jueves, 10 de abril de 2014

Ojo de Halcón, tomo 1, de Matt Fraction y David Aja

136 páginas, color, rústica, 12 €

Creo que ser crítico con la situación actual de "lo que sea" es la forma de pensar más recomendable. Incluso en el mejor de los momentos todos somos capaces de encontrar debilidades que podrían ser mejoradas con el paso del tiempo. Si no pensásemos así caeríamos en el error de creernos el escalón superior de la historia, de pensar que el "ahora" es un momento definitivo que se mantendrá eternamente. Y no es así, cualquier periodo de tiempo que analicemos, especialmente el presente, no es el final del camino sino un paso intermedio.

Empiezo así porque veo en los análisis sobre la actualidad marvelita ese pequeño error. Las colecciones desarrolladas bajo el ala del editor Steve Wacker (Daredevil, Capitana Marvel, Ojo de Halcón...) están siendo tan aclamadas a nivel crítico con reseñas y premios que podría parecer que nos encontramos ante los mejores cómics de la historia de la editorial, ante una revolución que va a devolver el foco de atención creativo de nuevo a Marvel. Yo no lo veo así. Con el Daredevil de Waid y Samnee ya tuve mi pequeña decepción, y con Ojo de Halcón vuelvo a sentir lo mismo.

Tengo que admitir que virtudes no le faltan a este primer tramo. Los autores tienen el atrevimiento de llevar al personaje a un entorno costumbrista sin caer en los ridículos excesos del superhéroe urbano de los 90 y dosmiles. Esto se nota por ejemplo cuando el disfraz aparece la mayoría de las veces sólo en la portada mientras que en las viñetas hay que acostumbrarse a que lo sustituya un coloreado que tiende a los morados. Casi se diría que el puñado de tiritas en los brazos y la cara es su nuevo disfraz. Otro detalle que se puede destacar es que se trata de una primera lectura completamente accesible para cualquier lector, al mismo tiempo que de fondo se meten guiños a villanos antiguos e introducen nuevos personajes de los últimos años (¡ese Nick Furia negro!). También tiene mucho sentido del humor, con el desnudo frontal de Clint como máximo exponente, y la acción es trepidante. Pero no me parece suficiente.


Matt Fraction tiene muchísima suerte de tener a David Aja a su lado, y no dudo que viceversa también. Sin Aja, a Fraction se le notaría con muchísima facilidad lo mecánicos y formularios que son sus guiones. Su Clint Barton parece una máquina que reacciona a lo que le llega, sin que de dentro de él salga alguna motivación diferente a la de ser un héroe. Los diferentes conflictos se introducen en la trama con torpeza, a bocajarro en la cara del lector. Es salir del hospital y Clint tropieza con el gran villano al que se tendrá que enfrentar en todo el tomo. Más tarde, para una chica con la que comparte cama y resulta que está relacionada con más villanos. Todo se hilvana de una manera demasiado casual, demasiado conveniente para el guionista. Están tan subrayados los guiños irónicos del nombre del perro y de la flecha búmeran al final de sus capítulos que suenan demasiado a clichés. De hecho, parece que Clint lanza demasiadas flechas de las que dan la vuelta en el aire a lo largo de este tomo. En esencia, Clint Barton cumple con el arquetipo de superhéroe solitario de los cómics, una carcasa de colores sin pasado, familia, amigos, motivaciones, tentaciones, hobbies, etc.

Parece que lo que quieren los autores es presentar a un superhéroe alejado de la fantasía asociada al género, pero fracasan. Si intentan ser verosímiles, las fracturas múltiples que se curan sin dejar secuelas nos devuelven a la ciencia-ficción. Si la intención es no caer en los tópicos de los trajes de superhéroes, caen en el tópico del superhéroe multimillonario, que en este caso ni se plantea de qué lugar habrá salido su dinero. De hecho, su nuevo poder es el del super-dinero, con el que puede comprar un edificio controlado por mafiosos malvados que triplican el alquiler de los pisos de un día para otro. Lo compra porque obviamente un superhéroe no va a poner en duda la validez legal de un contrato sospechoso, que es lo que haría un comunista andrajoso de los del 15-M. Si en tu contrato pone que has vendido tu alma, Clint Barton le dará el visto bueno y buscará en su cartera cuánto lleva suelto para prestarte.

Los guiones de Fraction saben a viejo, recuerdan demasiado a frases y momentos que ya se han visto mil veces en los cómics y la televisión. El ejemplo donde más se nota es en la conclusión de la trama que dibuja Pulido, resuelta sin ningún ingenio imitando un fragmento de Choque de Reyes en el que Tyrion descubría la traición del Maestre Pycelle. Ese fragmento fue adaptado en un capítulo de Juego de Tronos un año antes de la publicación de este cómic, y no creo que sea una coincidencia.


Si Ojo de Halcón se ha convertido en un cómic tan recomendable es por el artista que tiene que llevar al papel estas historias. Si David Aja no conoce todas las virguerías con las que se puede hacer un cómic más claro o más expresivo, entonces sabe sólo casi todas. Es un autor cerebral e intenso, que domina completamente su ámbito de trabajo y al que le habría venido muy bien tener un guionista igual de reflexivo y experimental al lado.

En principio aquí David Aja no utiliza un estilo propio, sino que se apropia del de Mazzucchelli en los 80 de una manera tan perfecta que parece que dibuje con las manos de aquel y le hubiese añadido conocimientos de programas vectoriales. De hecho no se trata de una simple imitación del estilo de dibujo (el color ayuda mucho) como hacía Michael Lark, por decir alguien, sino sobre todo en la formar de contar las historias. Incluso en el guión hay momentos que, tal vez sea una casualidad, recuerdan al Año Uno de Batman: el clímax del tercer número es en un puente, Clint se preocupa por un perro tanto como Batman por un gato, el leit-motiv de los días se cambia aquí por uno de flechas trucadas...

Ahora bien, después de tres números parece que este camino le cansa a Aja y decide (¿decide Aja o Fraction?) desviar la colección a un lugar muy diferente en la última entrega. Por primera vez los lectores de superhéroes se encuentran con el "enemigo" en casa, con el estilo del dibujante más innovador y alternativo de la actualidad dentro de un cómic comercial de aventuras. Aja mezcla con inteligencia una línea que ya no recuerda tanto a la de Mazzucchelli con una colección de recursos como diagramas, viñetas pequeñas, carteles de letras gigantescas, perspectivas sencillas, etc. que definen a Chris Ware, y no se queda sólo ahí. En un número ambientado especialmente en la rutina diaria del personaje, Aja muestra la desconexión de esta colección con el resto de cómics Marvel al dibujar la única escena de acción superheroica del número como si se tratase de un videojuego de una recreativa con un game over y todo. La influencia de Ware ya se notaba en los diagramas tipo manual de instrucciones de la segunda portada, pero en el último número (y parece que en alguno posterior sobre un perro) es absoluta. Las novedades formales que fuera de las editoriales de superhéroes ya están asumidas por gran parte de los lectores llegan por fin a los seguidores de las capas y las máscaras.

Pero hasta ahí llegan las novedades formales de una colección que, en su corazón, sigue perteneciendo a una gran empresa norteamericana. Fraction cumple en su papel de escribir relatos que dan el pego, pero este Ojo de Halcón está muy lejos de ser una colección revolucionaria como fueron el Hombre Hormiga de Kirkman y Phil Hester, el All Star Superman de Morrison y Quitely o los X-Statix de Milligan y Allred. Aja por su parte está pletórico y merece la pena no perderle de vista.