lunes, 19 de diciembre de 2016

Víctor Mora - Los tebeos y la lucha


A los veinte años Víctor Mora (1931-2016) entró en la redacción de la editorial Bruguera con muestras de sus propios dibujos bajo el brazo. Rafael González, un editor tímido y muy estricto, no quedó impresionado con esos garabatos, pero le llamaron la atención los textos. La conversación derivó hacia los libros que le gustaban al joven dibujante: se había leído casi todo Julio Verne en francés, le conmovía la literatura rusa, reivindicaba a Jack London y no le hacía ningún asco a las novelas baratas de La Sombra y Doc Savage. Rafael González era otro apasionado por la lectura por lo que le contrató inmediatamente… como guionista.

La lectura había sido el mecanismo con el que Víctor había hecho frente a las dificultades de su juventud. La Guerra Civil había obligado a su familia a exiliarse a Francia entre 1939 y 1945. Allí fueron desplazados al campo de concentración de Bram, donde un Víctor de poco más de diez años vio morir a su padre, gravemente enfermo. De regreso a la empobrecida España del estraperlo, el gasógeno y el bloqueo internacional su madre tuvo que salir adelante sin el subsidio que se daba a las viudas porque había sido esposa de un republicano. Mora, mientras tanto, le había ayudado con pequeños trabajos de mala muerte.

Trabajar en Bruguera le permitió ser el autor de historias como las que a él le emocionaba leer. De ahí nació El Capitán Trueno (1956), un héroe medieval muy alejado de la seriedad y el rencor de otros héroes de tebeo de su época. Junto con sus simpáticos amigos Goliath y Crispín, Trueno viajaba por el mundo para defender a los más débiles. Los lectores conectaron con sus aventuras desenfadadas que no aspiraban a formar parte de la «alta cultura» y con las que Mora manifestaba su ideología política. Para evitar problemas con la censura sus héroes a veces rezaban o gritaban el famoso «¡Santiago y cierra España!», pero también derrocaban a tiranos que le habían quitado el trono a sus legítimos dueños y luchaban contra los que se aprovechan de las supersticiones de los demás. Sus personajes se ponían en un plano de igualdad evitando el tratamiento de «usted», y la vikinga Sigrid y Trueno convivían como pareja formal sin haber pasado por la vicaría.

El Capitán Trueno pronto llegó a alcanzar tiradas de 350.000 ejemplares, y eso sin tener en cuenta las tiendas de segunda mano. Bruguera animó a Mora a repetir la fórmula con El Jabato (1958), ambientado en la Antigua Roma, y con El Cosaco Verde (1960), un ruso que el propio título se esforzaba en desvincular de los rusos «rojos». Como guionista todo terreno, en el género del Oeste destacó con el Sheriff King (1964), en ciencia ficción colaboró con Carlos Giménez para desarrollar Dani Futuro (1969), y en el género de piratas su trabajo con El Corsario de Hierro (1970), dibujado por Ambrós, demostró hasta dónde podrían haber llegado los creadores del Capitán Trueno si hubiesen tenido libertad creativa.

Su activismo político clandestino en el PSUC junto con su mujer, Armonía Rodríguez, les puso en el foco de varios registros policiales y les llevó a la cárcel durante seis meses en los que no perdieron el apoyo de la editorial. Por este motivo, en 1963 decidieron exiliarse durante unos años a Francia. Mora continuó escribiendo guiones para Bruguera que enviaba por correo a la editorial junto con regalos para sus compañeros de redacción: literatura comunista y álbumes de Astérix (un personaje que, por cierto, con el tiempo se encargaría de traducir al español).

Los últimos años de Víctor Mora estuvieron marcados por un accidente vascular cerebral que sufrió en 1996 y le afectó al habla, la escritura y la memoria. Con el apoyo de Armonía consiguió recobrar estas facultades a través de una recuperación que narró en uno de sus últimos libros, Diario de a bordo (sin navegar y a punto de naufragar). Víctor Mora luchó hasta el final para permanecer en el mundo de las letras.

(Publicado en El tebeíco del salón nº10 - 2016)