viernes, 8 de julio de 2016

Pies descalzos 2 (de 4) (Keiji Nakazawa)


Pies descalzos no es una lectura agradable porque no es «evasión». No es un pasatiempo estético, sino un mensaje social. Si el lector quiere evadirse de la realidad, este manga lo que hace es involucrarlo aún más en ella. Pies descalzos te pone en tensión, te sacude, te exige. No lo describo así para darle más importancia, ni tampoco quiero que alguien lo deje de lado por este motivo. Creo que es justo estar avisado antes de empezar a leerlo.

Desde el final del tomo anterior, la familia de Gen (el descalzo al que se refiere el título) sigue padeciendo la pobreza y el sufrimiento de los que antes de la guerra tenían poco y ahora tienen aún menos. La escasez y el horror que todo Japón comparte por culpa de la bomba atómica ha debilitado los pocos lazos de compañerismo que pudiese haber antes de la guerra. Es una lucha a muerte, mucho más cruenta cuanto más bajamos en la escala social. Para sobrevivir hay que recurrir al canibalismo, a la prostitución (con los mismos americanos que lanzaron la bomba), al robo, al mercado negro, a la profanación de cadáveres, al secuestro y al asesinato.

Es un Japón desnortado, en el que las figuras de autoridad han perdido esa potestad. ¿Cómo se puede honrar al mismo Emperador que mediante la guerra ha destruido a su país? ¿Cómo se puede respetar a los profesores que exigen respeto al Emperador? ¿Qué obediencia merecen unos policías corruptos que incumplen las leyes que imponen a los demás? Los españoles nos podemos identificar especialmente con ese momento del «demócrata de toda la vida»: el presidente de la asociación de vecinos que en el primer tomo atacaba a la familia de Gen por su pacifismo, ahora se propone a sí mismo como concejal y asegura que siempre se opuso a la guerra con EE. UU.

El prólogo de Keiji Nakazawa sirve de contexto para esta manga, que no es autobiográfico pero sí se basa en su propia vida. Con sus experiencias construyó este relato en el que las dificultades por las que pasa el protagonista no se resuelven «aceptándose a sí mismo» o «esforzándose más», sino que tienen su origen en la sociedad. Por mucho que Gen se esfuerce en ser como el trigo (que aunque lo pisoteen, crece), su vida no prosperará si la sociedad no lucha contra la injusticia.