics independientes de EEUU y una de las mejores historias de serie negra que yo he leído.
Lapham se arriesgó con un puzzle bastante complicado que pocos autores podrían haber encajado con tanto acierto. Aunque a grandes rasgos se puede decir que la protagonista de esta colección es la joven Virginia Applejack, en cada número el papel principal recae en un secundario en historias independientes, más o menos desordenadas y ambientadas en diferentes fechas y lugares de Estados Unidos. Funcionan muy bien por separado, pero aún más a medida que descubrimos las conexiones dentro de este universo. Así, un secundario sin importancia se convierte en un personaje con un trasfondo complejo dos o tres capítulos después, mientras que cuando un protagonista reaparece como secundario sabemos que en él hay mucho más de lo que parece.
Este reemplazo continuo de protagonista, por supuesto, viene acompañado de una interesante variedad en las historias. Se van cambiando los ambientes, los enfoques, los temas... En el tercer tomo, mi preferido, por ejemplo está el capítulo de Hank, un oficinista apocado que se libra de una paliza de puro milagro. Esto le transforma en un nuevo Hank, fiestero y adúltero, con una forma de entender la vida más hedonista. En otro capítulo, Amelia es una camarera que se vuelve adicta poco a poco a la emoción y el riesgo de las relaciones esporádicas con hombres casados. Son historias de género negro, pero alejadas de los clichés de los detectives privados y los gángsters. En su lugar, el interés está en las personas de ambientes más cotidianos que se ven empujadas a situaciones límite, al margen de la ley.
Leí estos tomos hace muchos años cuando los saqué de la biblioteca. Releyéndolos ahora en esta nueva edición, sigo pensando que lo mejor es cómo el autor mueve a los personajes por situaciones imprevisibles, llenas de accidentes. Parece que la trama sea fruto del azar y que Lapham sólo escriba las reacciones de los personajes. Son tan sólidos, están tan bien construidos, que cualquier final sorprendente en realidad es el único final lógico, el único destino posible que cada personaje se ha construido.
La colección se quedó parada en 2005, casi al final de lo que habría sido el quinto tomo, y no hubo novedades hasta 2014. Lapham dejó a un lado este trabajo para pasar a colaborar con Marvel y DC en proyectos mucho mejor pagados, pero en los que no pudo (o no supo) demostrar su talento. Frente a la responsabilidad de la autoedición, es decir, el tener que supervisar a la distribución, comunicarse con la imprenta... es comprensible que Lapham prefiriese limitarse al apartado creativo. Ahora, acogido en la editorial Image, parece que tendremos Balas perdidas durante mucho tiempo.
lunes, 3 de junio de 2019
La diferencia entre vencer y convencer a Thanos
El plan de Thanos en Vengadores: Infinity war (2018) era tan ridículo que al poco del estreno el público ya se burlaba de él. Si su motivación para conseguir el poder de un dios era evitar que se agotasen los recursos naturales de todo el universo, ¿por qué decidió exterminar a la mitad de la vida? ¿Esa vida a la que destruyó incluía animales y plantas (es decir, también recursos), o sólo a seres inteligentes? ¿Por qué, en lugar de un genocidio galáctico, no duplicó los recursos de cada planeta? ¿O por qué no fue aumentando los recursos naturales del universo periódicamente? ¿El problema es que hay pocos recursos o que están mal repartidos? Con el poder del Guantelete del Infinito incluso podría haber duplicado el valor energético de los alimentos o haber implantado en todos los cerebros del universo un par de lecciones de economía sostenible. Existían muchas alternativas.
El personaje original del cómic era más complejo de como se ha mostrado en la pantalla. En El Guantelete del Infinito (la saga en la que se basa la película) el villano era un símbolo: el ánimo destructor (el tánatos) atraído por la propia Muerte y aconsejado por Mefisto (el mal). De hecho una cosa que admiré de Jim Starlin es que hubiese identificado estos tres conceptos como personajes diferentes. Es decir, ni la muerte ni el tánatos son necesariamente malos, por ejemplo, pero existe esa relación entre ellos. En el plan de Thanos de este cómic, la destrucción de la mitad de la vida del universo respondía simplemente al instinto que representa, el impulso hacia la muerte. Era una representación tan fiel de este instinto que, siguiendo la psicología de Freud, Thanos llegaba a ser auto destructivo. No sólo buscaba el daño de los demás, sino que incluso se derrotaba a sí mismo.
No creo que transformar este simbolismo psicológico/filosófico en un problema de distribución de los recursos galácticos sea un error. El error ha sido no profundizar en la nueva motivación. Por eso salí decepcionado de Infinity war. No me interesaba ver una segunda parte que me contase cómo los héroes más poderosos de la Tierra se vengaban de Thanos, no quería ver más escenas de animación con peleas. Lo que me interesaba es que se explicase que el plan de Thanos estaba mal, ya sea porque matar está feo o porque la economía galáctica debería ser demasiado complicada como para arreglarla chasqueando los dedos.
[A partir de aquí y hasta el final entro en detalles de la trama de Vengadores: Endgame]
En Vengadores: Endgame (2019) nadie pretende desmontar la lógica de su proyecto eugenésico. Sólo se mencionan tres consecuencias de la muerte de la mitad de la población, dos negativas y una positiva: muchos gobiernos del planeta han caído, la gente echa de menos a sus familiares y amigos fallecidos, y han entrado ballenas en el río Hudson porque se ha reducido contaminación. Para uno de los dos problemas, Thanos da con la solución: si se borra la memoria de la gente, dejarán de estar tristes.
Me hubiese gustado ver de verdad las consecuencias de un universo en el que la mitad de la población se deshace en polvo. ¿Realmente la economía mundial mejoraría, como piensa Thanos? Y si es así, ¿cómo? ¿Cómo afectaría a la producción en cadena, al transporte, a las colas en los supermercados...? Me hubiese gustado ver muchísimo más que el grupo de terapia del principio. Preferiría comprobar con imágenes, con hechos, que Thanos se equivocaba, que no se puede usar un atajo mágico para resolver un problema a escala galáctica, pero incluso aceptaría la posibilidad contraria, que la película defendiese que el plan tenía una base lógica.
Me ocurre lo mismo con el final. Cuando se vuelve a utilizar el Guantelete para devolver a la vida a todas las víctimas de Thanos, ¿qué criterio sigue ese hechizo? Imaginemos un avión en pleno vuelo en el que, en su momento, toda la tripulación se hubiese desvanecido. El avión se habría estrellado y habrían muerto todos los pasajeros. Al final de Endgame, ¿resucitan la tripulación y los pasajeros, o solo la tripulación? Por lo que comenta Spiderman, las personas que vuelven a la vida aparecen de la nada en el mismo sitio que desaparecieron en su momento. En el caso del avión de antes, ¿la tripulación aparecería a doce mil metros de altura en medio del Atlántico, flotando en el océano o en el fondo del mar? ¿Cómo se resentiría la economía mundial con una población que se duplica de un día para otro? ¿Cómo perjudicaría a esta gente el haber estado desaparecidos todo este tiempo? ¿Tendrían que ponerse al día en los avances tecnológicos y sociales que ha habido mientras estaban fuera?
En las películas de Star wars o El Señor de los Anillos no hay ninguna intención de desmontar ideológicamente a los villanos porque Palpatine y Sauron son planos, son personajes que buscan poder a cualquier precio, destruyendo a quien se ponga por delante. No se puede derrotar a Thanos de la misma manera porque con él se ha pretendido fabricar un personaje más complejo, un personaje altruista que se ha sacrificado para salvar al universo. Por esto tampoco me convence que, para acabar con él, en Endgame veamos un asesinato en masa. Marvel como productora ha querido vender una imagen progresista apoyada especialmente en Black Panther (diversidad cultural) y Capitana Marvel (feminismo). ¿Cómo encaja el «ojo por ojo» en esa imagen de marca, cómo encaja esta incoherente defensa de la pena capital?
Aprecio el esfuerzo que ha habido por crear un universo de veintidós películas y cómo todas han sido necesarias para llegar hasta aquí, incluso las más atroces. Me gusta el sentido del humor y la complicidad que se ha creado con el gran público, con los niños y los adultos. Hay muchos detalles que me gustan, pero, dejando a un lado la desastrosa lógica de los viajes en el tiempo, Endgame me falla especialmente por el mensaje. Acabo con una provocación: no creo que los cómics de superhéroes hubiesen aguantado tantos años si hubiesen contado historias como las que hemos visto en el cine.
lunes, 20 de mayo de 2019
La edad para leer 'Solanin'
Un artículo que leí hace un tiempo (y que recomiendo) preguntaba en el titular si «las películas cambian con los años, o somos nosotros». Noel Ceballos empezaba así una reflexión sobre cómo la experiencia de ver una película es diferente cuando todo lo que la rodea también lo es. Se podrían hacer comentarios parecidos sobre los cómics.
A raíz de la reedición de Zipi y Zape se volvieron a leer en redes opiniones sobre estos personajes. Hubo comentarios positivos, pero también quienes opinaban que los personajes ya les parecían antiguos en los 70 y que, por tanto, no tenía sentido una reedición que quisiese interesar a los niños actuales. Mi sensación es que es un análisis hecho por lectores que dejaron de ser niños hace mucho. No es que Zipi y Zape se hayan vuelto antiguos, sino que nosotros ya no tenemos los ojos para valorar estos cómics. Hemos envejecido tanto que algunos incluso se creen que un tebeo como Tintín, con 100 años de historia y tan blando como puede serlo el suplemento semanal de una revista católica, es más interesante para nuestros sobrinos.
Al revés también debe de pasar. Quiero releer Barrio lejano (1998-1999) y El almanaque de mi padre (1994), de Jiro Taniguchi, cuando tenga 40 años. Los dos son mangas de madurez de mucha calidad, en los que los personajes rememoran la infancia cuando esta les queda muy lejos. Yo los leí a la edad en la que no tenía que haberlos leído, sin tener ni siquiera 25 años, así que sólo los puedo valorar desde cierta distancia. Entiendo a los personajes, pero no vibro con ellos.
El que sí me ha agarrado de las solapas es otro manga, Solanin (2005-2006), que me parece un drama perfecto para aquel lector que fui a los veintitantos. La pareja protagonista, Meiko y Taneda, han entrado en el mercado laboral hace poco y se han dado de bruces con lo que significa trabajar. Ella y él son jóvenes apasionados que se sienten frustrados con el trabajo de oficina y con cómo les impide desarrollar sus sueños artísticos de juventud. Esta búsqueda de su propia identidad, este alejarse de la de la generación de sus padres, les lleva a replantearse no solo sus carreras profesionales, sino también su relación de pareja.
Hay mucha pasión y reflexiones existenciales en este cómic. Lo leo desde cierta distancia, pero sé que si lo hubiese leído en su momento me habría emocionado mucho más. Por eso agradezco el nuevo epílogo que se incluye esta reedición de Norma, en el que los personajes tienen una edad más cercana a la mía. Me identifico con cómo esa frustración con el mundo laboral acaba desapareciendo, con cómo el círculo de amistades se reduce, cómo la intensidad de las emociones encuentra un equilibrio. Siento que he leído Solanin a la edad que tenía que leerlo.
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