viernes, 2 de mayo de 2014

Fabricar Historias, de Chris Ware

Caja con cómics de varios formatos, color, 59,90 €

He estado a punto de rendirme y dejar de intentar escribir esta reseña. Podría aceptarlo y pasar a otra cosa porque no voy a sacar nada positivo de dejar frente al teclado un par de horas explicando por qué el contenido de este cómic me ha dejado impactado. Tengo la sensación de que es algo demasiado grande, complejo e inteligente como para que yo pueda estar a la altura. Al final he decidido volver a intentarlo empezando desde aquí, explicando que soy incapaz de hacerle justicia a este cómic, que tengo la sensación de que sobrepasa a cualquier cosa que diga sobre él.

Por empezar desde algún lado, podemos decir que la ficción en general es una dramatización de la vida, es decir, una construcción teórica basada en la experiencia (propia o ajena) que apunta hacia alguna intención. Si un autor pretende ser inspirador, construirá un relato que transmita esperanza al espectador/lector basándose en hechos reales o ficticios. Ahora bien, como público puede llegar un momento en el que confundamos esa barrera de realidad y ficción. Podemos llegar a caer en errores graves, como el del presidente Reagan cuando creyó que la Sala de Guerra de ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú existía realmente, o en errores más pequeños, en pequeñas ideas que aceptamos inconscientemente. Pequeñas ideas que en realidad son las grandes diferencias entre la ficción y nuestras propias vidas.

Creo que la ficción que construye Chris Ware tiene la intención de tranquilizar al lector y mostrarle la realidad tal cual es, sin grandes artificios. Quiero decir que no tenemos una historia con héroes ni villanos, no tenemos una evolución dramática de un personaje, ni un protagonista que nos demuestre que se puede conseguir algo sólo con tener fuerza de voluntad. Es un relato en el que si una pareja pierde la chispa no conseguirá recuperarla, en la que la familia no es una institución social maravillosa ni tampoco dramática, etc. El control de sus vidas, los hilos que las manejan, se nos escapa, no parece escrito con un significado oculto que debamos interpretar. Los personajes no son metáforas de algo más, son simplemente... personas. Personas frustradas, insatisfechas, y confusas.


Los cómics que contiene la caja se centran especialmente en una protagonista sin nombre y a partir de ella surgen todos los demás. Podemos entrar en las mentes de sus vecinos y su casera, e incluso en la del edificio y una abeja que vuela cerca. Es una forma muy interesante de producir empatía en el lector, de hacer ver que todo el mundo tiene sus propios sueños que no se podrán cumplir, sus problemas a la hora de comunicarse y sus sentimientos de soledad.

A la protagonista sin nombre que he mencionado la acompañamos a lo largo de casi toda su vida, desde que es niña hasta que forma su propia familia. La vemos haciendo lo posible por ser una pintora o escritora (las dos habilidades que necesita un artista completo de cómic, ¿no?), pero su inseguridad, y no su falta de talento, sabotea sus esfuerzos. Vemos cómo descubre el sexo y experimenta con él, cómo se obsesiona con la muerte, cómo le preocupan las apariencias sociales, las limitaciones que sufre por tener una familia, su continua sensación de incompletitud, de insatisfacción, de que siempre falta algo, y la paranoia y la preocupación por un antiguo novio y la escasez del petróleo con las que intenta llenar su vida.

Creo que la idea de mostrar un personaje a lo largo de grandes periodos de tiempo es uno de los temas que más le gustan a Ware. Tanto aquí como en Jimmy Corrigan y el Catalogo de Novedades Acme lo que parecían unas pequeñas historias (del pequeño Jimmy, de los dos coleccionistas de juguetes) se van alargando y expandiendo, a lo largo de la vida de estos personajes y de la de los secundarios hacia delante y atrás en el tiempo.

En un sitio diferente habría que colocar los dos cómics de la abeja, que tal vez sirven para hacer evidente la metáfora de los edificios como colmenas humanas. Resumiendo, es una abeja obsesionada con el sexo que se siente culpable por esa compulsión incontrolable. Es un insecto moralista que produce ternura y compasión, es débil y patético. Sin embargo, aunque sea una abeja humanizada, es claramente un dibujo animado. Su vida es divertida y falsa, es un contraste absoluto con la cotidianeidad del resto de cómics de la caja.


Si ya los cómics de la abeja contrastan con el resto, la oposición entre el tipo de dibujo y el contenido de todas estas historias es absoluto. A Ware le gusta mucho este tipo de dibujo geométrico y colorido, de aspecto amable e infantil, para contar historias maduras. Parte de elementos asociados con los niños como los recortables, los juegos de mesa y, sí, los cómics para hablar de temas adultos utilizando unos recursos narrativos sofisticados e innovadores, con una especie de ritmo poético a la hora de distribuir las viñetas por la página.

Menciono los juegos de mesa porque ésa es la primera asociación de ideas que me viene cuando veo el conjunto. Es una especie de juego formado por cómics, y el pasatiempo consiste en descubrir el orden correcto. La tapa tontea con esa idea, con las fichas y los dados que caen de un edificio en la parte superior, o, visto de otra forma, el efecto de relieve que recuerda al contenido de una caja de este tipo, con los huecos para dejar las cartas y las piezas.

La caja contiene trece cómics en diferentes formatos y un tablero que podría verse como un índice. Más allá de esa pista, ¿cómo se lee este cómic realmente? ¿Qué cuadernillo es el primero y cuál el último? La paradoja a la que nos enfrentamos es que no se nos da la libertad para elegir el orden que queramos, sino que en realidad se nos obliga a elegir uno al azar.

No quiero caer yo también en el error de decir que es la primera vez que vemos este tipo de narración desordenada, dividida en varias entregas y formatos. A poco que pienso me viene a la cabeza la de veces que he leído la colección de cualquier personaje de cómic empezando por el final o la mitad y luego he tenido que llenar los huecos hasta ese punto. Tampoco es la primera vez que vemos historias independientes en un mismo escenario que tienen pequeñas conexiones entre sí (por poner de ejemplo un cómic recomendable se me ocurre Los Siete Soldados de la Victoria de Grant Morrison). Y tampoco es la primera vez que unas historias conectadas pero independientes las leo en diferentes formatos, especialmente con la de cambios de formato a mitad de colección que tenemos en España.

No es la primera vez que nos encontramos con estos tres recursos (que en el fondo son juegos con el lector, pasatiempos) dentro del mundo del cómic, de acuerdo, pero sí es la primera vez que se utilizan para una historia de este tipo.

El motivo para jugar con los formatos es el de darle una importancia al aspecto físico del cómic, a su valor como objeto tangible más allá de como sucesión de páginas. Es otra de las obsesiones de Ware, el de aprovechar la naturaleza de los formatos en todos sus detalles, tanto para llenar de viñetas incluso el canto de las tapas del Catálogo de Novedades Acme como para dibujar un desplegable como portada de Jimmy Corrigan. En Fabricar Historias incluso la propia caja tiene cómics impresos en ella.


Lo que me lleva a otra idea: la tremenda racionalización que hace Chris Ware en su trabajo. No analiza sólo las posibilidades narrativas que hay en ordenar las viñetas de una u otra forma, en darles un tamaño o el otro, en el color (hay diferencias de iluminación de una viñeta a otra muy sutiles sólo porque han pasado unas horas entre ellas), en el diseño de página, las tipografías... No analiza sólo cómo son las relaciones humanas con mucho cuidado, hasta el último aspecto de nuestras miserias inconfesables... Digo, no es sólo analítico y meticuloso en todos esos aspectos, sino que llega al extremo de querer justificar que el cómic está contado de esa manera (con los saltos temporales, las conexiones que hace de un aspecto a otro, etc.) explicando que este cómic es la lectura que hace la tecnología del futuro cuando lee las experiencias vitales de la gente del pasado.

Fabricar Historias me parece un cómic fascinante, lleno de ideas y reflexiones, en el que sus virtudes no se quedan sólo en el dibujo o en el guión. Leer cada uno de los cómics de los que está formado es toda una experiencia que merece la pena, y soy incapaz de poder decir nada más.