lunes, 4 de septiembre de 2017

Daredevil: 'Ruleta' - La censura y los superhéroes

Batman sujeta una gran arma de fuego, apunta a un pandillero y lo mata de un tiro. Hay muchos momentos como este en El regreso del Caballero Oscuro que definen a este Batman crepuscular, obligado a aplicar una violencia más extrema para intentar traer la paz a la ciudad de Gotham. Hay muchos aspectos de esta miniserie de cuatro números que explican su éxito, pero tal vez el más destacado es que se dirigía a un público más adulto. Es decir, se publicó sin aplicarle las normas de autocensura.



La censura era un tema que preocupaba a Frank Miller desde que empezó a trabajar en la industria del cómic americano. Uno de sus primeros números de Daredevil, Child’s play, tuvo problemas con el Comics Code Authority por mostrar explícitamente cómo un niño consumía polvo de ángel. El que iba a ser su primer cómic de esta colección en solitario (Daredevil #167), es decir, antes de la presentación de Elektra, acabó recibiendo permiso para ser publicado dos años después (Daredevil #183), tras modificar esas tres viñetas tan delicadas y cambiar la portada. (Aunque sea un dato un poco rocambolesco, añado el detalle de que en la segunda viñeta del Daredevil #169 se hace referencia a este cómic, aunque estuviese inédito en aquel momento). También me suena haber leído que a la oficina del Comics Code se le enviaban únicamente copias de las páginas del dibujo de tinta, porque la sangre de estos cómics se incluía en la fase de coloreado y así no las echaban atrás. Lo que es evidente es que los sais de Elektra atravesaban carne y huesos pero no la tela para evitarse problemas con los censores.

La que se planeó como portada original de Child's Play

Ben Urich es testigo de un asesinato con sais de Elektra

Frank Miller debió darle vueltas a todas estas limitaciones por lo que se ve en el cómic que cerró su etapa. En Ruleta (Daredevil #191, 1983), Matt Murdock, vestido como superhéroe, visita a Bullseye en el hospital al que había sido enviado después de dejarle tetrapléjico. Allí se dedica a explicarle con un largo monólogo un asunto que le preocupa al mismo tiempo que juega a la ruleta rusa con él. Narrativamente el recurso funciona porque la tensión aumenta a cada golpe de percutor, pero me cuesta ver a Daredevil, incluso al de Miller, como un psicópata que tortura a un inválido.

Portada de Ruleta

En lo formal, el cómic se alejaba de aquello a lo que los lectores estaban acostumbrados. Frente a la Nueva York en sombras en la que se movía el héroe, este cómic se ambienta en una habitación de hospital iluminada con una luz tan blanca que es imposible distinguir el suelo de las paredes. Mientras que Klaus Janson solía entintar con manchas y rayas sueltas, aquí Terry Austin dió un acabado delineado y cuidadoso. Lynn Varley, que había coloreado a Miller en la miniserie de Lobezno, aportaba también una paleta novedosa. Y tampoco había acción, sólo una simple historia de un niño y la tensión que ya he mencionado de llegar hasta la bala en la recámara.

El niño en cuestión se llamaba Chuckie y adoraba a Daredevil. Ve a todas horas el vídeo de su pelea con Bullseye, grabada en el Daredevil #146 y dibujada por Gil Kane, uno de los dibujantes a los que Miller imita. Su obsesión llega al punto de que cuando el superhéroe tiene que reducir por la fuerza a su padre, un criminal, al niño se le tuercen los cables, lleva un revólver al colegio y dispara a un compañero de recreo. Mientras recuerda esta historia, Daredevil se pregunta: «¿Qué trastornó a Chuckie?»


He leído bastantes reflexiones sobre este cómic. Me suena que alguno decía que Miller estaba hablando sobre la validez del género de superhéroes, otro que su intención era analizar las contradicciones de los superhéroes (usan la violencia para traer paz), un tercero seguramente añadía que trata sobre cómo Daredevil asume que su vida está asociada con la violencia... La opinión más extendida parece ser que Frank Miller hace que Daredevil sea consciente de que su heroísmo puede tener una mala influencia en la sociedad.

Yo diría que en realidad Miller intenta ir más lejos que eso, que le estaba dando vueltas a la influencia que puede tener la ficción violenta (los cómics de superhéroes) en los jóvenes, utilizando como metáfora la influencia que Daredevil tiene en la personalidad de un niño. Una pista de que va en esa dirección es una de las frases del padre de Chuckie: «Esa gente de la tele siempre mostrando cosas violentas o aún peores. Por eso mi esposa y yo nos unimos al comité promoralidad». El villano del tebeo es un santurrón moralista que critica la violencia en la televisión, y seguramente también la de los cómics.

En un primer momento Daredevil quiere descubrir qué es lo que Chuckie ve de interesante en él, pero se lleva una decepción al ver que su «lector» hace una interpretación superficial de sus aventuras: «¡Eres estupendo! Cuando alguien te molesta le coges y… ¡pow!». En un exceso, Miller asocia que Chuckie sea un «lector» torpe con sus problemas psicológicos. Lo que destroza la lógica del niño es su falta de «comprensión lectora», el no haber entendido realmente qué mensajes y reflexiones está lanzando Miller por debajo de los enfrentamientos sangrientos con Kingpin y los ninjas.

A renglón seguido, Frank Miller contrasta a Chuckie con la infancia de Matt Murdock (es importante el detalle de que Miller hable en todo momento de niños, no de adultos que «leen cómics»). El primero ha tenido una infancia que parece cómoda (familia de clase media por la forma de vestir y los muebles, padre estricto pero no violento), mientras que Daredevil se crió en una familia pobre, desestructurada y sufriendo los malos tratos de su padre, un boxeador alcohólico. La intención no es (o no parece) desmontar que el aprendizaje, en contraposición con lo innato, es fundamental para el desarrollo de una persona. No importa el tipo de infancia (de influencia) ha tenido Matt Murdock. Había algo en él, algo innato, que le ha llevado por el camino correcto hacia la abogacía y el superheroísmo. O incluso más allá, maduró sin necesidad de un buen modelo de conducta, sino todo lo contrario.

El padre de Matt Murdock, borracho, le parte la cara a su hijo

Daredevil finaliza su monólogo diciendo que Bullseye y él son «las dos caras de una misma moneda», una traducción creativa de Francisco Pérez Navarro de la frase «I guess we’re stuck with each other». En realidad, más que la oposición entre los dos, lo que Miller quería señalar es que el héroe y el villano son inseparables en este tipo de historietas.

Lo son por lo que dice Daredevil justo antes: «Cuando tengo la oportunidad de acabar contigo… mi pistola no tiene balas». El Comics Code se las quitaba. Por esta mala influencia que los cómics violentos ejercen (o dicen que ejercen) sobre los niños, Frank Miller no podía llevar el enfrentamiento de Daredevil y Bullseye hacia el desenlace lógico, a la muerte de un asesino en serie imposible de reinsertar en la sociedad.

Sólo unos años después, sin la supervisión de una autocensura y por tanto en un tebeo para lectores más adultos, la ametralladora de Batman sí tendría balas.

No hay comentarios: