martes, 2 de abril de 2013

Pyongyang, de Guy Delisle


No hay discusión en que Corea del Norte es completamente lo opuesto de un jardín del Edén, pero hay formas y formas de decirlo y por eso este cómic no me termina de convencer. “Pyongyang” narra los dos meses que su autor, Delisle, pasó en este país trabajando como supervisor de animación. El cómic se divide en dos ámbitos, su trabajo y el día a día por un lado y la descripción del país por otro. El primero en general está muy bien explicado, pero en el segundo hay detalles que no me encajan.

No parece que Delisle haya tenido que comerse mucho la cabeza para poder encontrar ejemplos del estado policial y opresor que se vive en Corea. El culto al líder es tan obsesivo que todo el mundo tiene que llevar una insignia del presidente Kim Jong-il o de su padre en el pecho y en todas las habitaciones hay cuadros de los dos. Es un país completamente aislado del mundo, militarizado y lleno de miedo. Campos de concentración, tortura, pobreza, propaganda política continua…

El problema es que el autor no quiere ser imparcial desde el principio. Con su estancia Corea sólo quiere confirmar la información que había recibido antes, no matizarla con su experiencia. Ya desde un principio carga con un ejemplar de 1984 en la maleta dispuesto a hacer todos los paralelismos que pueda. Con lo que vemos en las noticias entiendo que Delisle dé esta imagen tan negativa del país pero me cuesta aceptar la arrogancia y la condescendencia de Hombre Blanco con la que trata a los coreanos. Ni siquiera la comida se salva de sus comentarios irónicos porque el mensaje está muy claro: no hay absolutamente nada bueno en Corea. Con reservas, a veces este cómic podría ser el equivalente actual de Tintín en el País de los Soviets


El Ministerio de la Verdad orwelliano ha funcionado perfectamente con los norcoreanos. Sus habitantes creen realmente que su líder es el mejor presidente del mundo y el juche, la única doctrina ideológica válida. Sin embargo, por la visión del mundo que tiene Delisle parece que el Ministerio de la Verdad de la sociedad occidental no se le queda atrás. Según el cómic parece que las películas militares propagandísticas sólo se hacen en Corea del Norte pero en nuestras carteleras nos tragamos el cine americano de acción a dos carrillos. Señala el hotel Ryugyong, un edificio gargantuesco sin terminar que nunca ha sido utilizado como si dentro de las democracias capitalistas no tuviésemos aeropuertos inmensos que se mueren de risa. Le echo en falta a este cómic un contexto más internacional, que compare la manipulación de la información que se hace en este país con la que por ejemplo se hace en EEUU, donde el Día Internacional de los Trabajadores no se celebra o se elimina la ideología marxista de Lincoln cuando se lleva su biografía al cine.

Sólo caben dos breves autocríticas a la política occidental. Por un lado, dos empresarios franceses colaboran con el régimen instalando un emisor de televisión en alta definición. En el otro, Delisle se da cuenta de lo que implica la deslocalización en los míseros sueldos que reciben los animadores coreanos.

Esta visión parcial posiblemente me molesta más por la cantidad de páginas que veo gastadas en trivialidades. Hay situaciones como las de los zapatos encima de la cama, el día de hablar sólo en poesía o los aviones de papel que no me parecen representativas, que no vienen a cuento de nada. Ahora bien, cuando habla de su trabajo como animador el cómic es una gozada. Delisle explica las dificultades de su trabajo (traducción, gestos que en Corea no se entienden, etc.) con ingenio, de manera comprensible para los que no sabemos nada de animación.

Este cómic lo tiene todo para ser recomendado. Su descripción de Corea del Norte es apasionante, sorprende a cualquiera, y las anécdotas sobre el mundo de la animación son interesantísimas. Es sencillo de leer, tiene un aspecto muy claro y agradable y bastante humor. Sin embargo creo que le falta un poco de espíritu autocrítico en algunas de sus páginas.