miércoles, 4 de noviembre de 2015

La crítica literaria y los cómics: las editoriales, internet y la ética

Ayer hubo una mesa redonda en la Universidad Autónoma de Madrid titulada La crítica literaria hoy en la que participaron Constantino Bértolo (editor y crítico), Alberto Olmos (escritor y crítico), David Becerra Mayor (crítico), Manuel Guedán (editor y crítico). Asistí a esta charla por simple curiosidad (escribí el lunes precisamente sobre lo mismo) y me quedé muy impresionado. Lo que más me sorprendió fui yo mismo: he escrito en este blog una ristra larguísima de opiniones sobre cómics y sin embargo nunca me he preocupado por saber más sobre lo que significa la crítica literaria. Nunca había llegado a pensar en esto como algo sobre lo que se puede teorizar, y por tanto mejorar.

Tuve la mala suerte de empezar a tomar notas sobre la charla tal vez 10 minutos después de que empezase, pero espero que la reconstrucción del resumen que hice (he reordenado todas las participaciones para que parezcan un único texto) os parezca tan interesante como me lo pareció a mí.



¿Qué imagen se tiene del crítico dentro de la cultura popular? Si nos vamos al cine, en Ratatouille este personaje parece un villano por su aspecto, recuerda a Drácula. En La Joven del Agua, se le muestra como un ser sin empatía que en realidad no entiende de arte. Incluso un «crítico» (entre comillas, seamos serios) como Carlos Boyero colabora en crear esa imagen de que son seres pedantes y extraños. Todos menos él, por supuesto. Si nos vamos a las declaraciones de artistas, tenemos mil frases que apuntan en esta misma dirección. Por ejemplo, el director François Truffaut (que antes fue crítico de cine) señalaba lo gris que es esta profesión de la siguiente manera: «Un niño jamás responde cuando le preguntan qué vas a ser de mayor: "Voy a ser crítico de cine"». Añado yo otra frase del escritor Gustave Flaubert que se menciona en Birdman: «Una persona es crítico cuando no puede ser artista».


Para corregir esta imagen tan negativa podemos viajar al pasado y recordar por qué existe esta profesión. Según el libro La función de la crítica (de Terry Eagleton), esta actividad nace en el s. XVIII como un mecanismo para atacar el régimen absolutista, para deslegitimizar la importancia de la herencia en las relaciones sociales y plantear, como alternativa, que las capacidades eran méritos más valiosos. Sin embargo, para Eagleton esta «función social sustantiva» se ha acabado perdiendo con los años: «La crítica moderna nació de una lucha contra el Estado absolutista; a menos que su futuro se defina ahora como una lucha contra el Estado burgués, pudiera no tener el más mínimo futuro».

Por contra, desde un punto de vista más terrenal, se puede afirmar que la crítica surgió por un simple motivo comercial, para funcionar como una guía especializada de la mejor literatura, igual que existen las guías especializadas de restaurantes. De hecho, se podría poner en duda que no exista esa «lucha contra el Estado burgués», porque el sistema editorial capitalista da cabida sin problemas a la crítica contra el propio sistema capitalista. Precisamente los casos en los que ha habido choques entre un autor y una empresa ha sido por motivos personales, no por criticar el sistema económico.

Por lo que entiendo, Constantino Bértolo propone dividir en tres categorías a lo que solemos llamar crítica:


  • Reseña: una descripción aséptica de una obra.
  • Crítica: una opinión argumentada sobre la obra.
  • Comentario: a partir de una obra el crítico desarrolla una tesis que no tiene nada que ver con la propia obra.


En los medios españoles, por tanto, lo que realmente hay es una mezcla de reseñas y críticas con una cierta argumentación. Habría que subrayar la importancia de esta argumentación y quitársela al «gusto». El crítico es alguien que entiende que un «a mí me ha gustado» es sólo una defensa estúpida contra la crítica.


El vicio del que debe huir la crítica es convertirse en otro artefacto más de la maquinaria promocional de la industria editorial. El crítico debe evitar interpretar el papel de mercenario a sueldo disfrazado de eminencia cultural. No sólo porque su trabajo deja de ser honesto, sino porque además que no haya discrepancias entre críticos es un puntal más en la homogeneización del gusto de los lectores, en la construcción de un pensamiento único, que de hecho es el gran problema de la sociedad actual.

Por eso es muy importante saber quién es realmente el crítico al que leemos, entender por qué leemos los libros que leemos. Sabiendo qué empresa paga al crítico (y no sólo con dinero, sino con copias de prensa, con publicidad, etc.) entenderemos mejor por qué se habla siempre del mismo tipo de productos y siempre de las mismas editoriales. El crítico debería ser consciente de la falta de bibliodiversidad en el campo de la crítica, por qué se da tanta visibilidad a una publicaciones y tan poca a otras. Dos ejemplos que se pueden poner de esta falta de bibliodiversidad son tanto la escasa presencia de autoras en las obras que se reseñan, como de mujeres que realizan estas críticas.

Se puede decir sin ninguna duda que existe un entramado de intereses creados («es una mafia», dice un ponente). Por poner un ejemplo, los autores y editoriales necesitan que los críticos elogien lo que venden, y por eso utilizan sus blurbs (las frases promocionales de las fajas o las contraportadas de los libros). En el lado contrario, los propios críticos desean la visibilidad que da ese tipo de publicidad para disfrutar de esa sensación de autoridad en el ámbito cultural. En el fondo, por mal que pese, un crítico es una mercancía más que debe venderse a sí misma y está sujeta a las mismas leyes del mercado que los libros y los autores.

Se entiende que los críticos son útiles para las editoriales y los lectores porque promocionan los libros. O al menos, ciertos libros. Los que más venden rara vez son criticados, precisamente porque no necesitan más publicidad (o este tipo de publicidad). Entendido esto, ¿por qué los periódicos publican suplementos culturales con reseñas literarias? Dejando a un lado que los grupos que son dueños de un periódico pueden serlo también de una editorial (es decir, porque puede existir un interés económico), lo que les motiva es la legitimación cultural.


Internet, como en muchos otros ámbitos, ha traído novedades interesantes. Por un lado, esta multiplicación de voces ha roto el monopolio de las críticas interesadas, las escritas a sueldo de las grandes empresas. La crítica como actividad se ha democratizado, ha llegado al alcance todo el mundo. Sin embargo, no existe una verdadera independencia con los intereses del capital. Por un lado, el crítico profesional que escribe en internet no puede diferenciar dónde terminan sus opiniones personales sobre lo que lee y dónde empieza su trabajo de crítico, porque podría perjudicarle. Por otro lado, da la sensación de que el crítico aficionado es incapaz de enfrentarse a las leyes del mercado que imponen los gustos de la mayoría. Con demasiada frecuencia este reseñista se fija en las mismas publicaciones que el crítico profesional, que sí recibe indicaciones sobre lo que se debe escribir.

Ahora bien, es muy significativo que los críticos de internet hayan empezado a aparecer también en los blurbs. Se podría decir que es la mayor demostración de que el crítico profesional como tal ha perdido su supremacía cultural.



La otra gran dificultad con la que se enfrentan los críticos es que esta profesión ha dejado de ser un trabajo especializado debido a las dificultades económicas de los últimos tiempos. Ahora el autor, el editor, el crítico, etc., se confunden en una misma persona, lo cual da cuenta de la promiscuidad y permeabilidad del ámbito literario.

Por esta relación cercana que hay entre críticos y autores es muy destacable que en la crítica profesional se estén llevando a cabo prácticas que me parecen absolutamente ejemplares. Hay críticos que piden explícitamente no escribir sobre autores que son amigos suyos, o incluso rechazan escribir sobre cualquier obra de un autor español. Una alternativa más razonable que realizan otros críticos consiste en firmar sus reseñas explicando su relación con la editorial o el autor, para que el lector pueda juzgar por sí mismo la independencia de sus opiniones.

En nuestro país, el número de lo críticos que escriben que algún autor español no les gusta se podría contar con los dedos de las manos: lo último que quiere un crítico es meterse en problemas. Y no es por falta de malas obras. De hecho uno de los ponentes ridiculiza dos ejemplos muy comunes actualmente: las historias basadas en hechos de actualidad noticiables (especialmente relacionadas con la política), y las que se basan en la muerte de un padre o una madre. Ahí está otro aspecto interesante de la escritura de críticas, que es absolutamente sencillo ensalzar cualquier mala publicación.

Entre los tres ponentes hay un acuerdo en que debería existir algún código ético que deberían firmar todos los críticos. Por ejemplo, consideran que es poco decoroso, incluso impúdico, que los autores (escritores, directores de cine...) hagan el trabajo de críticos. O al revés, que el trabajo de un crítico aparezca publicado por las editoriales a las que critica. Otro acuerdo sería no aceptar publicidad de alguna editorial en las páginas web o revistas en las que se publiquen críticas. Por desgracia, es muy significativo que los propios críticos no ofrezcan resistencia a realizar estas malas prácticas. No hay en la mesa ninguna voz que ponga en duda la facilidad que tienen estos profesionales para venderse, para corromperse.